– Anthony no quiso despedirse de mí cuando os fuisteis -añadió-. A él le parecía que su padre os había traicionado y luego yo agravé su dolor. Fue un golpe terrible para ti y tus hijos, y también para mí. Creo que fue la primera vez en mi vida que me vi realmente como un mal hombre. Fui prisionero de las circunstancias.
Ella asintió, asimilando lo que él había dicho. No podía confirmar o negar lo que Matthieu decía, pero tenía sentido. Y, al escucharle, se compadeció de él, sabiendo que también debía de haber sufrido.
– Debió de ser una época dura para ambos.
– Así es. Y también lo fue para Arlette. Nunca creí que me quisiera, hasta que llegaste tú. Puede que ella misma no lo descubriese hasta entonces. Aunque tampoco estoy seguro de que fuese amor verdadero. Le parecía que yo tenía una obligación con ella y supongo que estaba en lo cierto. Siempre me he considerado un hombre de honor, pero no me porté de forma honorable con ninguna de las dos, ni conmigo mismo. Te quería a ti y me quedé con ella. Tal vez habría sido distinto si no hubiese permanecido en el gobierno. Mi segunda legislatura lo cambió todo. Tener una amante no habría supuesto una conmoción tan enorme; otros lo han hecho antes y después en Francia, pero, debido a tu fama, el escándalo habría sido mayúsculo para todos y creo que habría destruido tu carrera y la mía. Arlette se benefició de ello -dijo con sinceridad.
– Y sacó tanto provecho como pudo, si no recuerdo mal -dijo Carole, tensa de pronto-. Dijo que iba a telefonear a los estudios para contarles lo nuestro, y también a la prensa, y luego amenazó con suicidarse.
Aquel recuerdo la asaltó de repente y Matthieu pareció avergonzado.
– En Francia pasan esas cosas. Aquí es mucho más frecuente que en Estados Unidos que las mujeres amenacen con suicidarse, sobre todo por cuestiones sentimentales.
– Nos tenía agarrados por el cuello -dijo Carole sin rodeos.
Matthieu se echó a reír.
– Podría decirse que sí, aunque yo diría una parte distinta de la anatomía, en mi caso. Sin embargo, también me tenía agarrado por mis hijos. Yo pensaba sinceramente que nunca volverían a dirigirme la palabra si la dejaba. Hizo que mi hijo mayor hablase conmigo, como portavoz de la familia. Arlette fue muy lista, aunque no se lo reprocho. Yo estaba muy seguro de que accedería al divorcio. Hacía años que no nos queríamos. Fui un ingenuo al creer que accedería de buen grado a dejarme marchar y mi ingenuidad me llevó a hacerte creer cosas que eran falsas -dijo con aire apesadumbrado, mirándola a los ojos.
– Los dos estábamos en una posición difícil -dijo ella con generosidad.
– Así fue -convino él-, atrapados por nuestro mutuo amor y apresados por mi esposa, por el Ministerio del Interior y mis obligaciones allí.
Al oírle, Carole se dio cuenta de que él pudo tomar decisiones, tal vez duras, pero decisiones a pesar de todo. El había tomado la suya y ella optó por marcharse. Recordaba haber temido que fuese demasiado pronto para tirar la toalla; durante años se había preguntado si debía haberse quedado, si en ese caso las cosas habrían acabado de forma distinta, si habría podido conseguirle al final. Cuando conoció a Sean y se casó, todo aquello quedó atrás. Hasta entonces se había reprochado dejar a Matthieu demasiado pronto, pero dos años y medio parecía tiempo suficiente para que él cumpliese su promesa y ella se convenció de que nunca lo haría. Siempre había alguna excusa y al final Carole ya no pudo dar crédito a sus palabras. El propio Matthieu se las creía, pero Carole se rindió. Y después del atentado terrorista, Matthieu le hizo el regalo de decirle que había hecho bien. Pese a su memoria llena de lagunas, suponía un enorme alivio oírle reconocer eso. En las conversaciones telefónicas que tuvieron el año después de su marcha, Matthieu siempre le reprochaba haberse marchado demasiado pronto. Sin embargo, Carole sabía ahora que no fue así. Hizo lo correcto. Incluso quince años después se alegraba de saberlo, al igual que se alegraba de conocer las cosas que Jason le había contado sobre el matrimonio de ambos. Empezaba a preguntarse si el atentado del túnel habría sido un extraño regalo. Todas aquellas personas habían venido del pasado para abrirle su corazón. De otro modo, ella nunca habría sabido todo aquello. Era exactamente lo que necesitaba para su libro y para su vida.
