—No intentaría eso. Dices. Qué haría. Según tú, qué haría entonces.
—Lo mismo que con los navajeros de Brixton, yo creo. Se anticiparía mal. Se precipitaría. Intentaría matar, mataría. Mataría al menor, a la chica o al chico, lo que se hubiera llevado esa noche a casa. Un pesado cenicero mata, rompe el cráneo. Un jarrón, un pisapapeles, un abrecartas, cualquier cosa mata, no digamos esas espadas y lanzas con las que tiene decorada esa pared de su salón, la más larga del salón contiguo al comedor donde cenamos; se fijaría usted anoche, supongo.
—Me he fijado —dijo Tupra—. Puede que no fuera la primera vez que yo iba allí, ¿no te parece? —Claro. Ya le pega ser un devoto de lo medieval, a Dearlove, o de la cosa céltica, y semimágica. De lo chic fantástico. Yo lo veo de este modo: aunque esté muy atontado por la pastilla, o justamente por estarlo, saca fuerzas de su tremendo susto y alcanza esa pared tambaleándose; vive como si ya fuera un hecho consumado y cierto la prominencia narrativa espantosa con la que habrá de convivir para siempre por culpa de esas imágenes que le han sacado traicioneramente, y esto último lo legitima o faculta en su bruma para ser colérico y desmedido. Así que descuelga una de esas lanzas y con ella atraviesa el pecho de la chica o el chico y les destroza la carne que ansiaba antes, sin pensar en las consecuencias, no en ese instante. En momentos así esos hombres no ven, no ven lo que sólo tres minutos más tarde se les hará manifiesto: que resulta menos difícil hacer desaparecer unas fotos que un cadáver, menos arduo taparle la boca a alguien que limpiar sus muchos litros derramados de sangre. Ya le digo: he conocido a tipos así, a tipos que no eran nadie y que sin embargo tenían ese miedo superlativo a su historia, a la que podría contarse y por tanto habrían de contarse también ellos. A su historia emborronada y fea. Pero es siempre desde fuera, insisto, lo determinante es lo externo: poco tiene que ver todo esto con la vergüenza, el pesar, el remordimiento, el desprecio de uno mismo, aunque sean factores que puedan hacer efímero acto de aparición en algún instante. Esos individuos sólo se ven obligados a contarse de veras sus acciones o sus omisiones, buenas o malas, valerosas, ruines, cobardes o desprendidas, si hay otros que también las conocen (si es la mayoría, mejor dicho) y así quedan incorporadas a lo que de ellos se sabe, es decir, a sus oficiales retratos. No es un asunto de conciencia en realidad, sino de representación, o de espejos. Lo que no es reflejado por éstos se puede poner en duda al poco tiempo, y creer que fue ilusorio, envolverlo en la neblina de la difusa o mala memoria y decidir por último que no se dio y no hay recuerdo, porque no puede haberlo de lo no sucedido. Y así ya no es posible que los atormente, a esos individuos: es increíble la capacidad de alguna gente para convencerse de que no hubo lo habido y sí existió lo no existido. Lo grave para Dick Dearlove, lo insoportable, no sería haberse cargado a un malhechor callejero o a un taimado adolescente, sino que se supiera, y que quedara adherido el hecho (como si dijéramos) a su expediente. Dentro de su obnubilación en el momento del homicidio, él quizá sabe que eso, aunque con dificultad enorme, resulta posible ocultarlo. No en cambio su propia muerte a manos de unos salvajes, ni sus fotos desnudo con un jovenzano o con una ninfa, una vez impresas y admiradas universalmente. —Entonces me detuve un momento. Pensé, como siempre al término de mis interpretaciones o informes, que había ido demasiado lejos. Y que me había adentrado en disquisiciones de nuevo. También se me ocurrió que no debía de estarle contando a Tupra nada que él no supiera. Estaba al cabo de la calle, sin duda, en lo que respectaba a esos individuos, tal vez incluso en lo referente a Dearlove, lo conocía ya de otras visitas, o quién sabía si hasta de viajes juntos por aire (Tupra en su comitiva, mezclado con los invitados, los supervisores, los recién púberes y los guardaespaldas). Quizá me estudiaba a mí, más que aprender de lo que yo decía—. He conocido a otros tipos así, Mr. Tupra, de cualquier edad, en todas partes —añadí, como disculpándome—. Usted también, estoy seguro. Ambos los conocemos.
—¿Un cigarrillo, Jack? —dijo. Y me ofreció uno de los faraónicos de su paquete vistoso rojo. Aquel era un gesto de aprecio, o así yo me lo tomaba.
Y pensé, o me quedé pensando: 'Yo he conocido a Comendador, por ejemplo. Desde siempre'.
