«¡Estoy cansada! Ha sido un día de muchas emociones.» «Puede acostarse cuando quiera.» «¿Y usted?» Me limité a señalarle la cama turca de un rincón. Lanzó hacia allá la mirada. «También podía yo dormir ahí.» «Pienso que se sentirá más libre en un dormitorio. Si de noche el niño la obligara a levantarse, tendría que entrar ahí.» «Y despertarle, ¿no?» «Eso sería lo de menos.» Tres o cuatro frases más, todas triviales, y las buenas noches. Le advertí que la puerta podía cerrarse por dentro. Sonrió. «No creo que sea necesario.» Volvió a desearme buenas noches y se metió en el dormitorio con el niño. Fuera quedaba la bolsa: salió a buscarla pasado un rato breve. «Había olvidado esto. Perdóneme, aquí están los pañales.» Bueno… Junto a la salamandra quedaba el pájaro enjaulado.
Intenté desentenderme de su vecindad y me puse a escribir algo, no puedo recordar qué. Tardó en darme el sueño. Me acosté. Apenas pude dormir. La cama turca era incómoda, uno de esos objetos que sólo sirven para los primeros escarceos con una chica. Di vueltas y vueltas. La escena se ha visto en muchas películas norteamericanas, pero en ellas el varón suele dormir mejor que yo aquella noche. Fue una de ésas, insomnes, en que acude a la mente de uno el pasado, pero no el que nos gusta recordar, sino menudencias sin interés, imágenes que van y vuelven, mezcladas a canciones que creía en el olvido y que no se recuerdan completas. ¡Una que me cantaba Belinha! O estados anteriores que reviven: por ejemplo, el de aquellas noches, en el pazo miñoto, en que me obsesionaban mis poemas. No es que uno nuevo, inesperado, estuviera a punto de emerger, de apoderarse de uno, ni mucho menos: mi invitada no me había causado emoción tan profunda, ni siquiera deseo, sino sólo curiosidad, que también reapareció a lo largo de aquellas horas. ¿Quién será? ¿Por qué está aquí? Pero sin demasiada insistencia. En ningún momento la hallé misteriosa, probablemente porque no lo era, aunque sí interesante. Al menos lo era la situación. No había, sin embargo, que inquietarse: no me importaba gran cosa quién pudiera ser; y la reiteración con que me preguntaba la atribuí al insomnio. A cierta hora de la madrugada oí llorar al niño, y a ella, después, ajetrear sigilosamente. Después volvió el silencio.
Cuando salió de la habitación, ya vestida y arreglada, yo había preparado el desayuno. Le ofrecí una taza de café y unos bollos del día anterior. Lo aceptó y lo comió en silencio. Le pregunté si le parecía bien almorzar conmigo: me respondió que sí, a condición de que ella preparase la comida. «Vendrá a verla la portera. Es la encargada de la compra. Ella le traerá lo que usted señale, y no se preocupe por el dinero, porque ya me pasará la cuenta.» Dijo que sí con toda naturalidad. Al salir a la calle busqué a madame Claudine y le expliqué la situación. «Pero ¿cómo metió en su casa a una desconocida? ¡Puede ser una anarquista!» «En todo caso, una anarquista que en vez de bomba trae un niño.» Se quedó rezongando a causa de la insensatez de los hombres. No fue aquélla una mañana importante, ni había noticias que me entretuviesen en la oficina. Pedí permiso al señor Magalhaes para salir un poco antes. ¡Cómo me agradeció aquel reconocimiento de su superior jerarquía, aunque fuese en un ámbito tan modesto como el de nuestra oficina! Se me ocurrió llevar a la desconocida un ramito de flores, nada más que unas pocas violetas. Tuve la preocupación de ocultarlas a la curiosidad de la portera, quien me esperaba muy amilagrada. «Oiga, esa señora no es una cualquiera. Me dio el dinero para la compra, y llevaba mucho más. Las ropas de la criatura son de lo fino, y nada de recién parida; el niño tiene