– Deberías descansar -le dijo Matthieu por fin, al ver que tenía los ojos cansados.
La investigación policial la había agotado y hablar del pasado de ambos también le resultaba difícil. Y luego Matthieu le hizo una pregunta que le había obsesionado desde que la había vuelto a encontrar. Había entrado varias veces para verla, tranquilo en apariencia y cortésmente preocupado, pero su interés por verla era mucho mayor de lo que parecía. Y ahora que ella estaba consciente y recordaba lo que habían significado el uno para el otro, respetaba su capacidad de decisión.
– ¿Te gustaría que viniese a verte otra vez, Carole? -preguntó, conteniendo el aliento.
Ella vaciló durante un buen rato. Al principio, verle la había desconcertado y la había puesto nerviosa, pero ahora había algo reconfortante en su proximidad, como si fuese un ángel de la guarda que la protegiese con sus anchas alas y sus ojos intensamente azules, del color del cielo.
– Sí -dijo por fin, tras una pausa interminable-. Me gusta hablar contigo. No tenemos por qué seguir hablando del pasado. Tal vez podamos ser amigos. Eso me gustaría.
A Carole siempre le había gustado hablar con él. Ya sabía suficiente y no estaba segura de querer saber más. Había demasiado dolor allí, incluso después de todo el tiempo transcurrido.
El asintió. Aún quería más, pero no deseaba asustarla. Carole todavía era vulnerable después de todo lo que le había ocurrido. Además, había transcurrido mucho tiempo desde su relación. Era demasiado tarde, por más que le costase admitirlo. Había perdido al amor de su vida. Sin embargo, Carole había vuelto, aunque de una forma distinta. Tal vez, como ella decía, fuese suficiente. Podían intentarlo.
– Vendré a verte mañana -prometió él mientras se ponía en pie sin dejar de mirarla.
Bajo las sábanas, Carole se veía delicada y muy delgada. El se inclinó para besarla en la frente. Carole sonrió tranquilamente, cerrando los ojos y hablando en un susurro soñador:
– Adiós, Matthieu… gracias…
El nunca la había amado tanto.
14
Esa misma tarde se presentó Stevie en el hospital con una pequeña bolsa de viaje y le pidió a la enfermera que instalase un catre en la habitación. Tenía previsto pasar allí la noche. Cuando entró, Carole se estaba despertando de una larga siesta. Desde que Matthieu se marchó había dormido varias horas, agotada por la mañana que había tenido y la posterior conversación con él. Había necesitado toda su concentración para sobrellevar ambas cosas.
– He decidido trasladarme aquí -dijo Stevie, dejando su bolsa en el suelo.
Aún tenía los ojos llorosos, la nariz enrojecida y algo de tos, pero estaba tomando antibióticos y dijo que ya no era contagiosa. El resfriado de Carole también había mejorado.
– Bueno, ¿en qué lío te has metido hoy? -preguntó.
Carole le contó que había venido la policía a verla. Stevie se alegraba de ver en su puerta a los dos miembros del CRS, aunque sus ametralladoras le producían escalofríos, cosa que también le ocurriría a cualquier persona que viniese con malas intenciones.
– Matthieu ha estado aquí mientras yo hablaba con los policías y se ha quedado cuando se han marchado -añadió Carole, pensativa.
Stevie la miró con los ojos entornados.
– ¿Debería preocuparme?
– No creo. Todo eso pasó hace mucho tiempo. Yo era una cría, más joven que tú ahora. Hemos acordado ser amigos, o al menos intentarlo. Creo que tiene buenas intenciones. Parece un hombre desdichado -contestó Carole, pensando que Matthieu tenía la misma intensidad que recordaba de sus días de pasión, aunque sus ojos tenían una profunda tristeza que no estaba allí antes, salvo cuando murió su hija-. De todos modos, pronto volveré a casa. La verdad es que resulta agradable enterrar los viejos fantasmas y hacerse amigo de ellos. Les quita el poder.