Выбрать главу

– No estoy segura de que haya algo capaz de quitarle el poder a ese tipo -dijo Stevie con sensatez-. Entra aquí como un maremoto y todo el mundo da un bote de tres metros al verle.

– Fue un hombre muy importante y sigue siéndolo. Llamó al ministro del Interior para hablarle de mí. Así conseguimos los guardias de la puerta.

– Eso no me importa. Es que no quiero que te disguste -dijo Stevie con actitud protectora.

No quería que nada le hiciese daño a Carole, a ser posible nunca jamás. Había sufrido demasiado. Su recuperación ya era bastante dura. No necesitaba afrontar también problemas emocionales, sobre todo los de Matthieu. Desde el punto de vista de Stevie, él había tenido su oportunidad y la había desperdiciado.

– No me disgusta. Me duelen algunas de las cosas que recuerdo de él, pero ha sido muy amable. Me ha pedido permiso para visitarme.

Eso la había impresionado favorablemente. El no lo había dado por supuesto, se lo había pedido.

– ¿Y se lo has dado? -preguntó Stevie con interés.

Seguía sin confiar en aquel tipo. Tenía unos ojos aterradores, aunque no para Carole. Ella le conocía muy bien, o le había conocido tiempo atrás.

– Sí. Ahora podemos ser amigos. Vale la pena intentarlo. Es un hombre muy interesante.

– También lo eran Hitler y Stalin… No sé por qué, pero tengo la sensación de que ese tipo no se detendría ante nada para conseguir lo que quiere.

– Así era antes, pero ahora es distinto. Los dos somos distintos. El es viejo y todo aquello terminó -contestó Carde con seguridad.

– No estés tan segura -replicó Stevie, poco convencida-. Los viejos amores son difíciles de eliminar.

Desde luego, el de ellos lo había sido. Carole había pensado en él durante años y le había amado durante mucho tiempo. Eso le había impedido amar a nadie, hasta que llegó Sean. Pero ella se limitó a asentir sin decir nada.

Stevie se acomodó en el catre. Al anochecer se puso el pijama y dijo que celebraban una fiesta de adolescentes. Carole se sentía culpable por hacer que su secretaria se quedase con ella en lugar de dormir en el Ritz. Sin embargo, después del incidente del chico del cuchillo, Stevie ya no estaba tranquila si permanecía lejos de Carole. Además, le había prometido a Jason que estaría cerca. Este había llamado una docena de veces, conmocionado por el ataque. Sus hijos también la habían telefoneado. Ahora tenía guardias con ametralladoras en la puerta de la habitación y Stevie la protegía dentro. A Carole le emocionaba ver cuánto se preocupaba Stevie por ella. Estuvieron riendo y charlando como dos crías hasta bien avanzada la noche, mientras la enfermera permanecía fuera y hablaba con los guardias.

– Lo estoy pasando muy bien -dijo Carole en un momento dado, entre risas-. Gracias por quedarte conmigo.

– Yo también me sentía sola en el hotel -reconoció Stevie-. La verdad es que estoy empezando a echar de menos a Alan después de tantas semanas-. Me ha llamado muchas veces. Empieza a parecer realmente un adulto, lo cual es una buena noticia, porque el mes pasado cumplió los cuarenta.

Desde luego, es una planta que florece tarde. Me ha invitado a pasar la Nochebuena en casa de sus padres. Hasta ahora siempre hemos pasado las fiestas por separado. Pasarlas juntos nos parecía a los dos un compromiso demasiado grande. Supongo que eso es un avance, pero ¿hacia qué? Me gusta lo que tenemos.

Ninguno de los dos había estado casado y últimamente él hablaba del matrimonio y hacía planes de futuro para ambos. Eso ponía nerviosa a Stevie.

– ¿Qué harías si os casarais? -preguntó Carole con prudencia.

La habitación estaba casi a oscuras, salvo por la luz tenue de una lámpara de noche. Aquello se prestaba a confidencias y preguntas que tal vez no se hubiesen atrevido a hacerse de otro modo, aunque siempre se mostraban bastante sinceras la una con la otra. Sin embargo, algunos temas eran tabú, incluso entre ellas. Aquella era una pregunta que Carole nunca le había hecho, e incluso ahora había vacilado antes de hacerla.