ya más de un mes. Los modales de la madre son de dama. Yo que usted andaría con cuidado: puede meterle en un lío. Dios sabe cuál.» «¿Le dijo cómo se llama?» «Cuando se lo pregunté, indirectamente, como hay que averiguar esas cosas, se hizo la desentendida.» La dejé rápidamente por miedo a que las violetas se me chafasen debajo del abrigo. Llamé a la puerta en vez de abrir con mi llave. Lo hizo ella con la mayor tranquilidad y una sonrisa. Había en el piso un olor a comida suculenta que me recordó los tiempos en que no comía en restoranes multitudinarios y baratos. Antes de quitarme el abrigo le ofrecí las violetas. «Son para su niño, por supuesto.» Se echó a reír. «Que vous étes gentil.» Las recibió y volvió a sonreírme. Le comenté que por primera vez desde que yo lo ocupaba, mi piso olía agradablemente. «Soy buena cocinera, podría ganarme la vida en cualquier restorán de lujo.» Había puesto la mesa, con los dos cubiertos enfrentados. Buscó un vaso, colocó en él las violetas, con su agua, y adornó con ellas la mesa. «Mi hijo, como usted debe comprender, no está aún para recibir gentilezas.» Había preparado una sopa, una carne asada, y unos pastelillos de chocolate: calculé que habría pasado en la cocina la mayor parte de la mañana.
Cuando nos íbamos a sentar, le dije: «Sería conveniente que me indicase un nombre para dirigirme a usted. El mío es Filomeno.» «¡Oh, Filomeno, qué bonito! Llámeme Clelia.» «Es un nombre de Stendhal.» «Yo soy un personaje de Stendhal.» Le hice una reverencia. «Es un honor con el que no contaba. No puedo decirle que yo lo sea de Balzac, menos aun de Proust. En realidad carezco de lo más indispensable para ser un personaje.» «¿Qué es lo que considera indispensable?» «Una personalidad definida.» «También hay personajes indecisos.» «Entonces yo soy uno de ellos.» Se echó a reír. «Nos hemos metido sin querer en la literatura, pero le garantizo que la sopa y el asado son reales. Quizá los profiterolli sean algo fantásticos, pero eso está en su naturaleza.» Se sentó y me rogó que lo hiciese. Había servido la sopa, que humeaba. La probé. Estaba exquisita y la felicité por ella. «Ya le dije que está hecha con ingredientes reales y que soy una buena cocinera. Confío en que el rôti le agrade más.» Cuando terminó la sopa, trajo el asado y lo sirvió ella misma. Cortó la carne con habilidad. Sólo entonces, y como sin darle importancia, me dijo: «Ya he visto en su dormitorio el retrato de su novia. Porque supongo que será eso, su novia, esa señorita rubia de la fotografía. Dígame sinceramente si necesita el campo libre de cinco a nueve. Es la hora de dar un paseo largo con el niño.» Hubiera podido, quizá debido, preguntarle en aquel momento cuánto tiempo pensaba quedarse, pero lo que hice fue aclararle que no esperaba a nadie aquella tarde. «Esa señorita rubia de la fotografía pertenece al pasado.» «Cést dommage! Tiene todo el aire de una muchacha agradable, tres comme il faut, aunque le estorbe a su belleza un no sé qué de dramático. ¿Y no hay otra mujer en su vida? Quiero decir ahora.» «No.» «¡Mala cosa es que esté solo un hombre de su edad! ¡Y más en París! París es una ciudad para vivirla en pareja, usted debe saberlo ya.» «Sí, es una ciudad hecha para el amor, pero no siempre el amor acude, aunque es muy posible que yo no desee su llegada.» «¿La ama todavía? Quiero decir a la del retrato.» «Lo más probable es que haya muerto. En cualquier caso, ya no la espero.» No me respondió. Se entretuvo con la carne un buen rato. Yo la examinaba durante aquel silencio, o, más exactamente, miraba sus manos: comía de una manera refinada, con calma y esa forma de seguridad (o naturalidad) que crea el hábito. Estuve a