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A partir de aquel día, todas las mañanas, al llegar a la oficina, hallaba sobre mi mesa los diarios con las noticias de España subrayadas en rojo. Las cosas iban mal, efectivamente; por alguna razón ignorada, yo las leía como si no me afectasen, como si fuesen noticias de un país ajeno al mío. No tenía familia en España ni en ninguna parte, ni apenas amigos. ¿Qué me podía suceder? ¿Quedarme sin mi patrimonio español? ¿Y aunque perdiese también el portugués? No dejé de dar vueltas a semejante hipótesis, y creo haberla considerado con libertad de mente. Llegué incluso a concluir que, desde mi punto de vista personal, ambas pérdidas me hubieran favorecido en el caso (que no debía descartar) de que la pobreza súbita me sirviese de acicate. El señor Magalhaes me había llamado señorito, en español, y efectivamente lo era, sobre todo si lo entendemos como designación de un parásito. Era verdad que, en cierto modo, trabajaba; lo era también, en otro cierto modo, que vivía del trabajo ajeno. Esta situación la veía no como una inmoralidad, sino como una realidad de la que no me sentía responsable. Si, de pronto, aquellas circunstancias en las que yo no tenía arte ni parte me obligasen a salir adelante por mi cuenta, tenía en mis manos instrumentos suficientes para hacer frente a la pobreza, para vivir de mi esfuerzo personal, como tantos otros. Y era posible que, así, le hallase otro gusto a la vida, que le hallase algún sentido. ¿Sería entonces capaz de algún compromiso, de algún sacrificio? ¿De alguna ambición, al menos? No me faltaban ideas, pero, a juzgar por lo que veía a mi alrededor, la gente no se movía por ideas, sino por pasiones, más o menos ocultas o disimuladas, cuando no francas y agresivas. Podía llegar a ser dueño de mi destino y no, como entonces y ahora, sujeto pasivo de la historia, juguete del triunfo de los unos o de los otros, indiferente a ellos. Empezó a ocurrírseme marchar a América. No era una solución original, podría ser conveniente, pero América no me atraía ni siquiera imaginativamente. Claro está que aquel modo de pensar, y de esperar, partía de la convicción de que la historia era Europa, y de que, emigrando, podía un hombre cualquiera hurtarse a sus consecuencias. Después comprendí que también en eso estaba equivocado. Si me hubiera decidido a emigrar, la historia también me habría cogido allí, de un modo u otro. Siempre fui pronto a fantasear y a imaginar soluciones, tardo en tomar decisiones. No me importaban ni las unas ni las otras. Y la más cómoda, la que exigía menor esfuerzo, era quedarse en París, como estaba, sin la menor modificación de mi estilo de vida, sin tomarme el menor trabajo ante las circunstancias. A causa de no sé qué especie de insensibilidad, probablemente de alguna falta de fe, lo que sucedía en el mundo me interesaba, no me angustiaba, como al señor Magalhaes. Claro que las angustias de mi jefe se olvidaban al salir de la oficina, se aplazaban hasta las noticias del día siguiente. Entretanto aprovechaba esas facilidades que da París. Una vez me invitó a una fiesta en su casa. Fue la primera vez, después del tiempo que llevaba a su lado, en que pude sospechar algo de su vida privada. Vivía en una mansarda muy confortable, más que la mía. Lo rodeaban objetos portugueses con los que había construido una especie de sucursal de su patria, lo necesario para curarse de la saudade en el caso de que le acometiese. Tenía un gramófono con discos de fados y de sambas, y cuando entré allí pude escuchar uno de ellos, que había extendido los efectos de su melancolía a los presentes, caballeros y chicas. Serían ocho o diez, un número par, en todo caso: yo quedaba fuera de juego. Había en una mesa viandas y vino de Oporto. Magalhaes me presentó no como su subordinado, sino como un caballero portugués; dejó traslucir que de alto copete, pero, a esta parte de la presentación, nadie hizo caso. No pude saber, en las horas que permanecí allí, cuál era la calaña de sus amigos y amigas, si coincidían sólo en el modo de divertirse o también en las ideas políticas. Se comió, se bailó, se contaron anécdotas y chistes. Entre las muchachas había dos brasileñas, morenas y bonitas; estudiaban alguna clase de arte y no me hicieron demasiado caso. La verdad es que ninguno de los presentes me dio más importancia que a los muebles de la mansarda. Cuando llegué, ya se habían emparejado. Cuando terminó la fiesta, cada cual se fue con su pareja, salvo la de Magalhaes, una holandesa opulenta, que se quedó con él. Me hallé solo en la calle, como siempre. Había gastado tres horas de mi vida en una diversión estúpida. Siquiera en las de Londres, y en algunas otras de París, se hablaba de literatura, de arte o de