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Como he dicho, a los De Luce les falta algo, una especie de enlace químico, o la ausencia del mismo, que les hace un nudo en la lengua cada vez que se ven abordados por un sentimiento. Es tan improbable que un De Luce le diga a otro que lo quiere como que un pico de la cordillera del Himalaya se incline para susurrarle palabras bonitas al risco de al lado.

Ese punto quedó probado cuando Feely me robó el diario, forzó el cierre de latón con un abrelatas de la cocina y lo leyó en voz alta desde el último peldaño de la escalinata, vestida con la ropa que le había robado al espantapájaros del vecino.

En eso pensaba mientras me acercaba a la puerta del estudio de papá. Me detuve un instante, insegura. ¿De verdad quería hacerlo?

Llamé tímidamente a la puerta. Se produjo un largo silencio antes de que me llegara la voz de papá:

– Adelante -dijo.

Hice girar el pomo y entré en la habitación. Papá, sentado a una mesa junto a la ventana, apartó por un momento la vista de su lupa y luego siguió estudiando un sello de color magenta.

– ¿Puedo hablar? -le pregunté, consciente ya en el momento de formular la pregunta de que era un comentario extraño y, al mismo tiempo, parecía lo adecuado.

Papá dejó la lupa, se quitó las gafas y se frotó los ojos. Parecía cansado.

Me metí la mano en el bolsillo y saqué el fragmento de papel azul en el que había escondido el Vengador del Ulster. Me acerqué como si fuera un suplicante, dejé el papel sobre la mesa y retrocedí de nuevo.

Papá lo abrió.

– ¡Madre de Dios! -exclamó-. ¡Es AA!

Se puso de nuevo las gafas y cogió su lupa de joyero para ver el sello de cerca.

«Ahora -me dije- obtendré mi recompensa.» Me di cuenta de que estaba pendiente de sus labios, esperando a que papá los moviera.

– ¿De dónde lo has sacado? -dijo al fin con esa voz dulce tan típicamente suya que inmoviliza al interlocutor como se inmoviliza una mariposa al clavarle un alfiler.

– Lo encontré -dije.

La mirada de papá era militar…, implacable.

– Debió de caérsele a Bonepenny -añadí-. Es para ti.

Papá observó mi rostro igual que un astrónomo observaría una supernova.

– Un detalle que te honra, Flavia -dijo al fin, como si le costara un gran esfuerzo. Después me devolvió el Vengador del Ulster-. Tienes que restituírselo a su legítimo dueño.

– ¿El rey Jorge?

Papá asintió, aunque su gesto me pareció triste.

– No sé cómo ha ido a parar ese sello a tus manos ni tampoco quiero saberlo. Has llegado hasta aquí tú sola y ahora debes salir de esto tú sola.

– El inspector Hewitt quiere que se lo entregue.

– Muy amable por su parte -dijo-, pero también demasiado oficial. No, Flavia, el AA ha pasado por demasiadas manos, unas pocas ilustres y la mayoría innobles. Ocúpate de que las tuyas sean las más dignas de todas.

– Pero… ¿qué hay que hacer para escribirle al rey?

– Estoy seguro de que encontrarás la manera -dijo papá-. Por favor, cierra la puerta cuando salgas.

Como si pretendiera enterrar el pasado, Dogger estaba arrojando estiércol de una carretilla en el huerto de pepinos.

– Señorita Flavia -dijo mientras se quitaba el sombrero y se secaba la frente con la manga.

– ¿Qué hay que poner en una carta para el rey? -le pregunté.

Dogger apoyó con cuidado la pala en el invernadero.

– ¿En la teoría o en la práctica?

– En la práctica.

– Eeeh… -dijo-. Pues tendría que mirarlo en algún sitio.

– Un momento -dije-. La señora Mullet tiene un libro titulado Preguntar de todo sobre todo. Lo guarda en la despensa.

– Ha ido a comprar al pueblo -señaló Dogger-. Si nos damos prisa, podemos salir con vida de ésta.

Un segundo más tarde, estábamos los dos escondidos en la despensa.

– Aquí está -dije, entusiasmada, cuando el libro se abrió entre mis manos-. Pero un momento…, esto se publicó hace sesenta años. ¿Seguirá siendo correcto?

– Seguro que sí -dijo Dogger-. En los círculos reales, las cosas no cambian tan de prisa como en los nuestros. Y así debe ser.

El salón estaba vacío. Daffy y Feely andaban por alguna parte, seguramente planeando su siguiente ataque. Encontré una hoja apropiada de papel en un cajón y, después de humedecer la pluma en el tintero, copié la fórmula de encabezamiento del pegajoso libro de la señora Mullet. Intenté que mi letra resultara lo más elegante posible:

Benignísimo soberano:

Sea ésta la voluntad de su majestad,

Sírvase encontrar adjunto un objeto de considerable valor que pertenece a su majestad y que fue robado este año. Cómo ha llegado a mis manos [me pareció un toque muy elegante] no tiene importancia, pero le aseguro a su majestad que la policía ha cogido al delincuente.

– Capturado -dijo Dogger, que estaba leyendo por encima de mi hombro. Lo corregí. -¿Qué más?

– Nada -respondió él-. Fírmela y ya está. Los reyes aprecian la brevedad.

Con mucho cuidado de no emborronar la carta, copié la despedida del libro.

Lo saluda, con profunda veneración, la súbdita más humilde y sierva más sumisa de su majestad.

Flavia de Luce (Srta.)

– ¡Perfecto! -exclamó Dogger.

Doblé cuidadosamente la carta y, tras pasar el pulgar, conseguí los pliegues más finos. Después la metí en uno de los mejores sobres de papá y escribí la dirección:

Su alteza real Jorge VI

Buckingham Palace, Londres, S.W. I

Inglaterra

– ¿La marco como «Personal»? -Buena idea -dijo Dogger.

Una semana más tarde, me estaba refrescando los pies desnudos en el agua del lago artificial mientras revisaba las notas que había tomado sobre la coniína, el principal alcaloide de la venenosa cicuta, cuando Dogger apareció de repente, agitando algo que llevaba en la mano.

– ¡Señorita Flavia! -exclamó, y luego cruzó el lago sin quitarse siquiera las botas para llegar a la isla.

Las perneras de sus pantalones estaban empapadas y, aunque se quedó allí plantado chorreando como Poseidón, su sonrisa era tan radiante como la veraniega tarde.

Me entregó un sobre tan blanco y suave como el plumón de un ganso.

– ¿Lo abro? -le pregunté.

– Diría que va dirigido a usted.

Dogger se estremeció cuando rasgué la solapa del sobre y saqué la hoja doblada de papel color crema que había en el interior:

Mi querida señorita De Luce:

Le estoy muy agradecido por su reciente misiva y por la restitución del maravilloso objeto que éste contenía, que, como muy probablemente sabe usted, ha desempeñado un importante papel, no sólo en la historia de mi familia, sino en la historia de Inglaterra.

Por favor, acepte mi más sincero agradecimiento.