– Es el bueno de Dogger, ¿no? El leal siervo de la familia.
Dogger había frenado y se había vuelto para averiguar a quién estaba saludando Pemberton. Como no vio a nadie, se levantó el sombrero a modo de saludo y luego se rascó la cabeza. Bajó del tractor y se acercó a nosotros arrastrando los pies por el prado.
– Escucha, Flavia -dijo Pemberton, consultando su reloj de pulsera-, he perdido la noción del tiempo. Le prometí a mi editor que nos encontraríamos en Nether Eaton para ver un panteón que al parecer es bastante singular: ambas manos expuestas, verjas muy particulares… Al bueno de Quarrington le fascinan los panteones, así que será mejor que no le dé plantón, porque en ese caso, bueno, Panteones y tracerías de Pemberton no pasará nunca de ser un simple proyecto.
Se echó al hombro su mochila de artista y empezó a bajar los escalones, deteniéndose junto a la esquina de la casa para cerrar los ojos y llenarse los pulmones del aire matutino.
– Saluda de mi parte al coronel De Luce -dijo, y se marchó.
Dogger subió los escalones arrastrando los pies, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche.
– ¿Visitas, señorita Flavia? -dijo, quitándose el sombrero y secándose la frente con la manga.
– Un tal señor Pemberton -respondí-. Está escribiendo un libro sobre mansiones o panteones o no sé qué. Quería entrevistar a papá acerca de Buckshaw.
– Ese nombre no me suena de nada -dijo Dogger-, pero tampoco es que yo lea mucho. Aun así, señorita Flavia…
Sabía que iba a soltarme un sermón, con parábolas y espeluznantes ejemplos incluidos, sobre lo de hablar con desconocidos, pero no. Lo único que hizo fue toquetear el ala de su sombrero con el dedo índice y allí nos quedamos los dos, contemplando los prados como un par de vacas. Mensaje enviado, mensaje captado. Ah, el bueno de Dogger. Ésa era su forma de enseñar.
Había sido Dogger, por ejemplo, quien se había armado de paciencia para enseñarme a forzar cerraduras cuando en una ocasión lo había sorprendido manipulando la puerta del invernadero. Había perdido la llave durante uno de sus «episodios» y estaba muy atareado con los dientes doblados de un viejo tenedor de cocina que había encontrado en una maceta.
Le temblaban las manos como una mala cosa. Cuando Dogger estaba así, siempre tenía la sensación de que si acercaba un dedo y lo tocaba, me electrocutaría. Aun así, me había ofrecido a ayudarlo y, al cabo de pocos minutos, ya me estaba enseñando cómo se hacía.
– Es muy fácil, señorita Flavia -dijo tras mi tercer intento-. Lo único que tiene que hacer es no olvidar las tres «T»: torsión, tensión y tenacidad. Imagine usted que vive dentro de la cerradura. Escuche lo que dicen sus dedos.
– ¿Dónde aprendió a hacerlo? -le pregunté, fascinada cuando el pasador saltó con un chasquido.
La verdad es que, una vez pillado el truco, resultaba asombrosamente fácil.
– Muy lejos de aquí, hace mucho tiempo -respondió Dogger mientras entraba en el invernadero y fingía estar muy ocupado para evitar más preguntas.
Aunque la luz del sol entraba a raudales por las ventanas de mi laboratorio, me costaba pensar como Dios manda. En mi mente se arremolinaban las cosas que papá me había contado y las que yo había descubierto por mis propios medios acerca de la muerte del señor Twining y de Horace Bonepenny.
¿Qué significado tenían la toga y el birrete que había encontrado ocultos bajo las tejas de la Residencia Anson? ¿A quién pertenecían y por qué los habían dejado allí?
Según la versión de papá, y la publicada en las páginas del Hinley Chronicle, el señor Twining llevaba su toga cuando se había precipitado a la muerte desde las alturas. Que ambas versiones estuvieran equivocadas parecía bastante improbable.
