Empezaba a sentirme incómodo en París. No faltaba entre la poca gente que conocía quien me preguntase con insistencia si no pensaba regresar a España a defender la libertad; otros, menos conocidos, daban por supuesto que yo era un fugitivo del bando azul, en tránsito para la zona roja. Los franceses partidarios de Franco no me eran simpáticos, aunque reconociese la excelente prosa de Maurras y su acerado ingenio. Madame Claudine no me hacía de esas preguntas, sino de otro jaez: «¿No le preocupa la guerra de su país? ¿No tiene allá familia? ¿Recibe noticias? -Y también-: ¿No estarán preocupados al no saber nada de usted?» No sé qué habría pensado de mí si llegase a conocer la realidad profunda de mis sentimientos. Madame Claudine era una buena patriota francesa, una patriota sin contradicciones, como debe ser, y no entendía que a nadie le pudieran caber dudas acerca de la propia patria; pero Francia no estaba en guerra civil. Los franceses resolvían sus diferencias de modo bastante menos ruidoso, y, por supuesto, menos trágico. ¡Son cartesianos hasta ese punto! Hubo momentos en que pensé que la guerra española les servía de vacuna, y eso lo digo como elogio. ¡Quedaba tan cerca el mal ejemplo! Sin embargo, tiempo después también pasaron por una experiencia semejante. Entonces, y en relación con Francia, yo también podía ver los toros desde la barrera, aunque no muy seguro de que el toro no la saltase. Pero esto es adelantarse en las consideraciones.
Empecé a preparar mi regreso con una carta a Simón Pereira: una carta bastante sincera en la que le preguntaba francamente si creía que Lisboa era un buen lugar para mí. No tardó mucho en responderme; me aseguraba que había pensado varias veces en mi situación, y que, por supuesto, no me aconsejaba el regreso a España, donde inevitablemente me cogería la guerra de un modo u otro, aunque siempre peligroso. «Pero no crea usted que la situación en Lisboa le será fácil. La actitud oficial es favorable al general Franco, a cuyo bando pertenece el embajador. Sin embargo, en Lisboa hay gente de ambas partes, y en cierto modo es también un campo de batalla, aunque de palabras e intrigas. Aquí tendría que definirse, aunque sólo sea en apariencia, salvo en el caso, nada difícil, de que prefiera usted hacerse ciudadano portugués; pero es también un modo de alinearse. Cuando el mundo anda tan dividido como lo está ahora, si no se cae de un lado, se cae inevitablemente del otro. Aunque siempre nos quede el recurso de la hipocresía y el disimulo, para lo cual se necesita cierto talento. ¿Por qué supongo que usted lo tiene? Si no me equivoco, si está usted seguro de sí mismo, entonces le aconsejo que venga. Nosotros haremos por usted lo que sea necesario.» ¿Nosotros? ¿Él y su padre? ¿El banco en que tenía mis dineros? Al leer aquella carta renació en mí la vieja sensación de sentirme protegido como un niño al que se ha dejado salir al mundo con las debidas precauciones, un niño sin la experiencia indispensable para saber lo que quiere y buscarlo por su cuenta. Solo ante mí mismo, en aquel breve salón en que habían estado Ursula y Clelia, pero en el que también había pasado largas horas de soledad, en que había estudiado porque no tenía otra cosa que hacer, ni se me ocurría; en aquel salón, digo, me hallé a los veintiséis años largos de edad sin una sola aspiración, sin un deseo concreto que no fuera ir viviendo, no digo que a salto de mata porque tenía la vida asegurada, pero sí bastante al azar de lo que pudiera aparecer tras una esquina. Mi deseo repentino de marchar de París podía justificarse (nadie pedía una justificación, ni siquiera el señor Pereira, junior) en las pequeñas incomodidades que mi condición de español me causaba y a las que ya me referí; pero también es cierto que podía evitarlas sin necesidad de salir de París, que es lo bastante grande como para pasar inadvertido si se desea. O había una razón profunda y desconocida, o se trataba únicamente de un cambio de dirección del viento. Respondí al señor Pereira diciéndole que le avisaría de mi marcha, y una mañana dije a Magalhaes, como sin darle importancia, que empezaba a cansarme de París. «Pero ¿adónde va a ir usted que esté mejor que aquí? Por lo pronto, aquí nadie le reclama para el servicio militar. Y París es París, después de todo.» Pocos días después le comuniqué mi decisión definitiva: me iría al mes siguiente. Se entristeció con la noticia, tengo que ser sincero; y empezó a darme consejos políticos: «No se meta usted en esto, no se meta usted en lo otro, mire que de la vida sé bastante más que usted.» Pero el hecho de que mi marcha fuera a Lisboa no dejó de satisfacerle. «Y sé que su pluma se estima allí, y que Ademar de Alemcastre tiene lectores. Podría usted aprovecharlo.» No se me había ocurrido; menos aún recuperar, en serio, el Alemcastre. Ursula y Clelia me habían amado como Filomeno.
