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– ¿Quieres comer algo?

– No, gracias.

– ¿Por qué no te acuestas un rato? Creo que acabas de hacer tu ejercicio matutino.

– ¡Mierda! ¿Alguna vez volveré a sentirme normal? No estaba tan cansada en el hospital. Me siento como si hubiese muerto.

– Es que has muerto y has resucitado -confirmó Stevie-. Te sentirás mejor al cabo de un par de días, o puede incluso que antes. Necesitas acostumbrarte a tu nuevo entorno y a no estar envuelta en algodones en el hospital. Cuando me quitaron el apéndice hace dos años, me sentía como si tuviese unos noventa años al llegar a casa. Cinco días después estaba bailando como una loca en una discoteca. Dale tiempo, nena. Dale tiempo -la tranquilizó Stevie.

Carole suspiró. Se desanimaba al sentirse tan conmocionada y débil. Sin embargo, lo que le estaba ocurriendo era normal. El paso del hospital al mundo real, aunque se hubiese efectuado de manera suave y dirigido con cuidado, era para ella como ser disparada desde un cañón. Carole entró despacio en el dormitorio y miró asombrada a su alrededor. Vio el escritorio y su ordenador y su bolso encima. Le daba la sensación de haber salido de la habitación horas antes para dar su decisivo paseo. Cuando se volvió hacia Stevie había lágrimas en sus ojos.

– Me produce una sensación extraña pensar que, pocas horas después de salir de esta habitación, estuve a punto de morir. Es como morir y volver a nacer, o tener otra oportunidad.

Stevie asintió y abrazó a su amiga.

– Ya lo sé. Yo también lo he pensado. ¿Quieres que intercambiemos las habitaciones?

Carole negó con la cabeza. No quería que la mimasen. Necesitaba tiempo para adaptarse a lo que había ocurrido, no solo físicamente, sino también desde un punto de vista psicológico. Se echó en la cama y miró a su alrededor. Stevie le trajo el resto del té. Acostada se sentía mejor. Había sido estresante para ella ver a la prensa, aunque no se notase. Nunca se notaba. Parecía una reina mientras saludaba con elegancia a los periodistas y pasaba sonriente por su lado con su largo cabello rubio y los diamantes destellando en las orejas.

Al final Stevie acabó pidiendo el almuerzo para las dos, y Carole se sintió mejor después de comer. Se deleitó con un baño caliente en la gigantesca bañera del cuarto de baño de mármol rosa, y luego se tendió en la cama de nuevo vestida con el grueso albornoz de rizo rosa del hotel. Eran las cuatro cuando llamó Matthieu, y para entonces se había echado una siesta y se encontraba mejor.

– ¿Cómo te va en el hotel? -preguntó él con amabilidad.

– Llegar hasta aquí ha sido más difícil de lo que pensaba -reconoció ella-. Cuando hemos llegado estaba molida, pero ya me siento mejor. Ha sido una sacudida tremenda. Además, nos hemos tropezado con varios paparazzi en la puerta trasera. Seguramente al salir del coche parecía la novia de Frankenstein. Apenas podía andar.

– Estoy seguro de que estabas preciosa, como siempre.

– Uno de los paparazzi me ha lanzado una rosa. Ha sido muy amable, pero ha estado a punto de derribarme. La expresión «casi me caigo de espaldas» parece haber adquirido un nuevo significado.

Matthieu se echó a reír ante sus palabras.

– Iba a pedirte que dieras un paseo conmigo, pero me da la impresión de que no te apetece. ¿Prefieres una visita? Tal vez podamos salir de paseo mañana. O con el coche, si te parece mejor.

– ¿Te gustaría venir a merendar? -ofreció ella.

No le apetecía que viniese a cenar y tampoco estaba segura de que fuese adecuado. Su relación era endeble, muy afectada por las penas del pasado, así como por el amor que habían compartido.

– Eso me parece perfecto. ¿A las cinco? -sugirió él, aliviado al saber que estaba dispuesta a verle.

– No me iré a ninguna parte -le aseguró Carole-. Aquí estaré.

