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– Hay momentos, señorita De Luce -dijo-, en los que se merece usted una medalla de bronce, y hay otros momentos en los que merece que la encierren a pan y agua en su habitación.

– ¿Y este momento a qué clase pertenece? -inquirí.

«Uy, uy, Flavia, ten cuidado.»

El inspector Hewitt me amenazó con un dedo.

– Te estoy escuchando.

– Bueno -dije-, he estado pensando en que la vida de mi padre no ha sido precisamente agradable en los últimos días. Primero, llegan ustedes a Buckshaw y antes de que se dé cuenta lo acusan de asesinato…

– Un momento, un momento -me interrumpió el inspector-. De ese tema ya hemos hablado. Lo acusamos de asesinato porque él confesó.

¿Ah, sí? Eso no lo sabía.

– Y apenas acababa de confesar tu padre -prosiguió el inspector- cuando apareció Flavia. Ese día recibí más confesiones que visitas Nuestra Señora de Lourdes.

– Yo sólo quería proteger a mi padre -dije-, porque en ese momento pensaba que tal vez sí lo hubiera hecho él.

– ¿Y a quién estaba intentando proteger él? -me preguntó el inspector Hewitt, observándome atentamente.

La respuesta, claro está, era Dogger. Eso era lo que papá había querido decir con «Eso era lo que más temía» después de que yo le conté que Dogger también había escuchado la discusión entre él y Bonepenny en el estudio.

Papá pensaba que Dogger había asesinado a Bonepenny, eso estaba claro, pero… ¿por qué? ¿Lo habría hecho Dogger por lealtad…, o habría sido más bien durante uno de sus ataques?

No, era mejor que Dogger quedara al margen de la historia. Era lo mínimo que podía hacer.

– Probablemente a mí -mentí-. Papá pensaba que yo había matado a Bonepenny. Al fin y al cabo, ¿no fui yo quien apareció, por así decirlo, en el escenario del crimen? Estaba intentando protegerme a mí.

– ¿De verdad crees eso? -preguntó el inspector.

– Sería fantástico pensarlo -respondí.

– Estoy seguro de que así era -dijo el inspector-. Estoy convencido de que así era. Bueno, volvamos al sello. No creas que lo he olvidado.

– Bien, como le estaba diciendo, me gustaría hacer algo por papá. Algo que lo haga feliz, aunque sea sólo por unas pocas horas. Me gustaría regalarle el Vengador del Ulster, ni que sea por un par de días. Por favor, déjeme hacerlo y le contaré todo lo que sé. Se lo prometo.

El inspector se alejó paseando hasta la librería, cogió un volumen encuadernado de Anales de la Sociedad Química del año 1907 y sopló para eliminar el polvo de la parte superior del lomo. Lo hojeó distraídamente, como si buscara lo que debía decir a continuación.

– ¿Sabes? -dijo-, no hay nada que mi mujer, Antigone, deteste más que ir a hacer la compra. En una ocasión me dijo que antes preferiría tener que hacerse un empaste a perder media hora para comprar una pierna de cordero. Pero tiene que hacer la compra, le guste o no; es su destino, dice. Para sobrellevar tan pesada carga, a veces compra un librito amarillo que se titula Tú y tu horóscopo. Tengo que admitir que hasta ahora siempre me había burlado de algunas de las cosas que me lee durante el desayuno, pero esta mañana mi horóscopo decía así, y cito textualmente: «Alguien va a poner a prueba tu paciencia hasta límites insospechados.» ¿Crees que a lo mejor he estado interpretando mal esos pronósticos, Flavia?

– ¡Por favor! -pedí, pronunciando las palabras en un tono lastimero.

– Veinticuatro horas -dijo-. Ni un minuto más.

Y entonces me salió todo a borbotones y empecé a hablar de la agachadiza chica muerta, de la inocente (aunque también incomible) tarta de crema de la señora Mullet, del registro de la habitación de Bonepenny en la posada, del hallazgo de los sellos, de las visitas a la señorita Mountjoy y al doctor Kissing, de los encuentros con Pemberton en el disparate arquitectónico y en el cementerio y del secuestro en el cobertizo del foso.

