Выбрать главу

Había estudiantes por todas partes, o eso me parecía, que charlaban, holgazaneaban, paseaban y reían. Disfrutaban del aire libre, sabedores de que el trimestre estaba a punto de finalizar.

Mi primer instinto fue encogerme bajo la toga y el birrete y tratar de cruzar el patio interior con el mayor disimulo posible. ¿Me descubrirían? Pues claro que me descubrirían: para aquellos muchachos de voraz apetito, yo destacaría tanto como el reno herido que cierra el rebaño.

¡No! Echaría los hombros hacia atrás y, como un muchacho que sale tarde en la carrera de obstáculos, echaría a correr, con la cabeza bien alta, hacia el callejón. Mi única preocupación era que alguien advirtiera que bajo la toga llevaba un vestido.

Pero nadie se dio cuenta: de hecho, nadie se molestó siquiera en prestarme un poco de atención. Cuanto más me alejaba del patio interior, más segura me sentía, pero también sabía que en el espacio abierto mi presencia resultaría más notoria.

Unos cuantos pasos delante de mí, un viejo roble se asentaba cómodamente en un prado, como si llevara descansando allí desde los tiempos de Robin Hood. En el momento exacto en que me disponía a tocarlo («¡Salvada!»), una mano surgió de detrás del tronco y me agarró la muñeca. -¡Ay! ¡Suélteme! ¡Me hace daño! -grité de inmediato.

Quien fuera me soltó el brazo de golpe, cuando yo aún no había terminado de volverme para enfrentarme a mi agresor.

Era el sargento detective Graves, que parecía tan sorprendido como yo.

– Bueno, bueno -dijo sonriendo muy despacio-. Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno.

Me disponía a hacer un mordaz comentario, pero lo pensé mejor. Sabía que le caía bien al sargento, y lo cierto es que podría necesitar su ayuda.

– Al inspector le gustaría disfrutar de tu compañía, si eres tan amable -dijo, señalando a un grupo de personas que estaban hablando en el callejón donde había dejado a Gladys.

El sargento Graves no dijo nada más, pero mientras caminábamos, me empujó suavemente delante de él en dirección al inspector Hewitt, como un leal terrier que le ofrece a su amo una rata muerta. La suela rota de mi zapato daba lengüetazos como la de Charlot vagabundo y, aunque el inspector reparó en el detalle, fue lo bastante considerado como para ahorrarme los comentarios.

El sargento Woolmer sobresalía por encima del Vauxhall con un rostro tan adusto y escarpado como el monte Cervino. En la sombra que proyectaba se hallaban un hombre nervudo con la piel tostada por el sol que iba vestido con un mono de trabajo y un arrugado caballerete de mostacho blanco que, al verme, apuntó nerviosamente al aire con un dedo.

– ¡Es él! -dijo-. ¡Ése es!

– ¿Está seguro? -le preguntó el inspector Hewitt, mientras me quitaba el birrete de la cabeza y me retiraba la toga de los hombros con el gesto deferente de un valet.

Los ojos azul claro del hombre estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

– Pero… ¡si no es más que una cría! -exclamó.

Me entraron ganas de darle una bofetada.

– Sí, es ella -aseguró el hombre del rostro tostado por el sol.

– El señor Ruggles tiene motivos para creer que has subido a la torre -dijo el inspector, señalando con el mentón al hombre del mostacho blanco.

– ¿Y qué? -repuse-. Sólo estaba echando un vistazo.

– El acceso a la torre está prohibido -dijo el señor Ruggles con voz atronadora-. ¡Prohibido! Y así se indica en el cartel. ¿Es que no sabes leer?

Me encogí de hombros con un grácil gesto.

– Si hubiera sabido que no eras más que una cría, te habría perseguido por la escalera -dijo. Y luego, en un aparte con el inspector Hewitt, añadió-: Mis rodillas ya no son lo que eran. Sabía que estabas ahí arriba -prosiguió-, pero he fingido que no para poder llamar a la policía. Y no me digas que no has forzado la cerradura. Esa cerradura es parte de mi trabajo y estoy tan seguro de que la puerta estaba cerrada con llave como lo estoy de que esto es Fludd's Lane. ¡Quién lo iba a decir! ¡Una cría! -repitió, y chasqueó la lengua mientras sacudía la cabeza con gesto de incredulidad.

