Era obligatorio tomar algo, eso sí, y que cada cual se pagase lo suyo, aunque no estuviesen prohibidas las invitaciones y no faltasen clientes escasos de numerario a los que la Flora, por caridad o por confianza que tuviera en ellos, les servía al fiado la copa de cazalla o de licor de café. Y lo más extraordinario fue que todas las noches, más o menos a la hora en que empezaba con mi perorata, la Flora comparecía, se sentaba en un rincón y escuchaba. Una vez, en secreto, le pregunté por qué lo hacía: «¡Ay, filliño, hablas tan bien…! Me recuerdas a tu padre.»
No tardaron, sin embargo, en surgir conflictos con la autoridad. Los informes verbales que, en forma de soplos, recibían eran generalmente incomprensibles, o por lo menos ambiguos, que lo mismo podían proceder de una secta protestante que de una célula anarquista. Lo primero fue que nos enviaron de testigo a un policía que tomaba notas de lo que se iba diciendo, con la obligación de redactar un papel que acabaría en manos del gobernador civil tras los consabidos trámites. No era mala persona, el policía, si bien un poco defraudado por lo selecto de las palabras y la ausencia de putas, y la Flora le convidaba cada noche a lo que quisiera, y él no abusaba. Únicamente, antes de marcharse, iba a echar un vistazo al salón de abajo, donde había siempre algo que alegrase las pajaritas y le ayudase a soportar lo que lo esperaba en su lecho conyugal. Al tercero o cuarto día apareció por mi casa, a media mañana, pidió verme, y con timidez y cierta humildad vino a decirme, más o menos: «Mire, señor: yo estoy obligado a enterar a la superioridad de lo que se habla en la tertulia, pero como no entiendo nada de lo que dicen, el informe no me sale. Vengo a pedirle que, si no le fuera muy molesto, me escribiese usted unas cuartillas, con algunas torpezas, claro, para que parezcan mías, y yo las pondré después a máquina y les daré curso. De lo contrario, al no enterarse de lo que dicen por lo que yo escribo, me temo que les prohiban las reuniones, porque, mirándolo bien, son clandestinas.» Discutimos amigablemente hasta qué punto la coincidencia de unos cuantos hombres de bien y la charla subsiguiente en el salón privado de una casa de amor podía contravenir las ordenanzas, pero él repetía sin variación las palabras que había oído. Accedí a redactarle las cuartillas, y si los primeros días escribí un resumen muy somero de lo que en realidad se había tratado, al poco tiempo se me ocurrió fantasear un poco: redactaba el informe antes de cenar, y se lo entregaba al policía al disolverse la reunión. Los temas eran de lo más disparatado: «En la noche de ayer, los concurrentes al tapado de la Flora trataron de la personalidad de un tal Ninon de Lenclos. El señor Martínez Sobreira leyó una biografía, según él resumida, de la famosa hetaira, y explicó al final que no añadía la lista de sus amantes porque habían sido más los desconocidos o sospechados que los citados por la historia. Advierto a la superioridad que ignoro el significado de la palabra hetaira, que se repitió varias veces, pero, por lo que allí se dijo y por lo que fue saliendo, en lo que ellos llaman el coloquio, debió de ser una conspiradora carlista infiltrada en la corte de Isabel II. El que más sabía de ella, o así al menos me lo pareció, fue don Marcelino Pita, el boticario. Nadie pronunció una sola palabra contra el régimen ni contra las autoridades locales y provinciales. La reunión terminó a las dos treinta y cinco de la madrugada. Me dio la impresión de que, como de costumbre, cada cual se marchaba a su casa. Ninguno estaba borracho del todo, aunque don Claudio Seco diera algunos traspiés a la salida. La Flora debió de haber ingresado por cafés y licores, más o menos lo que cada noche, unas quinientas pesetas.» Con este ten contén vivimos tranquilos un par de semanas. Las «Críticas de la razón humanística» iban adelante, y se leían o decían cosas de bastante ingenio, tanto sobre la realidad empírica como sobre la imaginaria, y llegamos a organizar un concurso a ver quién hablaba más tiempo sobre nada: lo ganó un antiguo seminarista que ahora se dedicaba al ramo de la bisutería fina y se llamaba el señor Alemparte (apellido popular que me hacía dudar de la prosapia de mi Alemcastre). Nuestra reputación crecía, y nos llegaban invitaciones a trasladarnos a un local más amplio, donde pudieran caber más contertulios, pero nos defendíamos de las invitaciones alegando la originalidad de una reunión científica que había elegido semejante sede.
