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Y luego, por si acaso, murmuré el salmo número veintitrés. Nunca se sabe.

Bien: el asesinato.

De nuevo flotó ante mí en la oscuridad el rostro moribundo de Horace Bonepenny, que abría y cerraba la boca como un pez que boquea sobre la hierba. Su último aliento y su última palabra me habían llegado juntos: «Vale!», había dicho. Y esa palabra había viajado directamente desde sus labios hasta mis orificios nasales. Y me había llegado en una oleada de tetracloruro de carbono.

No me cabía la más mínima duda de que era tetracloruro de carbono, uno de los compuestos químicos más fascinantes del mundo. Para un químico es inconfundible su olor dulzón, aunque muy fugaz. En el orden del universo, no se halla muy lejos del cloroformo que utilizan los anestesistas durante las operaciones quirúrgicas. En el tetracloruro de carbono (que es uno de sus muchos nombres), cuatro átomos de cloro juegan al corro de la patata con un átomo de carbono. Es un poderoso plaguicida, que aún se usa de vez en cuando en casos de anquilostomiasis persistente, es decir, esa enfermedad en que se produce una infestación de minúsculos parásitos silenciosos, los cuales se atiborran impunemente de la sangre que chupan en el intestino de los seres humanos o de los animales.

Pero más importante aún es el hecho de que los filatelistas usan el tetracloruro de carbono para hacer aflorar en los sellos las casi invisibles marcas de agua. Y papá guardaba en su estudio frascos de esa sustancia.

Pensé de nuevo en la habitación de Bonepenny en el Trece Patos. ¡Qué estúpida había sido al pensar en una tarta envenenada! No estábamos precisamente en un cuento de hadas de los hermanos Grimm, sino en la historia de Flavia de Luce.

La masa de la tarta no era más que eso: masa. Antes de salir de Noruega, Bonepenny había retirado el relleno de la tarta y había metido dentro la agachadiza muerta con la que pensaba aterrorizar a papá. Y así era como había conseguido introducir clandestinamente el pájaro muerto en Inglaterra.

No era tanto lo que yo había encontrado en su habitación como lo que no había encontrado. Eso se refiere, claro está, al único objeto que faltaba en el pequeño estuche de piel en el que Bonepenny guardaba el instrumental para la diabetes: una jeringuilla.

Pemberton había encontrado la jeringuilla y se la había guardado en el bolsillo mientras registraba la habitación de Bonepenny, justo antes del asesinato. No me cabía la menor duda.

Eran cómplices y, por tanto, nadie mejor que Pemberton sabía la clase de instrumental médico que necesitaba Bonepenny para sobrevivir. Incluso en el caso de que Pemberton hubiera planeado otro método para deshacerse de su víctima -por ejemplo, golpearlo en la parte posterior de la cabeza con un pedrusco o estrangularlo con la flexible rama de un sauce llorón-, la jeringuilla hallada entre los efectos personales de Bonepenny debió de parecerle un regalo de los dioses. Me estremecí sólo de pensar en cómo lo había hecho.

Me los imaginé a los dos forcejeando a la luz de la luna. Bonepenny era alto, pero no musculoso, por lo que es de suponer que Pemberton lo derribaría igual que un puma a un venado. Después sacaría la hipodérmica y se la clavaría a Bonepenny en la base del cráneo. Así de sencillo. No le llevaría más de un segundo y el efecto sería prácticamente instantáneo. Ésa era, sin duda alguna, la forma en que Bonepenny había hallado la muerte.

De haber ingerido la sustancia -y, desde luego, habría sido casi imposible obligarlo a tragársela-, habría sido necesaria una dosis mucho mayor de veneno, una cantidad que habría vomitado de inmediato. Sin embargo, cinco centímetros cúbicos en la base del cráneo eran más que suficientes para tumbar a un buey.

Los inconfundibles gases del tetracloruro de carbono habían pasado rápidamente a la cavidad nasal y a la bucal, tal y como yo había detectado, pero para cuando llegaron el inspector Hewitt y sus sargentos, ya se habían evaporado sin dejar el más mínimo rastro.