– Suicidarme -dijo Stevie, antes de echarse a reír-. ¿En qué sentido? No lo sé… nada… Detesto los cambios. Nuestro piso es cómodo. A él no le gustan nada mis muebles, pero a mí me da igual. Tal vez pintaría la sala de estar y compraría otro perro.

Stevie no veía por qué iba a cambiar nada, aunque podía ocurrir. El matrimonio le daría a Alan un papel mucho más importante en su vida y por eso no quería casarse con él. A Stevie le gustaba su vida tal como era.

– Me refiero a tu trabajo.

– ¿Mi trabajo? ¿Qué tiene que ver el matrimonio con eso, si no me caso contigo? Creo que entonces me mudaría a tu casa.

Ambas se echaron a reír.

– Trabajas muchas horas, viajas conmigo. Pasamos mucho tiempo fuera. Y cada vez que salte por los aires en un túnel, podrías quedarte atrapada en París durante muchísimo tiempo -explicó Carole con una sonrisa.

– ¡Ah, te refieres a eso! ¡Vaya, no lo sé! Nunca lo he pensado. Creo que renunciaría a Alan antes de renunciar a mi empleo. De hecho, lo sé. ¡Si mi trabajo contigo le supone un problema, que se vaya al diablo! No voy a renunciar a este trabajo. Nunca. Antes tendrías que matarme.

A Carole le resultaba reconfortante oírlo, aunque a veces las cosas cambiaban de forma inesperada. Eso le preocupaba. Por otra parte, quería que Stevie tuviese una buena vida, no solo un trabajo.

– ¿Qué opina Alan? ¿Se queja alguna vez?

– La verdad es que no. A veces protesta un poco si paso mucho tiempo fuera y dice que me echa de menos. Supongo que es bueno para él, salvo que encuentre a otra compañera de dormitorio. Pero es muy tranquilo y también está bastante ocupado. En realidad viaja más que yo, aunque no lo hace por el extranjero sino por California. Que yo sepa, nunca me ha engañado con otra. Tengo entendido que de joven era muy alocado. Soy la primera mujer con la que ha vivido. Hasta ahora la cosa ha funcionado bastante bien, así que ¿para qué arreglar lo que no está roto?

– ¿Te ha pedido que te cases con él, Stevie?

– No, gracias a Dios, aunque me preocupa que lo haga. Nunca hablaba del matrimonio. Ahora saca el tema, y mucho últimamente. Dice que cree que deberíamos casarnos. Pero nunca me lo ha pedido. Me disgustaría si lo hiciera. Creo que se lo toma como la típica crisis de los cuarenta, cosa que también es deprimente. No me gusta nada pensar que somos tan mayores.

– No lo sois. Es bonito que se sienta responsable de ti. A mí me disgustaría que no fuese así. ¿Irás a casa de sus padres en Nochebuena?

Carole sentía curiosidad y Stevie gimió desde su catre, al otro lado de la habitación.

– Supongo. Su madre es una auténtica lata. Piensa que soy demasiado alta y demasiado mayor para él. Genial. Pero su padre es majo, y sus dos hermanas me caen bien. Son inteligentes, como él.

A Carole todo aquello le sonaba bien y le recordó que debía llamar a Chloe al día siguiente. Quería invitarla para que fuese a California varios días antes que los demás a fin de que tuviesen algo de tiempo para estar a solas. Pensaba que sería bueno para ambas.

Se quedó tumbada en la oscuridad durante unos minutos, pensando en lo que Matthieu había dicho de ella y en lo difícil y exigente que Chloe había sido incluso de niña. Eso absolvía y aliviaba un poco a Carole, aunque seguía queriendo tratar de compensar a Chloe por lo que esta creía haberse perdido. Ninguna de ellas tenía nada que perder y ambas podían ganarlo todo.

Estaba casi dormida cuando Stevie volvió a hablarle. Quería plantearle otra de esas preguntas que resultaban más fáciles de hacer en la oscuridad. No podían verse desde sus camas. Era como confesarse. La pregunta cogió a Carole por sorpresa.