Empecé a hacer la prueba de detenerme en seco aquella noche tan terca de su lluvia en Londres: pararme de golpe y sin ningún aviso para así cerciorarme de que de mí no venía aquel leve y casi alado ruido, tis tis tis, los pasos blandos de un perro o el vaivén de mi gabardina al caminar yo con brío, la oscilación del paraguas o el deslizarse oculto de alguien dubitativo, que no se me aproximaba ni se me descubría pero tampoco renunciaba a seguirme —o era a acompañarme en paralelo, a unas yardas— por si al final se decidía, tenía de plazo para pensárselo hasta que yo llegara a mi casa, y abriera la puerta, y antes de entrar plegara la tela y la sacudiera con fuerza sobre el pavimento (cuatro gotas más sobre las improvisadas lagunas y riachuelos en miniatura de las calles de las ciudades), y cerrara aquélla tras de mí muy rápido, impaciente por estar ya arriba, en mi lugar de paso que cada vez se me hacía más protector y más propio, ahora hasta me aplacaba subir y encerrarme, y contemplar a solas —a salvo de las preguntas y contestaciones, del habla— la Square o plaza desde mi tercer piso, con sus árboles rumorosos en medio como si hicieran el acompañamiento de cada mansedumbre o sublevación del ánimo; y las luces de las familias o de los solteros enfrente (mis semejantes), el elegante hotel siempre encendido y vivo como un escenario mudo o como un plano general de película que no cambiara nunca ni se terminara, las oficinas enormes ya en su reposo custodiado desde su garita por el vigilante nocturno que bosteza al escuchar su radio con la gorra sobre la coronilla y la visera alzada, y en la oscuridad los mendigos zigzagueantes y fugitivos que parecen desprender ceniza cuando se atraviesan y escarban, desde sus ropas apelmazadas, o acaso es que sueltan el acumulado polvo; y por supuesto mi bailarín vecino (de tan desentendido del mundo da alegría mirarlo) y sus ocasionales parejas también danzantes, últimamente lo había visto entregarse con intrepidez al sirtaki, santo cielo, parecía una maricona, es decir, no un homosexual sino otra cosa —un ufano primoroso, un lelo, un tipo de vaina amermelado y dengue—, nada tiene que ver a estas alturas el término con las preferencias carnales reales de quien con él es calificado, yo separo eso al menos, es mi caso, y no hay baile más ridículo para un hombre solo que el sirtakigriego, si exceptuamos probablemente el aurreskuvasco, no lo conocería mi vecino por suerte.
Así que hice la prueba dos o tres veces, me detuve en seco cuando nada indicaba que fuera a hacerlo, y en las tres ocasiones el ruido de cautelosos o semiaéreos pasos, el cantar de grillos o el frufrú o lo que fuese —como el trotar alocado de un reloj de pared antiguo, también se parecen a eso las pisadas de un perro—, tardó más de la cuenta en pararse, pude todavía oírlo cuando yo ya estaba quieto y sin que de mí pudiera salir sonido alguno involuntario o incontrolado. No volví la cabeza al hacer esta prueba, ni hacia atrás ni hacia los lados, a diferencia de cuando caminaba con mi marcha estable y el paraguas reclinado en el hombro, casi al modo de una sombrilla durante el paseo, como si me quisiera resguardar la nuca por encima de todo, resguardarla del viento y del agua y de las posibles miradas y de las imaginarias balas que los habrían agujereado (la nuca como el paraguas), uno piensa cosas absurdas cuando recorre de noche un buen trecho a solas y se siente seguido sin ver que lo siga nadie. Durante los últimos tramos había zonas de césped a izquierda y a derecha a ratos, el trayecto se acertaba por las avenidas o más bien sendas de un pequeño parque vecino, de barrio, y quizá iban sobre la hierba, aquellos pasos nunca vistos. Esperé hasta haber dejado atrás ese parque apenas iluminado y estar ya muy cerca de casa. Me faltaban dos manzanas y atravesar otra plaza cuando de nuevo hice la prueba y esta vez sí giré el cuello al pararme y las vi entonces, dos figuras blancas a cierta distancia que no me habría permitido normalmente oír jadeos ni pisadas. El perro era blanco y la mujer, la persona, vestía como yo gabardina clara. Me pareció una mujer desde el primer instante, y lo era, porque tras un segundo o resquicio de duda me gustaron sus piernas, al ver que no las cubrían pantalones oscuros sino unas botas negras altas (pero sin tacón, o muy bajo) que bien delineaban o acentuaban la curva de sus pantorrillas fuertes. El rostro le quedaba oculto por la copa de su paraguas, ambas manos las tenía ocupadas, con la otra sujetaba la correa del perro, que tiraba de ella con escasa esperanza y quizá mucha fatiga, al animal no lo guarecía nada, debía de estar chorreando, sin duda le pesaba la lluvia por mucho que se la sacudiera violentamente en las pausas (no dejaba de caerle entonces), y estaban en una de ellas porque las dos figuras se habían frenado también, con un poco de inevitable retraso respecto a mí, o a mi tan abrupto alto. Me quedé unos segundos mirándolas, no escasos. A la mujer no pareció importarle mucho ser vista, quiero decir que siempre podía ser alguien que pese al delirante tiempo había sacado a pasear al perro, y tampoco habría tenido por qué darme explicaciones, de habérselas yo pedido. Podía ser todo una coincidencia: a veces uno lleva el mismo camino que otro transeúnte durante minutos larguísimos, aunque no vaya en línea recta, y a veces llega uno a impacientarse por eso, por nada, tan sólo ansía que se deshaga y cese la coincidencia, en la que ve mal agüero o de la que se harta, a veces se desvía uno de su trayecto a propósito y hasta da un rodeo innecesario, sólo por separarse y perder de vista al insistente ser paralelo.