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'¿Y esto? ¿Y esto? Mira esto; y esto; y esto.' Wheeler siguió sacándome viñetas de su carpeta, ahora en color y ya no originales, sino recortadas de revistas o quizá de libros, o bien eran postales y naipes del Imperial War Museum de Lambeth Road y de otras instituciones, debían de venderse ahora como recuerdos nostálgicos o meramente curiosos, hasta se ilustraba una baraja con ellas, es extraño cómo las cosas útiles y aun vitales de la propia vida se convierten en ornamentos y en arqueología, cuando esa vida no está aún concluida, pensé en la de Wheeler y pensé que yo llegaría a ver en catálogos y en exposiciones objetos y diarios y fotografías y libros a cuyas novedosas creación o toma o incluso escritura habría asistido, si vivía los suficientes años o ni siquiera tantos, todo se hace remoto muy de prisa. Ese museo, el Imperial de la Guerra, estaba muy cerca del cuartel general o sede principal del MI6, es decir, del Secret Intelligence Service o SIS, allí en Vauxhall Cross, nada secreta arquitectónicamente esa sede sino en verdad llamativa, ni siquiera discreta sino prominente, un zigurat, un faro; y también nada lejos del edificio sin nombre al que yo iba a ir cada mañana durante un periodo que se me hizo largo, aunque entonces todavía ignoraba que ese iba a ser otro lugar de trabajo mío, he tenido ya unos cuantos.

'¿Las colecciona usted, Peter?', le pregunté mientras las miraba con atención. Nos sentamos un momento sobre las butacas cubiertas por lonas o fundas impermeables que tenía Wheeler en su jardín alrededor de una mesita, las sacaba pronto en la primavera y las retiraba tarde en el otoño, mientras el sol aún se alargara, pero las mantenían o dejaban tapadas según los días o la mayoría de ellos, él y la señora Berry, siempre tan variable en Inglaterra el tiempo, por eso tiene su lengua la expresión 'as changing as the weather', que se aplica por ejemplo a las personas volubles. Tomamos asiento directamente sobre las lonas de color gabardina clara, estaban secas, era sólo un alto para mejor manejarnos y desplegar las viñetas encima de la mesita asimismo enfundada, todos aquellos muebles disfrazados de esculturas modernas, o de fantasmas encadenados. En el jardín de Rylands los había también, parecidos, en su jardín cerca de allí, junto al mismo río, me acordaba.

'Sí, más o menos, algunas cosas uno quiere recordarlas con la mayor precisión posible. Pero es más bien Mrs. Berry, ella se ocupa, también le interesan y ella va más a Londres. A uno no se le ocurre guardar las menudencias cuando se dan, en su tiempo, cuando existen naturalmente, se tiene la sensación de que están a mano y de que siempre van a estarlo. Luego se convierten en verdaderas rarezas, y antes de que se dé uno cuenta son ya reliquias, no hay más que ver las tonterías que hoy se subastan, por el solo motivo de que ya no se fabriquen y resulten inencontrables. Hay colecciones de cromos de hace cuarenta años que alcanzan precios desorbitados, suelen pujar como locos por ellas los mismos que las hicieron de niños y que de jóvenes las tiraron o regalaron, quién sabe si no compran exactamente, tras largo viaje, tras su paso por muchas manos, los mismísimos álbumes que en su día coleccionaron y completaron con infantil perseverancia. Es una maldición, el presente, no nos deja ver ni apreciar casi nada. A quién se le ocurriría que vivamos en él, nos jugó una mala pasada', dijo Wheeler humorísticamente, y a continuación me señaló aquellas viñetas, le temblaba un poco el índice: Mira, ya te das cuenta de lo que recomendaban.

Resulta insólito, ¿no?, desde la perspectiva actual sobre todo, tan voraz y tan incontinente esta época. No sabe no preguntar ni callarse'.

En una se veía un barco de guerra hundiéndose en alta mar en mitad de la noche, sin duda torpedeado, en el cielo resplandores y humos, y unos cuantos supervivientes alejándose de él en un bote de remos sin volverle la espalda, la mirada fija en aquel desastre del que se salvaban tan sólo a medias, como todo tripulante y todo náufrago. 'Unas pocas palabras imprudentes pueden acabar en esto', decía la leyenda de lo que debió de ser un cartel, o quizá un anuncio de la prensa ilustrada; y en letra más pequeña se explicaba: 'Muchas vidas se perdieron en la anterior guerra por culpa de las conversaciones imprudentes. ¡Estad en guardia! No habléis de movimientos de barcos o tropas'. La 'anterior' era la del 14, de la que Wheeler guardaba directa e infantil memoria, de cuando aún se llamaba Rylands.