Todo el mundo conocía en Villavieja la rivalidad entre el gobernador civil y el subjefe provincial. Aquél procedía de la extrema derecha; éste, de una zona próxima a la izquierda. Aquél salía todos los días fotografiado en el periódico; éste llevaba una vida recoleta, sin que se le conocieran trapisondas. Aquél actuaba por medio de acólitos, cuando no de sicarios; éste recorría con frecuencia los pueblos de la provincia y se interesaba por sus necesidades. Finalmente, el gobernador había llegado precedido de una fama siniestra, en tanto que al subjefe provincial se le atribuía la salvación de varias vidas en los tiempos del terror. Si le mantenían en su cargo se debía no sólo a su comportamiento en la guerra, sino a lo bienquisto que era, aun de la izquierda solapada. Pues a este subjefe provincial se le ocurrió enviarme recado por un amigo común, o, al menos conocido mío, diciéndome que se había enterado de la naturaleza de nuestras conversaciones, y que había un par de muchachos entre los jóvenes, muy espabilados, con clara vocación política, a los que quería ir iniciando en la dialéctica y en la oratoria; como me sabía bien informado, como en la tertulia, lo que se hablaba, aunque fuese broma, era cultura, no les vendría mal a los mozalbetes asistir a nuestras reuniones: de manera pasiva, por supuesto, y sin otro derecho que el de hacer alguna que otra pregunta que viniera a cuento. El embajador me aconsejó que aceptase, ya que, dado lo extraordinario de nuestra situación, siempre convenía tener en las alturas alguien que saliese por nosotros. Toda vez que lo que se decía en la tertulia no podía perjudicar a los muchachos, y sí espabilarlos más aún de lo que eran, el pleno acordó recibirlos. Se presentaron una de aquellas noches, los muchachitos, entre tímidos y osados. Habían prescindido de la camisa política, y venían vestidos como cualesquiera de su edad, con corbatas civiles. Estuvieron atentos y discretos: uno de ellos hizo alguna pregunta atinada y se marcharon cuando les hice señal de que lo hicieran. Vinieron las noches siguientes, con su libreta de apuntes, donde tomaban notas. Yo hablaba aquellos días de la cuestión del petróleo. No es cuestión que se pueda tomar a broma, pero yo procuraba darle un tono divertido a la vez que crítico. El de cara más alegre de los dos, el rubio, me preguntó de repente: «¿Usted cree que sin petróleo se puede hacer un imperio?» Le respondí que no, y le di las razones. «Entonces, ¿cómo nos hablan a nosotros del imperio si no tenemos petróleo?» «A eso no te puedo responder. Yo nunca he hablado de imperio.» No dijo más. Otro día el morenito, sin que viniera a cuento, quizá por quedar bien, preguntó: «¿Y usted cree que América del Sur volverá a ser de España?» Le respondí que no lo creía probable, ni menos conveniente. Tomó nota de mi respuesta. Poco tiempo después recibí unas líneas del subjefe provincial, muy escuetas: «Sea usted prudente, hágame caso.» Y el que me trajo la nota, el amigo común, seguramente aleccionado por el subjefe, fue más explícito: «Lo que usted explica a los muchachos contradice lo que les predican un día y otro. Y lo peor es que le hacen caso a usted.» Pero los chicos no habían venido a casa de la Flora a que los engañasen, ¿no?