No sé qué me esperaba, pero desde luego no me esperaba aquello: mesas de madera manchadas, sosos matraces, retortas empañadas, tubos de ensayo desportillados, mecheros Bunsen de baja calidad y una tabla periódica de elementos a todo color, colgada de la pared, que contenía un ridículo error tipográfico por el cual se habían intercambiado las posiciones del arsénico y el selenio. Lo detecté de inmediato y, tras coger un trozo de tiza azul de la repisa inferior de la pizarra, me tomé la libertad de corregirlo, para lo cual tracé una flecha de dos puntas. «¡Está mal!», escribí bajo la flecha, y subrayé dos veces las palabras.
Eso que llamaban laboratorio no se podía ni comparar con el que yo tenía en Buckshaw, y esa constatación me hizo henchir el pecho de orgullo. En ese momento, lo único que quería era volver a casa a toda prisa para poder estar en mi laboratorio, acariciar mis relucientes objetos de cristal y preparar un veneno perfecto.
Pero tales placeres tendrían que esperar, pues primero debía llevar a cabo otra tarea.
De vuelta en el corredor, deshice lo andado y me dirigí de nuevo al centro del edificio. Si no me equivocaba, en ese momento me encontraba justo debajo de la torre del reloj, por lo que la entrada no podía andar muy lejos.
Abrí una puertecita disimulada en el revestimiento de madera de la pared, que al principio me había parecido un armario para guardar escobas y demás, y me topé con una empinada escalera de piedra. El corazón me dio un vuelco.
Y entonces vi el cartel. Unos cuantos escalones más arriba, cerraba el paso una cadena de la que colgaba un cartel escrito a mano: «Acceso a la torre estrictamente prohibido.»
Subí como una bala. Era como estar en el interior de la concha de un nautilo. La escalera subía y subía en espiral, girando sobre sí misma en estrechas vueltas idénticas. Resultaba imposible ver qué había por delante, y también, a decir verdad, qué se dejaba atrás. Lo único que veía eran los pocos escalones que tenía justo delante y justo detrás.
Durante un rato me dediqué a contar los escalones en voz baja mientras subía, pero al cabo de un rato decidí que necesitaba hasta ese aliento para impulsar las piernas. El ascenso era empinadísimo, y pronto me dio flato. Me detuve unos instantes a descansar.
La poca luz que había procedía, al parecer, de las estrechas ventanas, separadas entre sí por una vuelta completa de escalera. Deduje que a ese lado de la torre se hallaba el patio interior y, con la respiración aún algo entrecortada, seguí subiendo.
Y entonces, tan abrupta como inesperadamente, la escalera terminó sin más en una puertecita de madera. Era tan pequeña como la que utilizaría un enano del bosque para entrar en el tronco de un roble: apenas una trampilla redondeada en la parte superior con una hendidura de hierro para una llave maestra. Y, por supuesto, la muy estúpida estaba cerrada.
Se me escapó un resoplido de indignación y me senté en el último escalón, respirando trabajosamente.
– ¡Maldición! -exclamé, y el eco de las paredes me devolvió la palabra a un volumen sorprendente.
– ¿Hola? -me llegó una voz hueca y sepulcral, acompañada por el rumor de pasos más abajo.
– ¡Maldición! -repetí, esta vez entre dientes.
Me habían descubierto.
– ¿Quién hay ahí arriba? -quiso saber la voz.
Me tapé la boca para reprimir la necesidad de responder.
Cuando los dedos me rozaron los dientes, se me ocurrió una idea. Papá me había dicho en una ocasión que algún día me alegraría de haber tenido que llevar aparatos en los dientes, y tenía razón. Había llegado el día. Sirviéndome de los pulgares y de los índices a modo de doble par de pinzas, tiré del aparato tan fuertemente como pude, hasta que los hierros se soltaron con un satisfactorio «clic» y cayeron en mi mano.
Mientras los pasos se acercaban más y más, en su implacable ascenso hasta el lugar en el que me hallaba atrapada, junto a la puerta cerrada, doblé el alambre en forma de L y le hice un bucle en la parte superior. A continuación, introduje en la cerradura mi ya inservible ortodoncia. Papá me iba a dar unos cuantos latigazos por ello, pero no me quedaba más opción.
