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Entonces, Ursula me dio el reloj y me pidió que se lo trajera a usted, con su último beso. -Repitió-: Lo dijo así, su último beso.» La mano grande y fuerte de Deborah apretó la mía. «Cuando piense en Ursula, piense con orgullo. Es todo cuanto tenía que decirle.» Habíamos acabado el postre; pidió un coñac con el café. «Yo también puedo caer en cualquier momento. Estoy muy vigilada. Nunca sé si llegaré a mañana, y hoy precisamente tengo el presentimiento de que estoy viviendo mi último día. He visto de lejos a alguien muy peligroso, a un judío traidor a su sangre que actúa de espía, de delator, de asesino. Lo vi y sé que me vio. No está aquí, es demasiado prudente, pero alguno de los presentes ocupa su lugar. Cuando le deje a usted, voy a ir a casa de un amigo, con el que pasaré la tarde y quizá la noche. Tengo necesidad de hacerlo: no es que me lo pida el cuerpo, lo pide este momento de mi vida. Cuando salga de su casa, ¿quién sabe si ése u otro en su lugar me matará? Lo imagino con la mayor frialdad, y hasta es posible que con alegría íntima. Estoy cansada.»

Salimos separados del restorán. Yo apretaba en el bolsillo del pantalón el envío de Ursula y me sentía triste. En tales estados de depresión prefería deambular a encerrarme en mi casa. Caminé mucho, y cuando me di cuenta me encontraba en los Campos Elíseos, muy cerca de la embajada española. Se me ocurrió acercarme. Hacía tiempo que conocía, y casi era amigo, de un funcionario de los que no pertenecen a la carrera: un sujeto simpático, interesado por la literatura y por la música, pero profesionalmente muy discreto, como que jamás me había dado una noticia que no hubiera venido ya en los periódicos. No se me ocurrió preguntarme por las razones que me llevaron hasta él, acaso únicamente el deseo de despedirme. En la embajada había el barullo acostumbrado; pero mi amigo, que se llamaba Carlos, permanecía en un rincón de la oficina, indiferente al ir y venir de gentes, a las voces, a las conversaciones o discusiones en dos o tres idiomas. Me dio la mano y me indicó que me sentase y esperase. Por mucho que hablasen y gritasen, no pude enterarme de nada. En un momento especialmente ruidoso, Carlos me dijo: «¿Acepta usted una invitación a cenar? Está aquí alguien a quien le gustará conocer y escuchar.» Me pasó un montón de periódicos republicanos para que me entretuviese. Cada periódico era un conjunto de gritos tipográficos, algunos de ellos patéticos y hermosos. Auguraban la victoria, pero se percibía el oculto temor de la derrota. Parecían estar escritos por grupos de exasperados cargados de razón a los que la historia se la quita. Estuve mucho tiempo leyéndolos, fue mi primera experiencia relativamente directa de lo que era la España republicana, y creo haberlo percibido con bastante claridad. Hubiera seguido horas y horas enfrascado en aquella lectura. Carlos me sacó de ella. «Mira, te quiero presentar al comandante Alzaga, que cenará con nosotros.» El comandante Alzaga vestía de paisano, y, más que un militar, parecía un intelectual. Incluso llevaba gafas bastante gruesas de miope. Salimos juntos. Carlos escogió el restorán y los vinos. No había dejado de hablar de trivialidades más o menos consabidas, cosa no acostumbrada en él. Siempre ponderado y discreto, daba la impresión de que con aquella garrulería consumía el tiempo vacío hasta la llegada de las palabras serias. Hasta después de la sopa el comandante no me preguntó: «Y usted ¿qué hace aquí?» «Esperar», le respondí. «¿A que termine la guerra?» «No creo que aguante tanto.» «¿Es usted un escapado de la zona rebelde? ¿Está usted de nuestro lado?» «Le confieso, comandante, que estoy perplejo. Nunca tuve una ideología política muy clara, por no