punto de preguntarle: ¿Quién es usted? ¿Por qué está aquí? Pudo más la cortesía. Me había mentido al decir que estaba recién parida, esto era evidente, pero lo interpreté como medida de precaución. También había mentido, en consecuencia, al decir que venía del hospital. Y el nombre que me había dado también era falso. Pero todas esas mentiras, tan evidentes, no hacían más que amontonar unas curiosidades sobre otras. «Ya he visto -dijo de pronto- que habla usted varios idiomas. He reconocido, naturalmente, el francés y el inglés entre sus libros; de los otros, supongo que uno será el español.» «El otro es el portugués.» Pareció quedar perpleja. «El portugués. Nunca lo he oído hablar.» «Puede oírlo ahora, si lo desea.» Me levanté, cogí un libro al azar (salió, claro está, un tomo de Queiroz) y le leí unos párrafos. «Suena muy bien -dijo ella-, parece música.» «Pues el autor de esta página que acabo de leerle vivió y murió en París hace ya bastantes años. Se llamaba…» «No lo oí nombrar nunca.» «Es que Francia suele ser ingrata con los extranjeros que más la aman.» «¿Lo dice por usted?» «No. Yo no tengo queja de los franceses, pero tampoco soy escritor ilustre.» ¿A qué venía aquello? Me di cuenta de que nuestra conversación no iba más allá de las puras trivialidades y de que aquella mujer, fuese quien fuese, se llevaría una pobre idea del que la había acogido en su casa. Me sentí, de pronto, necesitado de mostrarme de otra manera, aunque fuese forzando la situación. «¿Le interesan a usted los versos?» «Como a todo el mundo.» «Es decir, no le interesan.» «Le he dado a entender que sí.» «Entonces, si me permite… -Me levanté, cogí el viejo cuaderno donde estaban los míos-. Voy a leerle un poema escrito en español. Mejor que al francés, podría traducirlo al inglés, pero confío hacerlo regularmente en su lengua.» «¿Y por qué no en inglés?» No le pedí explicaciones. Escogí uno de los poemas que considero más intensos, y lo fui traduciendo al inglés, cuidando la dicción. Como ejercicio escolar no tuvo tacha. Ella escuchó atenta. Me pidió un par de veces que repitiera; al final me preguntó: «¿Es suyo ese poema?» «Sí.» «Usted no es un periodista superficial. Ese poema es muy hermoso, y supongo que, en español, lo será más. Su inglés es bastante perfecto.» «Trabajé en Londres durante tres años.» Se me quedó mirando un rato fijamente. «Usted no está todavía en la edad de ser un hombre interesante, pero ya lo es. Siento haberme equivocado.» Se levantó, fue a la cocina y trajo los profiterolles de chocolate. «Me alegro de haberle ofrecido una buena comida. Fue el mejor modo de compensarle, aunque merezca más.» Retiró la mesa en silencio. La oí ajetrear en la cocina. «¡Deje los platos para mí!», le rogué, pero no me hizo caso. Me senté en un sillón y la escuché. Iba y venía como una sombra. De repente apareció ante mí con el abrigo puesto, el niño en brazos, la bolsa colgada, la jaula en difícil equilibrio. «Ha sido usted muy amable conmigo. Se lo agradezco, pero me voy.» Me levanté. «¿Tiene usted adónde ir? Puede permanecer aquí todo el tiempo que quiera.» «Gracias, pero no lo encuentro prudente. Y no se preocupe por mí. Tengo de sobra a donde ir.» «¿No necesita nada? ¿Puedo ayudarla?» «Ha hecho todo lo que podía, y yo también. Cuando me recuerde, hágalo con el nombre de Clelia, que no es el mío, sino una de las muchas mentiras que le conté. Pero no debo permanecer aquí ni un minuto más. Debe usted comprenderlo. Siento de veras que vaya a quedarse solo. Una mujer puede hacer compañía, pero una mujer con un niño es siempre un estorbo. Gracias.» Me dio un beso en la mejilla, pero no me ofreció la suya. Abrió ella misma la puerta y se marchó.