Matthieu estaba allí una hora más tarde. Vestía un traje oscuro y formal y su sobretodo gris. Esa tarde hacía un frío recio y tenía las mejillas enrojecidas por el viento. Carole llevaba el mismo suéter negro y los vaqueros con los que salió del hospital, los mocasines cié ante negro y los pendientes de diamantes en las orejas. A él le pareció exquisita, aunque muy pálida. Pero sus ojos brillaban y se encontraba mejor mientras tomaban té, pasteles y dulces de La Durée, que le había enviado el hotel. Matthieu se había alegrado de ver a la escolta en la puerta de su habitación y a la seguridad del hotel en el pasillo de toda la planta. No pensaban correr riesgos con ella, y más les valía. El incidente del hospital les había servido de advertencia. Carole corría peligro.

– ¿Qué tal te ha ido por Lyon? -preguntó ella con una sonrisa serena, contenta de verle.

– Ha sido un fastidio. Tenía una comparecencia que no podía aplazar y he estado a punto de perder el tren de regreso. Las penas y desventuras de un ciudadano y abogado corriente -respondió él con una carcajada.

Carole pareció volver a la vida mientras charlaban. Estaba más animada y se sentía mejor. Matthieu observó con gusto que se comía una docena de dulces y compartía con él un petisú de café. Esperaba que hubiese recuperado el apetito. Estaba muy delgada, aunque no tan pálida como a su llegada. Teniendo en cuenta todo lo que le había sucedido en las últimas semanas, resultaba extraordinario verla allí sentada, con sus pendientes de diamantes y sus vaqueros. Esa tarde le habían hecho la manicura en la habitación. Le habían pintado las uñas de rosa claro, el único color que llevaba desde hacía años. Matthieu admiró en silencio sus largos dedos elegantes mientras se bebía el té a sorbos. Stevie les había dejado solos y se había retirado a su propia habitación con la enfermera. Stevie estaba convencida de que Carole se sentía cómoda a solas con él. Le había dedicado una mirada inquisitiva antes de salir del salón de la suite y Carole sonrió y asintió con la cabeza para indicarle que podía marcharse tranquila.

– Temí no volver a ver nunca esta habitación -reconoció Carole.

– Yo también -confesó él con una mirada de alivio.

Estaba deseando sacarla del hotel y dar un paseo con ella, pero era evidente que Carole no estaba preparada para aventurarse tan lejos, aunque también le habría gustado.

– Siempre que vengo a París me busco problemas, ¿verdad? -dijo con una sonrisa maliciosa, y luego empezaron a hablar de su libro.

Carole había tenido unas cuantas ideas en los últimos días y esperaba poder volver al trabajo una vez que regresase a Los Ángeles. Matthieu la admiraba por ello. A él las editoriales siempre le estaban pidiendo que escribiese sus memorias, pero aún no lo había hecho. Había muchas cosas que quería hacer y por eso tenía previsto jubilarse al año siguiente, para dedicarse a aquello con lo que soñaba antes de que fuese demasiado tarde. El fallecimiento de su esposa le había recordado que la vida era breve y muy valiosa, sobre todo a su edad. En Navidad iría a esquiar con sus hijos a Val d'Isère. Carole dijo con pesar que sus días de esquiar habían terminado. Lo último que necesitaba era otro golpe en la cabeza, y él estuvo de acuerdo. Eso les recordó a ambos cuánto se divertían esquiando juntos durante la permanencia de Carole en Francia. Habían ido varias veces y se llevaron a los hijos de ella. Matthieu era un esquiador consumado y ella también. En su juventud, él había formado parte de un equipo nacional de competición.

Hablaron de muchas cosas mientras fuera caía la oscuridad. Eran casi las ocho cuando Matthieu se puso en pie. Se sentía culpable por haberla tenido despierta tanto rato. Carole necesitaba descanso. Se había quedado durante mucho tiempo y ella parecía cansada, pero relajada. Y entonces, mientras se levantaban, lanzó una exclamación al mirar por las ventanas cubiertas por largas cortinas. Fuera estaba nevando y Matthieu vio que Carole abría la ventana y sacaba la mano, tratando de tocar los copos de nieve. Ella se volvió a mirarle con los ojos desorbitados de una niña.

– ¡Mira! ¡Está nevando! -dijo alegremente.