decir que carecí de ella, que es lo más cierto.» Carlos intervino: «El señor Freijomil viene a verme con frecuencia, pero no creo que haga lo mismo con nadie del otro bando.» «La verdad -añadí- es que no los conozco. Salvo mi jefe, que es decididamente franquista, pero no es español.» «¿Su jefe?» «Trabajo para un periódico de Lisboa.» El comandante Alzaga sonrió: «Por allá, por el Tajo, no estamos muy bien vistos.» «Ya lo sé.» Esta conversación la interrumpió la llegada de la camarera. Era una chica guapa y descarada que atendía al comandante y que a Carlos y a mí nos ignoraba. «Le ha gustado usted a la chica», comentó Carlos, y Alzaga lo recibió sin demasiado entusiasmo. La verdad es que la cosa no estaba para hablar de chicas. «Por primera vez -dije yo- he podido leer los periódicos republícanos. Lo estaba haciendo cuando usted llegó, comandante.» «¿Qué le parecen?» Fui sincero, y él me respondió, también sinceramente: «No se equivoca. La convicción del triunfo nos duró muy poco. No dudo de que haya gente en el pueblo que aún lo espere, aunque muchos confundan la esperanza con el deseo. Pero nosotros tenemos más dudas que certezas.» «¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?» «Yo pertenezco al Estado Mayor Central. Dentro del ejército, soy eso que ellos llaman un intelectual; es decir, un tipo incómodo lo mismo en mi bando que en el otro. Los ejércitos, como cualquier otra clase de estamento, se rigen por tópicos, más fuertes que las ordenanzas y que los reglamentos. Y nosotros los intelectuales somos los encargados de destruirlos, de poner la verdad en su lugar, un oficio muy duro, un trabajo que nadie agradece. En mi caso, he luchado contra los tópicos de los políticos que han perjudicado la guerra.» Le pregunté, ignenuamente, si había abandonado a los republicanos. «No. No los abandonaremos jamás, porque yo lo soy y no puedo dejar de serlo. Permaneceré en España hasta el final, hasta que Franco me fusile. Si ahora estoy en París, es porque formo parte de una de esas comisiones secretas que intentan convencer a los de enfrente de que ha llegado la hora de la paz. Una gestión inútil. Franco no acepta condiciones, no acepta más que la rendición total, o, al menos, es lo que dice, a sabiendas de que nosotros no vamos a rendirnos, es decir, a sabiendas de que la guerra va a continuar hasta que nos aplaste. Pero él necesita aplastarnos no por razones estratégicas, ni políticas, ni siquiera morales, sino personales. Lo conozco muy bien al generaclass="underline" he trabajado con él.» «Pero ¿están las cosas tan mal?», preguntó Carlos. «No de momento. Teóricamente, la guerra no está perdida, pero tampoco ganada. Si los contendientes hubiéramos sido sólo republicanos y rebeldes, nos habríamos bastado. Lo malo fue la internacionalización de la guerra. De ahí viene el desequilibrio actual, pero también es posible que pueda ser mayor aún, y, en este sentido, nada se puede predecir, salvo el riesgo de que la guerra de España se convierta en guerra de Europa. Es lo que queremos evitar algunos políticos, algunos militares; queremos evitarlo, ante todo por España, que saldrá malparada de esta guerra, pero que quedaría enteramente destruida si la guerra se generalizase. Es lo que intento hacer ver a esa gente con la que trato, algunos de ellos antiguos compañeros de la Escuela de Estado Mayor. Ellos lo comprenden, pero su general no.» «Pero a él no le conviene una guerra europea.» «Naturalmente, y lo sabe. No es nada tonto el general, ni nada apasionado. Pero intenta anticiparse.» «De todas maneras -dije yo-, está bastante comprometido. Le sería difícil mantenerse neutral en una guerra europea.» «Le sería imposible, pero sólo teóricamente. En la historia, muchas cosas imposibles llegaron a ser reales.»