Contaré, porque lo debo contar, que una noche llegué a casa un poco tarde. No andaba entonces enredado con ninguna muchacha. Iba a entrar cuando se me acercó una mujer con un niño en brazos y, en el otro, una especie de jaula cubierta con un paño grueso. «¿No vive aquí Paulette? ¿No es en este portal?» Le respondí que no conocía a Paulette ni había oído hablar jamás de ella. «Pues Paulette me dio esta dirección y no puede haberme mentido. Paulette estaba enterada de que yo salía hoy del hospital y me había invitado a dormir en su casa. Hace cinco días que he dado a luz a este niño y mi jilguero se está muriendo de frío. Yo no puedo recorrer el barrio en busca de la casa de Paulette. Además, a estas horas, ¿a quién voy a preguntar?» Aunque mi calle no estuviera demasiado iluminada, podía ver perfectamente a aquella mujer, que no iba mal vestida, que no tenía aspecto de golfa ni de bohemia, menos aún de mendiga. Llevaba también un bolso bastante grande, casi un maletín, no lo había advertido al primer vistazo. Interpreté que en sus palabras había una petición de socorro, aunque hubiera sido hecha sin el menor patetismo, y dudé unos instantes si invitarla a subir o dejarla a su suerte, con su niño y su pájaro. Me decidí, en un santiamén, a socorrerla. ¿Por piedad o por iniciar un juego? «¿Quiere venir a mi casa? Es todo cuanto puedo hacer por usted.» Me miró muy fijamente. «¿Es usted de fiar?» «Séalo o no, en cualquier caso le diría que sí. Usted verá lo que hace.» También su decisión fue rápida. «Abra la puerta.» Entró detrás de mí, esperó a que encendiera la luz, subimos juntos en el ascensor, sin decir palabra; sólo al salir la advertí que faltaban unos cuantos escalones. No me respondió. Cuando se halló en medio de mi salón, sin desprenderse de la jaula ni del niño, miró alrededor y dijo para sí misma: «Un extranjero de clase media, no demasiado rico, de aficiones intelectuales. Quizá no sea mala persona.» Le pregunté bromeando si era detective. Ella, antes de responderme, dejó la jaula cerca de la salamandra, y el niño en el sofá. «No, no es necesario serlo. No hay más que mirar. Tiene usted libros y grabados por las paredes. El piso es de los corrientes. Tampoco debe de ser mujeriego, porque no veo desnudos por ninguna parte. Claro que no entré aún en el dormitorio.» Le abrí la puerta y se lo mostré. «¿Qué piensa ahora?» «Un pequeño burgués de costumbres morigeradas. ¿De dónde es?» «Español.» «Los españoles son quijotes o son donjuanes.» «También los hay intermedios y mezclados. Clasifíqueme como le apetezca. ¿Quiere comer algo?» «Debía de habérsele ocurrido nada más entrar. Del hospital se sale por la tarde. Desde el mediodía no probé bocado.» «Pues siéntese y caliéntese.» Iba a entrar en la cocina, pero volví sobre mis pasos. «¿Y el niño? ¿Necesitará leche?» Volvió la cabeza airada. «Lo crío yo. ¿O qué se piensa? No soy una madre cualquiera, ni él un hijo cualquiera. Pero para darle mi leche necesito comer.» Entré en la cocina, le preparé unos bocadillos y calenté la leche. Recordé haber oído alguna vez que a las mujeres lactantes les convenía la cerveza, de modo que agregué una botella a la bandeja. Se la puse delante. Ella me dio las gracias y empezó a comer vorazmente. Bebió la cerveza y, al final, la leche. Yo me había desentendido de ella y preparaba la cama. «¡Señor!»