política. Me hallé solo en la calle, me sentí tan estúpido como ellos. Aquella noche me fui a La Rotonde, donde solía encontrarme con dos o tres conocidos sin importancia, gente que, como yo, merodeaba alrededor de los protagonistas del momento: los veía desde lejos y comentaba lo que decían de ellos los periódicos. Los hallé como esperaba, a mis amigos, dándose importancia como si fuesen el ombligo del mundo. Al unirme a ellos, al participar en su conversación, me convertía en un iluso más, en un comparsa que disimula serlo. Eran extranjeros como yo, provincianos también. Cuando volviesen a sus pequeñas patrias, contarían infatuados: «Cierta noche, hallándome en La Rotonde…» Lo único positivo que sacaba de aquel modo de vivir era lo que iba aprendiendo en los cursos de la universidad. Posiblemente no me valiese de nada para vivir en el mundo, pero al menos me ayudaba a entenderlo. Se puede estar en el mundo metido en él, comprometido con éclass="underline" el que tiene una familia, el que lucha por su trabajo, el que intenta modificarlo: pero hay otro modo de estar: situarse fuera, contemplarlo y hacerse una idea de lo que pasa. Esta idea no tiene por qué ser acertada, basta que lo parezca. Si se tiene talento, se acaba por ser filósofo, de las muchas maneras que la realidad ofrece a este ejercicio; si no se tiene, da igual, porque a nadie le importa ni nadie le impide hacerse ilusiones. Los hay que escriben sus reflexiones en periódicos y revistas, letra muerta que se olvida. Si lo hacen en verso, y el verso es bueno, pueden durar un poco más. De los unos y de los otros conocí varios ejemplares. Mostraban su poema o su artículo como la solución del mundo y pasaban por las calles como iluminados: una luz que sólo ellos percibían. Yo llevaba a muchos la ventaja de no tomarme en serio, de considerar mis ideas como errores o meras fantasías sin consistencia, sin esperar jamás que dieran en el clavo. En mis estudios literarios había aprendido lo que es una función: mis ideas cumplían la suya, que no era la de engañarme a mí mismo porque ni aun eso me era dado, el engañarme.

Debíamos de andar por abril del treinta y seis cuando, cierta tarde, al pasar entre los grupos de estudiantes en los pasillos de La Sorbona, oí una voz muy conocida que hablaba en un idioma ininteligible. Volví sobre mis pasos, me acerqué: era la voz de Sotero Montes, que hablaba en voz bastante alta con una muchacha hindú, una joven bella, envuelta en un sarong tan hermoso como ella; una chica de tez oscura, de grandes ojos negros, con una gota de sangre en medio de la frente (supuse que era eso, una gota de sangre, aquel círculo de un rojo chocolate, símbolo de algo o seña de identidad). Me acerqué a ellos y escuché: me situé detrás de Sotero, mirando a la muchacha. Fue inevitable que ella me mirase también, con la atención suficiente como para que Sotero volviese la cabeza y me descubriese. Soltó un taco: «¿De dónde sales? ¿Qué haces aquí?» No había cordialidad en el tono de su voz, sino la habitual superioridad mezclada a la sorpresa, y acaso también el desagrado que le causaba mi aparición. Le contesté que perder el tiempo. «Como siempre, como siempre. No has hecho otra cosa en tu vida; pero si sabes hablar francés, hazlo para que esta señorita entienda lo que dices.» Lo hice, aunque simulando torpeza. «Estoy aquí, ya ves. Sigo unos cursos de historia.» «¿Para qué?» «Pues tampoco lo sé. Para hacer algo.» Se echó a reír y dijo unas palabras a la hindú en una lengua que debía de ser la de ella. La muchacha sonrió y me miró con cierta ironía. «Y tú ¿qué haces aquí?», le pregunté y me arrepentí inmediatamente de haberlo hecho. «He terminado mi curso de lenguas indostánicas, y ahora estoy a punto de marchar a Berlín, donde tengo cosas que aprender, a no ser que esos bestias de los nazis hagan innecesario mi viaje.» Sotero andaba vestido de manera casi estrafalaria, pero llamativa. Su gran cabeza inteligente, sus ojos negros, superaban cualquier mal efecto que pudiera causar aquel abrigo raído, aquel sombrero chafado y desvaído de color. Cuando yo miraba su atuendo, él se fijaba en el mío. «Sigues tan pituco como siempre, ¿verdad? Haces bien. Es lo único que te justifica en el mundo.» ¡Curiosa la coincidencia de Sotero con mi abuela Margarida! Mi bisabuelo Ademar no había pasado de aquello, de pituco, si bien es cierto que a él lo saludaban los tejados y a mí no. Por fortuna la muchacha hindú no nos había entendido, porque Sotero volviera al español. Tal vez deliberadamente. Acabó por presentármela. Se llamaba Madanika. Le dije que su nombre era hermoso como sus ojos, se lo dije en francés, y Sotero me respondió por ella: «No seas imbécil.» Madanika no parecía compartir su punto de vista, a juzgar por su mirada.