– ¿Has forzado la cerradura? -me preguntó el inspector. Aunque intentó disimularlo, me di cuenta de que estaba perplejo-. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?

No podía decírselo, claro. Tenía que proteger a Dogger al precio que fuera. -Muy lejos de aquí, hace mucho tiempo -dije.

El inspector me observó con una mirada acerada.

– Puede que haya quien se conforme con una respuesta de ese tipo, Flavia, pero desde luego yo no.

«Otra vez el discursito ese de que el rey Jorge no es muy amigo de las frivolidades», pensé, pero no: el inspector Hewitt había decidido aguardar mi respuesta, tardara ésta lo que tardase.

– En Buckshaw no hay muchos pasatiempos -expliqué-. A veces hago cosas para no aburrirme.

El inspector sostuvo en alto la toga y el birrete.

– ¿Y por eso te has puesto este disfraz? ¿Para no aburrirte?

– No es un disfraz -respondí-. Para que lo sepa, los he encontrado debajo de una teja suelta en el tejado de la torre. Están relacionados con la muerte del doctor Twining, estoy segurísima.

Si al señor Ruggles antes casi se le habían salido los ojos de las órbitas, al oír mi comentario prácticamente se le cayeron de la cabeza.

– ¿El señor Twining? -dijo-. ¿El mismo señor Twining que saltó desde la torre?

– El señor Twining no saltó -repuse. No pude resistir la tentación de devolverle la pelota a aquel desagradable hombrecillo-. Estaba…

– Muchas gracias, Flavia -dijo el inspector Hewitt-. Ya es suficiente. No queremos robarle más tiempo, señor Ruggles, sé que está usted muy ocupado.

El señor Ruggles se hinchó como una paloma buchona y, tras saludar al inspector con la cabeza y obsequiarme a mí con una impertinente sonrisa, se alejó caminando sobre la hierba hacia su territorio.

– Muchas gracias por la información, señor Plover -añadió el inspector volviéndose hacia el hombre que llevaba el mono de trabajo, el cual había permanecido en silencio todo el rato.

El señor Plover hizo una pequeña reverencia y regresó a su tractor sin decir ni una palabra.

– Nuestros espléndidos colegios privados son como ciudades en miniatura -dijo el inspector, agitando una mano-. El señor Plover te consideró una intrusa en el instante preciso en que apareciste en este callejón. Ni siquiera se molestó en perder el tiempo acudiendo al portero.

¡Vaya con el tipo! ¡Y vaya con Ruggles, también! En cuanto llegara a casa, les enviaría una buena jarra de gaseosa de color rosa para demostrarles que no estaba resentida. Ya no era temporada de anémonas, por lo que la anemonina quedaba descartada. Por otro lado, y aunque no era muy frecuente, se podía encontrar belladona siempre y cuando uno supiera exactamente dónde buscarla.

El inspector Hewitt le entregó el birrete y la toga al sargento Graves, que ya había sacado de su maletín varias hojas de papel de seda.

– Genial -comentó-. Puede que la niña nos haya ahorrado un paseíllo entre las tejas.

El inspector le lanzó una mirada que habría detenido a un caballo desbocado.

– Lo siento, señor -dijo el sargento con las mejillas encendidas mientras reanudaba la tarea de envolver.

– Cuéntame con todo detalle cómo has encontrado estas cosas -dijo el inspector Hewitt, como si no hubiera pasado nada-. No te dejes nada…, y tampoco te inventes nada.

Mientras yo hablaba, él iba anotándolo todo con su rápida y minúscula caligrafía. Puesto que siempre me sentaba frente a Feely cuando ella escribía en su diario durante el desayuno, me había convertido en toda una experta en leer al revés, pero las notas del inspector Hewitt no era más que delicadas hormiguitas que desfilaban por la página.