Acudí al salón con una manta en la mano. «¿Dónde voy a dormir?» «Donde usted quiera.» «¿En su cama?» «Se lo aconsejo.» «Espero que comprenda que soy una mujer recién parida y que tengo que dormir sola.» «Lo había comprendido ya, señorita.» «¡Señora!», dijo muy orgullosa. «¡Ah! ¿Y su marido? ¿La ha abandonado?» «Sí, hace ya tiempo. Ha muerto.» «¡Cuánto lo siento!» «Yo no lo siento en absoluto. ¡Menudo cochon! Me deja embarazada y se muere. ¿Lo encuentra usted correcto? ¿Cree que es una muestra de cariño?» «Desconozco las circunstancias del caso, no lo puedo juzgar.» «Primero me abandonó; después murió. Me abandonó a las cinco de la tarde, murió hacia las diez, sin darme tiempo a acostumbrarme. Abandonada a las cinco, viuda a las diez. Muy poco tiempo para tantas emociones.» Yo no sabía qué contestarle. Se me ocurrió preguntarle si no deseaba dar de comer al niño, pues, en ese caso, yo esperaría en el dormitorio. «¿Para qué? ¿Es usted de los que piensan que el seno de una mujer lactante es un objeto erótico?» «¡En modo alguno, señora! Además, aun estando presente, sé volver la cabeza en el momento oportuno.» Se levantó. «Haga usted lo que quiera.» Cogió al niño y se fue con él hacia la salamandra. «¡Si tuviera usted una sillita baja…! Estaría más cómoda.» Le traje lo más parecido a una sillita baja que pude hallar. Se sentó, sacó la teta y la metió en la boca del niño. «Pienso en mi pobre pájaro. Muerto de frío y de hambre. Además viene de pasar una mala temporada: en los hospitales tratan mal a las personas, y a los pájaros peor. ¿No tendría usted unas miguitas de pan?» Le di las migas al pájaro, que no pareció entusiasmarse, pero que acabó por acercarse a ellas y picotearlas. Me aparté del grupo y me senté de espaldas. Se oía el chupeteo del mamón y, de cuando en cuando, el aleteo del pájaro. «¿No se ha dormido?», dijo ella de pronto. «No, madame.» «Estoy pensando que con toda seguridad interpretó mal lo que acabo de contarle. Claro está que las cosas se toman como a uno se las dan. Me refiero a lo del abandono y la viudez. No es que haya mentido, pero oculté algunos detalles. ¡La falta de confianza! La verdad es que, todas las tardes, mi marido y yo reñíamos, y él se marchaba a las cinco diciendo que no volvería más, con lo que yo me pasaba unas horas con el berrinche del abandono. Pero él volvía siempre, y nos reconciliábamos. Aquella noche no volvió, no por su voluntad. Murió atropellado. Pero como yo no lo sabía, ni lo podía esperar, antes de llorar la viudez, lloré también la soledad presentida y la humillación que se siente al pensar que existe otra mujer. ¡Qué injusta fui con mi marido aquella noche horrible! Puede usted comprender, pues, que no le he engañado del todo. Pero las cosas no son iguales contadas de una manera que de otra.» «Estoy de acuerdo, señora; pero antes llamó a su marido cochon.» «Fue un pronto, créame, y lo hice con la mejor intención. La verdad es que, en nuestra intimidad, solía llamarle "mon petit cochon", aunque no lo fuera en absoluto. Y no es que yo sea mal educada; es que se lo oí decir una vez a una criada, dirigiéndose a un niño, me hizo gracia. Es como si, ahora, se lo llamase al mío.»
Yo me hallaba perplejo, y en el fondo de mi conciencia se insinuaba el arrepentimiento por haberla socorrido, pero, la verdad, no me causaba ningún terror. Ciertamente ignoraba lo que traía en aquel enorme bolso; podía encerrar una pistola o un cuchillo grande, de esos cuya vista estremece la medula. Pero ¿para qué? En mi piso había poco que robar. No sé si instintivamente al entrar, había dejado la cartera encima de la mesa, un lugar muy visible, y ella se había dado cuenta. Lo hiciera como prueba de confianza, pero también para dar facilidades, llegado el caso. «¿Es usted profesor?», me preguntó de pronto. «No, periodista.» «¡Ah, periodista! Gente superficial los periodistas, ¿verdad?» «Yo, al menos, lo soy, señora.» «Debe de ser muy aburrida la vida para la gente superficial.» «A veces se tiene la suerte de hallarse en una situación como la mía en estos momentos. Convendrá conmigo en que no es nada aburrida.» «Para mí, desde luego que no. Me encuentro muy bien y empiezo a sentirme verdaderamente agradecida, sobre todo si sigue usted siendo cortés como hasta ahora.» «¿Teme que no lo sea?» Volvió la cara hacia mí, me miró fijamente. «No. Usted no es capaz de abusar de una mujer parida e indefensa. Porque yo estoy indefensa.» Echó mano al bolso y empezó a hurgar en él. «Ahora sí que tiene que marcharse.» Sacó del bolso unos pañales y unas ropas de niño. «Se dará cuenta del porqué.» Le sonreí, me levanté y me fui al dormitorio, y allí estuve hasta que ella me gritó que ya podía volver. Tenía el niño en el regazo, mudado y bien fajado. «¿Ve usted? Ya está como una rosa.» Lo besó y lo dejó aparte, bien envuelto en su toquilla. Después me mostró el paquete que había hecho de lo sucio. «¿Qué hago con esto?» «En la cocina hay un cubo. Mañana, madame Claudine lo tomará a su cargo.» Quizá debiera haberme levantado y llevarlo yo mismo al cubo de la basura, pero se me ocurrió tarde, cuando ya ella lo había hecho. El viaje a la cocina, ida y vuelta, me permitió observarla mejor. Llevaba un traje sencillo, de buen corte, probablemente comprado en unos grandes almacenes, que no me aclaraba en absoluto su condición social, menos aún la personal. Era de buen gusto, pero eso, en París, apenas si puede servir para una caracterización muy general. La calidad de la tela no la pude percibir, algo alejado como estaba, inexperto en tales valuaciones. Tenía una cara simpática, muy expresiva, nada fea, pero tampoco hermosa, salvo unos grandes ojos grises. Podía ser una normanda o una bretona, pero también haber nacido en París. Me lo pareció por su acento, pero el acento se adquiere.