La cerradura era antigua y nada sofisticada. Sabía que podía forzarla…, pero necesitaba tiempo.
– ¿Quién es? -preguntó la voz-. Sé que estás ahí, puedo oírte. El acceso a la puerta está prohibido. Baja en seguida, muchacho.
«¿Muchacho?», pensé. O sea, que en realidad no me había visto.
Moví con cuidado el alambre y lo doblé hacia la izquierda. Como si lo hubieran engrasado esa misma mañana, el pestillo se retiró suavemente hacia atrás. Abrí la puerta, entré y volví a cerrarla en silencio. No tenía tiempo de volver a pasar el pestillo y, por otro lado, quienquiera que estuviese subiendo por la escalera seguramente tenía la llave.
Me hallaba en un lugar tan oscuro como una carbonera, pues las estrechas ventanas finalizaban en lo alto de la escalera.
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta. Caminé de puntillas hacia un lado y me pegué a la pared de piedra.
– ¿Quién está ahí? -preguntó la voz-. ¿Quién es?
Entonces introdujo una llave en la cerradura, saltó el pasador, se abrió la puerta y un hombre asomó la cabeza por la abertura. Dirigió a uno y otro lado el haz de luz de la linterna que llevaba, iluminando un curioso laberinto de escaleras de mano que ascendían retorciéndose en la oscuridad. Enfocó la linterna hacia las escaleras, una por una, e hizo subir el haz de luz peldaño a peldaño, hasta que desapareció en la oscuridad de las alturas.
No moví ni un solo músculo, ni siquiera parpadeé. Gracias a la visión periférica, me hice una idea del aspecto del hombre cuya silueta se recortaba contra la puerta abierta: pelo cano y aterrador mostacho. Se hallaba tan cerca de mí que podría haberlo tocado con sólo extender una mano.
Se produjo una pausa que duró una eternidad.
– Otra vez esas puñeteras ratas -dijo al fin, como si hablara consigo mismo.
Cerró la puerta de golpe y me dejó a oscuras. Oí el tintineo de unas llaves y el sonido del pestillo al ocupar de nuevo su sitio.
Estaba encerrada.
Supongo que debería haber gritado, pero no lo hice. No estaba en absoluto desesperada. De hecho, más bien estaba empezando a divertirme.
Sabía que podía volver a forzar la cerradura y descender de nuevo la escalera, pero seguramente sólo conseguiría caer en las garras del portero. Dado que no podía quedarme para siempre donde estaba, la única opción era seguir subiendo. Extendí ambos brazos al frente, como si fuera sonámbula, y fui poniendo un pie delante del otro muy despacio, hasta que toqué con los dedos la más cercana de las escaleras que había iluminado la linterna del hombre. Y empecé a subir.
No tiene mucho secreto subir una escalera a oscuras. A veces, incluso es preferible eso antes que ver el abismo que se abre a los pies de uno. Pero a medida que iba subiendo, los ojos se me fueron acostumbrando a la oscuridad… o semioscuridad. Las minúsculas rendijas de la piedra y la madera abrían aquí y allá agujeritos de luz, que pronto me permitieron vislumbrar el contorno de la escalera, negro sobre negro a la luz gris de la torre.
Los peldaños terminaron abruptamente y me encontré en una pequeña plataforma de madera, como si fuera un marinero en las jarcias. A mi izquierda, otra escalera ascendía en la oscuridad.
La zarandeé un poco y, aunque crujió de forma un tanto amenazadora, me pareció lo bastante sólida. Cogí aire con fuerza, apoyé el pie en el peldaño inferior y comencé a subir.
Un minuto más tarde ya había llegado a lo alto, una plataforma más pequeña e inestable. Otra escalera más, ésta aún más estrecha y endeble que las anteriores, tembló de un modo inquietante cuando apoyé un pie e inicié mi lento y sigiloso ascenso. A mitad de camino empecé a contar los peldaños: