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Cuando entré en el dormitorio vi el retrato de Ursula acostado, la cara oculta.

V

NO REAPARECIÓ AQUELLA MUJER que dijo llamarse Clelia, no esperé saber de ella nunca más. Inevitablemente fue tema de conversación, durante algunos días, con madame Claudine, cuya mente melodramática imaginó toda clase de historias, me ofreció toda clase de soluciones y de enigmas: por las mañanas, al salir; por las tardes, al regreso. ¿Las necesitaba yo realmente? Cuando pensaba en aquel episodio, es decir todos los días, e intentaba explicármelo, sólo hallaba una solución, de orden puramente intelectual, para mí suficiente: se trataba de un acontecimiento absurdo, que lo era pura y simplemente porque yo no poseía más que la mitad de los datos, los míos; aquellos por los que le di acogida en mi casa a Clelia durante unas horas, la contemplé, la escuché, la vi marchar. Pero el otro sistema de datos, el suyo, lo ignoraba, y, lo que todavía lo ponía peor, desconocía su naturaleza y no era capaz de imaginarla. Pudo ser una burla, pero ¿por qué y para qué? Por muchas vueltas que le di en mi cabeza a las razones de Clelia para portarse como se portó, no hallé ninguna convincente, y hasta llegué a pensar que hubiera obrado sin razones: por puro capricho, por una apuesta. ¿Quién puede saberlo? Yo, no, por supuesto. Si lo he contado aquí aquel acontecimiento, se debe a su rareza, a su irracionalidad, a su inexplicabilidad, a que, tiempo después, tuvo una secuela. Aunque hubiera partido de un principio caprichoso o, como prefería madame Claudine, melodramático (un niño recién nacido por medio siempre inclina al melodrama), pudo haberse desarrollado de otra manera, pudo incluso haber continuado. Si Clelia me hubiera dicho que deseaba permanecer en mi casa, la habría acogido sin límite de tiempo. Hubiéramos acabado por enamorarnos o, por lo menos, por tener relaciones maritales. O acaso no, ¿quién lo sabe? Pero no considero legítimas ninguna de estas consideraciones. Llegó, se fue, no volvió, no tenía por qué volver. También podía ser una loca: esta idea no se le ocurrió a madame Claudine. Lo que sí recuerdo es que por aquellos días aproximadamente triunfó el Frente Popular en las elecciones españolas. Una mañana, al llegar a la oficina, hallé muy preocupado al señor Magalhaes. Me mostró los diarios, los grandes titulares con la noticia. «Bueno. ¿Y qué? Era una posibilidad como las otras. No olvide que aquí puede suceder otro tanto.» «Sí -me respondió, compungido-. Pero Francia no es limítrofe con Portugal. ¿Qué podemos hacer nosotros si el comunismo se instala en España?» «Recuerde, querido Magalhaes, que España fue hasta anteayer una monarquía, y no por eso se contagiaron ustedes.» «Esto es distinto, muy distinto. Esto es la zarpa moscovita que aprisiona a la parte mayor de la península, y que acabará por apoderarse de toda ella.» «Bueno, usted, por lo pronto está en París, y hasta aquí no creo que llegue esa zarpa. Ya ve cómo van las cosas.» «¡Las cosas aquí van igualmente mal, señor Freijomil! ¡No queda más que Alemania!» «Pues pida que le manden de corresponsal a Berlín. Así podrá entrar en Lisboa con los libertadores cantando la

Horísvessertlied.» «Ríase, ríase. ¡Ya verá lo que será de su pazo y de su dinero si los comunistas entran en Portugal!» «¿Mi pazo y mi dinero? ¿Quién le dijo semejante cosa?» «¡Todo se sabe, señor Freijomil! ¡Si alguien tiene que temer al comunismo es usted. Yo no poseo más que mi profesión y mi sueldo. Pero ¡usted!… ¡Usted tiene un nombre, un patrimonio!… ¡Usted es un señorito!» (Lo dijo en español.)