Y luego, por supuesto, estaba el robo del Vengador del Ulster que pertenecía a su majestad y también el de su hermano gemelo, el que había pertenecido al doctor Kissing.
¿Dónde estaría el señor Kissing, me pregunté? ¿Lo sabría la señorita Mountjoy? Al parecer, lo sabía casi todo. ¿Era posible que Kissing aún estuviera vivo? Lo cierto es que tenía mis dudas al respecto: ya habían transcurrido treinta años desde el día en que creyó ver convertirse en humo su amado sello.
Mi mente era un remolino, mi cerebro estaba aturullado y no podía pensar con claridad. Tenía los senos del cráneo taponados, me lloraban los ojos y empezaba a notar un espantoso dolor de cabeza. Tenía que aclararme las ideas.
Era culpa mía: no debería haberme mojado los pies. La señora Mullet solía decir: «Si mantienes la cabeza fría y los pies calientes, no estornudas ni te castañetean los dientes.» Cuando uno pillaba un resfriado, sólo se podía hacer una cosa, así que bajé arrastrándome hasta la cocina, donde encontré a la señora Mullet preparando la masa para una tarta.
– Tiene usted mocos -me dijo, sin apartar siquiera la mirada del rodillo de amasar-. Le prepararé una buena taza de caldo de pollo.
Desde luego, cuando quería era de lo más perspicaz. Al pronunciar las palabras «caldo de pollo» bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro y me lanzó una mirada de complicidad por encima del hombro.
– Caldo caliente de pollo -dijo-. Es un secreto que me contó la señora Jacobson durante el té del Instituto Femenino. Creo que el secreto lleva en su familia desde el Éxodo. Pero yo no le he dicho nada, ¿eh?
Había otra cuestión relativa a la sabiduría popular que fascinaba a la señora Mullet, y era el eucalipto. Había obligado a Dogger a cultivarlo en el invernadero y tenía por costumbre esconder ramitas de dicho árbol por todos los rincones de Buckshaw a modo de talismanes contra los catarros o la gripe.
«Ni gripe ni resfriados, y no es guasa, si tienes eucalipto en casa», solía canturrear con aire triunfal. Y era cierto. Desde que se había dedicado a esconder las cerosas hojitas verde oscuro en los lugares más insospechados de la casa, ninguna de nosotras había estornudado ni una sola vez.
Hasta entonces. Por tanto, era obvio que algo había fallado.
– No, gracias, señora Mullet -le dije-. Es que acabo de cepillarme los dientes.
Era mentira, pero fue lo único que se me ocurrió a bote pronto. Además de darme un aire de mártir, mi respuesta tenía la ventaja añadida de mejorar mi imagen en el terreno de la higiene personal. Al salir, afané de la despensa una botella de gránulos amarillos en cuya etiqueta podía leerse «Esencia de pollo Partington» y recuperé de un aplique del vestíbulo unas cuantas hojas de eucalipto.
Ya en el laboratorio cogí un frasco de bicarbonato sódico que el tío Tar, con su hermosa caligrafía de trazo tembloroso, había etiquetado como «Sal aeratus», pero también -dada su habitual meticulosidad- como «bicarb. sód.», para no confundirlo con el bicarbonato de potasio, también denominado a veces sal aeratus. Sin embargo, el «Bicarb. pot.» se sentía más a gusto en los extintores que en el estómago humano.
Yo conocía la sustancia como NaHCO3, que era lo que los campesinos llamaban bicarbonato de sosa. Recordaba haber oído en alguna parte que esos mismos pueblerinos creían en el poder de una buena dosis de sales alcalinas para acabar hasta con el peor de los resfriados.
En el fondo, me dije, era pura lógica química pensar que si las sales eran una cura, y el caldo de pollo también, ¿acaso una buena taza de caldo efervescente de pollo no tendría un asombroso poder reconstituyente? ¡Era alucinante! Lo patentaría y se convertiría en el primer antídoto del mundo contra el resfriado común: Delicuescencia De Luce: la fórmula de la sopa de Flavia.