Sin embargo, antes de marchar de París, me quedaba por experimentar la última emoción. Una mañana recibí la llamada de una mujer de acento extranjero que necesitaba verme y me dio una cita precisamente en el café Procope. «Soy muy alta, de aspecto alemán. Llevaré una boina oscura. ¿Quiere darme alguna seña de usted?» Mi sombrero verde, mi abrigo, un paraguas de puño curvo. Magalhaes me preguntó si era la última aventura. Le respondí que ignoraba quién fuese aquella mujer.
Acudí al café Procope. Fue fácil reconocer a aquella walkiria un poco mustia, más alta que yo, de un rubio fuerte y cabellos lacios. No demasiado joven, pero todavía de buen ver. Algo de modales hombrunos ocultaban una feminidad tierna y en retirada: le asomaba, a veces, a los ojos. Me tendió la mano al identificarme. «Mi nombre es Deborah.» Me pidió que me sentase a su lado, no enfrente, porque no quería hablar en voz alta. «Soy amiga de Ursula. Más que amiga, compañera. Me entiende, ¿verdad?» Miraba mucho alrededor, examinaba a los que entraban y a los que estaban sentados. «¿Espera a alguien más? ¿Busca a alguien?» «Desconfío», me respondió. Pero tardó en ir al grano. Hablamos primero de la guerra de España: ella había estado en Barcelona, no era muy optimista acerca de la victoria de los republicanos. «Ustedes los españoles son incapaces de disciplina. Allí cada cual es su propio partido y cree que la guerra es cosa suya, y piensan que se gana con valor; ellos lo dicen de otra manera, mientras el enemigo se procura cañones y aviones y obedece a un solo mando. Tengo entendido que en el campo rebelde sucedía algo parecido, pero que ese general que tienen actúa con mano dura y los metió a todos en un puño. Desde mi punto de vista, no es buena noticia. Fuera de esto, los españoles son una gente estupenda, pero jamás serán buenos comunistas. Lo español es el anarquismo, pero la hora del anarquismo no ha llegado.» «¿Viene usted ahora de Barcelona? ¿Viene de España?» Me miró y quedó un momento en silencio. «Vengo de Checoslovaquia?» «¿Me trae noticias de Ursula? ¿Ha muerto?» «No. Todavía no. Al menos hace tres días estaba viva, en Praga.» Abrió el bolso y sacó de él un paquetito. «Me ha dado esto para usted. No quiero entregárselo muy a la vista de la gente, porque puede haber alguien vigilándome; de seguro que lo hay, y darle un paquete sería comprometerlo. Lo dejaré encima de mi asiento para que usted, disimuladamente, lo coja. Es un reloj.» No le hice ninguna pregunta. Me entristecí de pronto. Empecé a comer en silencio, y ella también. Bebió bastante vino, pero no parecía hacerle efecto; al menos, no modificaba su mirada. De repente empezó a hablar, como un susurro, casi a mi oído. «Surgió, sin esperarla, una misión peligrosa e importante. Ursula se ofreció. Había que entrar en Alemania, recoger a alguien, salir. Si el riesgo fuera sólo de muerte, no importaba; estamos acostumbrados a sentirla encima un día y otro. Pero hay algo peor: el riesgo de que le metan a uno en un campo de concentración.