Era casi el crimen perfecto. De hecho, habría sido perfecto de no haber bajado yo al jardín en el momento en que lo hice.

Hasta entonces, no había reflexionado sobre esa cuestión. ¿Era mi continua presencia lo único que se interponía entre Frank Pemberton y la libertad?

Oí una especie de chirrido, pero no hubiera sabido decir desde dónde me llegaba. Giré la cabeza a un lado y el ruido cesó al instante. Durante un minuto o algo más, reinó el silencio. Agucé el oído, pero el único ruido que me llegó fue el de mi propia respiración, que de repente se había vuelto más rápida… y más entrecortada.

¡Otra vez! Era como si arrastraran un trozo de madera, pero con una exasperante lentitud, sobre una superficie arenosa. Intenté decir «¿Hay alguien ahí?», pero la bola dura en que se había convertido el pañuelo que tenía dentro de la boca redujo mis palabras a un apagado gimoteo. Debido al esfuerzo, me dolieron las mandíbulas tanto como si me hubieran clavado una escarpia ferroviaria a cada lado de la cabeza.

Mejor que me limitara a escuchar, me dije. Las ratas no arrastran madera y, a menos que estuviera totalmente equivocada, concluí que ya no estaba sola en el cobertizo del foso.

Cual serpiente, fui moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro, intentando sacar partido de mi aguzado sentido del oído, pero la recia tela que me envolvía la cabeza amortiguaba todos los sonidos, excepto los más estridentes.

Sin embargo, los chirridos no eran tan exasperantes como los silencios entre ellos. Fuera lo que fuese lo que se movía en el foso, estaba tratando de pasar inadvertido. ¿O sólo guardaba silencio para exasperarme?

Se oyó un chirrido y luego un débil clic, como si un guijarro hubiera rebotado en una piedra grande. A la misma velocidad que se abren las flores, fui extendiendo las piernas delante de mí, pero las encogí de nuevo bajo la barbilla al no hallar resistencia. «Mejor permanecer enroscada -me dije-; mejor presentar un blanco más pequeño.»

Durante un momento, concentré toda mi atención en las manos, que aún tenía atadas a la espalda. Tal vez se hubiera producido un milagro; tal vez la seda se hubiera estirado y aflojado, pero no, no tuve tanta suerte. A pesar de tener los dedos entumecidos, me di cuenta de que las ataduras estaban tan tensas como antes. No tenía la más mínima esperanza de soltarme. Estaba claro que iba a morir en aquel foso.

¿Y quién me echaría de menos?

Nadie.

Tras el correspondiente período de duelo, papá se volcaría de nuevo en sus sellos, Daphne sacaría de la biblioteca de Buckshaw otra caja llena de libros y Ophelia descubriría una nueva tonalidad de carmín. Y muy pronto, tanto que casi me resultaba doloroso imaginarlo, sería como si yo no hubiera existido jamás.

Nadie me quería y eso era un hecho. Tal vez Harriet me hubiera querido cuando yo era un bebé, pero Harriet estaba muerta.

Y entonces, para consternación mía, me di cuenta de que estaba llorando. Me quedé atónita, pues había combatido las lágrimas desde que tenía uso de razón. Y, sin embargo, a pesar de tener los ojos tapados, me pareció ver un rostro afable flotando frente a mí, un rostro que en mi desgracia había olvidado. Era, claro está, el rostro de Dogger.

¡A Dogger le entristecería mucho mi muerte!

«Contrólate, Flavia… no es más que un foso.» ¿Cuál era la historia que nos había leído Daffy acerca de un foso? ¿Era un cuento de Edgar Allan Poe, el del péndulo?

¡No! Me negaba a pensar en eso. ¡Me negaba!

Y luego estaba el agujero negro de Calcuta, en el que el nawab de Bengala había encerrado a 146 soldados británicos en un calabozo con capacidad únicamente para tres. ¿Cuántos habían sobrevivido una sola noche en aquel sofocante horno? Veintitrés, recordé, pero por la mañana estaban locos de atar… todos.