En otra la escena era mundana: una atractiva mujer recostada en un sillón (collar, traje de noche, flor prendida, uñas pintadas y largas) mira al frente con frialdad y guasa mientras la rodean y la cortejan y atienden tres oficiales con sus pitillos y copas durante una fiesta, es de suponer que le relatan hazañas recientes o le anuncian inminentes proezas para deslumbrarla, o que hablan entre sí de ellas sin preocuparse de que la mujer los oiga. La leyenda decía: 'Mantén la boca cerrada' (o, por buscar algo más coloquial todavía, y más aproximado al original en parte: 'Chitón'), '¡ella no es tan tonta!' (aunque aquí había un juego de palabras servido, ya que 'dumb'significa 'tonto' o 'bobo', pero también 'mudo'; y además había rima). En letras rojas, debajo, el lema principal de la campaña: 'Las conversaciones imprudentes cuestan vidas'.

Otra era aún más explícita y aleccionadora, y alertaba contra la posible cadena, involuntaria e incontrolable, a que las palabras dichas están siempre expuestas, y aquí el espía o la espía no estaban al inicio acechando, sino esperando al final de ella. La viñeta estaba dividida en cuatro partes, dos con fondo rojo, dos con blanco. El recuadro superior izquierdo mostraba a un marinero hablando con una joven de melena rubia (su novia, su hermana, tal vez una amiga) de la cual no tiene motivo para desconfiar, al contrario, ella le escucha con interés desinteresado (es decir, más se interesa por él que por lo revelado o contado) y lo mira con enorme aprecio, si es que no con embeleso. Debajo, en mayúsculas, la palabra 'CONTÁRSELO'. El siguiente recuadro, el superior derecho, presentaba a esa misma joven rubia charlando con una amiga de pelo castaño dispuesto en un recogido alto, que la escucha con expresión de asombro, el interés de ésta no parece tan desinteresado: como mínimo saborea anticipadamente la noticia que ella podrá a su vez dar; quizá no sea malintencionada sino tan sólo chismosa, una de esas personas que disfrutan contando y acarreando primicias y mostrándose enteradas, sorprendiendo a los otros con lo mucho que saben de todo. Debajo, en minúsculas, 'a un amigo puede'. El recuadro inferior izquierdo dibujaba a la mujer del pelo castaño relatándole lo oído a otra amiga, ésta de pelo negro con la raya en medio y una especie de moño bajo, fríos ojos rasgados y una expresión de interés ya del todo interesado, pues a la vez que escucha piensa en su próximo interlocutor sobre todo, al que no dará ya una mera noticia, sino una información muy valiosa. Debajo, de nuevo en minúsculas, 'significar contárselo'. Por último, el recuadro inferior derecho pintaba a la tercera mujer, la del pelo negro, susurrándole casi al oído —los ojos entornados malignos— a un hombre rubio de mirada oblicua y facciones muy duras, sin duda un despiadado nazi cuyo siguiente paso no será contar más nada, sino pasar a la acción, tomar medidas que seguramente conducirán a la muerte a muchos, el culpable e inocente marinero incluido. Debajo, las letras volvían a ser mayúsculas, 'AL ENEMIGO', y así la suma de todas era 'CONTÁRSELO a un amigo puede significar contárselo AL ENEMIGO', siendo el principal mensaje el de esas mayúsculas sobre los fondos rojos. No pude evitar fijarme, sonriendo para mis adentros, en la gradación estudiada de las tres mujeres: la 'buena' era rubia y con melena corta, al cuello un modesto y sencillo lazo blanco; la 'frívola' o la 'insensata' era castaña, llevaba recogido el pelo y un collar sobre la garganta (una mujer más coqueta); la 'mala', la espía, era de cabellos negros bastante más historiados, el cuello se lo adornaba una especie de gargantilla negra con un broche verdoso que refulgía en el centro, y era la única en lucir pendientes (una seductora en regla, probablemente). Muchas compatriotas mías, entre ellas mi madre, pensé, habrían tenido quizá mala prensa en Inglaterra, en aquellos años.