Lo único que no le conté fue que había inyectado en el pintalabios de Feely un extracto de hiedra venenosa. ¿Para qué confundir al inspector con detalles innecesarios?

Mientras yo hablaba, él iba tomando alguna que otra nota en un cuadernito negro cuyas páginas, advertí, estaban repletas de flechas y crípticos símbolos que muy bien podrían estar inspirados en algún tratado de alquimia de la Edad Media.

– ¿Yo salgo ahí? -le pregunté, señalando el cuaderno.

– Sales -dijo.

– ¿Puedo echar un vistazo? ¿Pequeñito?

El inspector Hewitt cerró el cuaderno.

– No -repuso-. Es un documento confidencial de la policía.

– ¿Escribe usted mi nombre completo o me representa con uno de esos símbolos?

– Tienes tu propio símbolo -dijo, metiéndose el cuaderno en el bolsillo-. Bueno, ya va siendo hora de que me marche.

Me tendió una mano y me dio un vigoroso apretón.

– Adiós, Flavia -dijo-. Ha sido… toda una experiencia.

Se acercó a la puerta y la abrió.

– Inspector…

Se detuvo y se volvió.

– ¿Cuál es? Mi símbolo, quiero decir.

– Es una P -respondió-. Una P mayúscula.

– ¿Una P? -le pregunté, sorprendida-. ¿Y qué significa P?

– Ah -dijo-, eso lo dejo a tu imaginación.

Daffy estaba en el salón, despatarrada sobre la alfombra, leyendo El prisionero de Zenda.

– ¿Sabes que mueves los labios cuando lees? -le pregunté.

Daffy no me hizo ni caso. Decidí jugarme la vida.

– Y hablando de labios -dije-, ¿dónde está Feely?

– En el médico -respondió-. Ha tenido una especie de brote alérgico, parece que es algo que ha tocado.

¡Bien! ¡Mi experimento había funcionado a la perfección! Nadie lo descubriría jamás. En cuanto tuviera un momento de tranquilidad anotaría lo siguiente en mi cuaderno de notas:

Martes, 6 de junio de 1950, 13.20 horas ¡Éxito! Resultados como estaba previsto. Se ha hecho justicia.

Se me escapó una risilla. Supongo que Daffy me oyó, porque rodó sobre sí misma y cruzó las piernas.

– Ni se te ocurra pensar que te has salido con la tuya -comentó muy despacio.

– ¿Qué? -dije.

El ingenuo desconcierto era mi especialidad.

– ¿Qué brebaje le pusiste en el pintalabios?

– No tengo ni la menor idea de lo que estás hablando -repuse.

– Pues mírate al espejo -dijo Daffy-. Y cuidado no vayas a romperlo.

Di media vuelta y me alejé lentamente hacia la repisa de la chimenea, donde una empañada reliquia del período Regencia reflejaba hoscamente el salón. Me acerqué más, sin dejar de contemplar mi imagen. Al principio no vi nada, a excepción de mi radiante persona, mis ojos violetas y mi piel clara, pero al observarme con más detenimiento empecé a percibir ciertos detalles en mi devastado y mercúrico reflejo.

Tenía un manchón en el cuello, ¡un manchón rojo y muy feo! ¡Justo donde Feely me había besado! Se me escapó un chillido de angustia.

– Feely dijo que en menos de cinco segundos en el foso ya se había vengado de ti.

Antes incluso de que Daffy rodara de nuevo sobre sí misma y regresara a su absurda novela de capa y espada, ya tenía un plan.

Una vez, cuando tenía nueve años, escribía un diario sobre lo que significaba ser una De Luce o, por lo menos, sobre lo que significaba ser aquella De Luce en concreto. Reflexionaba mucho acerca de cómo me sentía, hasta que finalmente llegué a la conclusión de que ser Flavia de Luce era como ser un sublimado: como el residuo de cristal negro que dejan en el frío cristal de un tubo de ensayo los gases azul violáceo del yodo. En aquel momento me pareció una descripción perfecta, y en los dos últimos años no ha ocurrido nada que me haya hecho cambiar de idea.