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Jill pensó que, pese a ir vestida, la señorita Ardent daba la sensación de acabar de saltar de la cama y estar deseando volver a meterse en ella con Mike. ¡Deja de restregarle tu carcasa, puta barata!

—Hablaré con el obispo supremo sobre eso, querida —prometió Boone—. Ahora será mejor que vuelvas a dirigir el desfile. Jug necesita tu ayuda.

La señorita Ardent se puso obedientemente en pie.

—Sí, obispo. Encantada de conocerles, doctor y señorita Broad. Espero volver a verle, señor Smith; rezaré por usted —se alejó con movimientos ondulantes.

—Una muchacha espléndida —comentó Boone en tono feliz—. ¿La ha visto actuar en alguna ocasión, doctor?

—Creo que no. ¿A qué se dedica?

Boone pareció incapaz de creer lo que oía.

—¿No lo sabe?

—No.

—¿Nunca ha oído su nombre? Es Dawn Ardent…, nada menos que la artista de strip-tease mejor pagada de toda la Baja California, eso es lo que es. Hay hombres que se han suicidado por ella…, muy triste. Trabaja bajo un foco irisado; y cuando se queda sólo con sus zapatos, la luz se centra únicamente en su rostro, y uno no puede ver realmente nada más. Muy efectivo. Enormemente espiritual. ¿Quién creería, mirando ahora su dulce semblante, que en su tiempo fue una mujer de lo más inmoral?

—No puedo creerlo.

—Bueno, pues lo era. Pregúnteselo. Ella misma se lo confesará. Mejor aún, asistan a una de sus purificaciones de buscadores; se lo haré saber cuando actúe. Cuando ella confiesa, proporciona a otras mujeres valor para reconocer sus pecados. No se calla nada… Y, por supuesto, saber que ayuda a los demás le sienta muy bien a ella. Ahora es una mujer muy dedicada: vuela en su propio coche hasta aquí todos los sábados por la noche, inmediatamente después de su última función, para dar su clase en la escuela dominical. Se ocupa de la clase de Felicidad para Muchachos y, desde que se hizo cargo de ese curso, el número de alumnos se ha triplicado.

—Eso sí puedo creerlo —asintió Jubal—. ¿Qué edad tienen esos afortunados «muchachos»?

Boone le miró y se echó a reír.

—No me engaña, viejo diablo; alguien le ha dicho que el lema de la clase de Dawn es: «Nunca se es demasiado viejo para ser joven».

—No, de veras.

—En cualquier caso, no puede usted asistir a la clase hasta que haya visto la luz y pasado por la purificación, y haya sido aceptado. Lo siento. Ésta es la Única Iglesia Verdadera, peregrino, no una de esas trampas de Satanás, esos asquerosos pozos de iniquidad que se hacen llamar «Iglesias» a fin de inducir a los incautos a la idolatría y otras abominaciones. Uno no puede entrar aquí simplemente para matar un par de horas mientras se resguarda de la lluvia; primero ha de salvarse. De hecho… Oh, oh, el aviso de las cámaras —luces rojas estaban parpadeando en todos los rincones de la amplia nave—. Y Jug les ha hecho dar media vuelta. Ahora podrán ver un poco de acción.

La danza de la serpiente ganó nuevos reclutas, mientras los pocos que aún seguían sentados batían palmas —marcando el ritmo— y saltaban, levantándose y volviendo a sentarse. Parejas de acomodadores se apresuraban a recoger a los caídos, algunos de los cuales permanecían quietos, pero otros —en su mayoría mujeres— se contorsionaban y echaban espuma por la boca. Éstos eran amontonados rápidamente frente al altar y dejados allí para que se agitasen como pescados recién atrapados. Boone apuntó con su cigarro a una pelirroja delgada, de unos cuarenta años, cuyo vestido estaba lastimosamente rasgado por sus contorsiones.

—¿Ven esa mujer? Desde hace más de un año no pasa un servicio sin ser poseída por el Espíritu. A veces el Arcángel Foster utiliza su boca para hablarnos…, y cuando sucede eso se necesitan cuatro acólitos corpulentos para sujetarla. Subirá al cielo de un momento a otro; está preparada. Pero es necesaria aquí. ¿Alguien quiere otra copa? El servicio del bar funciona un poco más despacio cuando las cámaras empiezan a rodar y las cosas se vuelven agradables.

Mike dejó que le llenaran de nuevo el vaso. No compartía el disgusto de Jill frente a aquella escena. Se había sentido profundamente turbado cuando descubrió que el «Anciano» no era ningún Anciano sino mera comida desperdiciada, y que no había ningún Anciano cerca. Pero dejó el asunto a un lado y ahora se dedicaba a beber profundamente de los acontecimientos que se producían a su alrededor.

El frenesí que se desarrollaba abajo era tan marciano en su aroma que se sintió a la vez nostálgico y cálidamente como en casa. Ningún detalle de la escena era marciano, todo era alocadamente distinto; sin embargo, asimilaba correctamente que allí había un acercamiento tan real como la ceremonia del agua, y en un número e intensidad como nunca había encontrado antes fuera de su propio nido. Deseaba desesperadamente que alguien le invitase a participar en aquella danza y aquellos saltos. Sus pies hormigueaban con la urgencia de mezclarse con los bailarines.

Divisó de nuevo a la señorita Dawn Ardent en la vanguardia de la serpiente e intentó llamar su atención; tal vez ella le invitaría. No tuvo que reconocerla por su tamaño y proporciones, aunque había observado cuando la vio por primera vez que era exactamente igual de alta que su hermano Jill, con casi las mismas masas distribuidas de la misma forma. Pero la señorita Dawn Ardent poseía una cara propia, con sus penas y sus tristezas y sus sufrimientos fundiéndose bajo su cálida sonrisa. Se preguntó si, algún día, la señorita Dawn Ardent estaría dispuesta a compartir el agua con él y así acercarse. El senador obispo Boone le hacía sentirse receloso, y se alegraba de que Jubal no le hubiese permitido sentarse a su lado. Pero Mike lamentaba que se hubiese despedido de allí a la señorita Dawn Ardent.

La señorita Dawn Ardent no pareció darse cuenta de que la estaba mirando. La danza de la serpiente se la llevó lejos.

El hombre en la plataforma levantó ambos brazos; la gran sala se acalló. Bruscamente, el presbítero bajó las manos.

—¿Quién es feliz?

—¡Nosotros somos felices!

—¿Por qué?

—¡Dios nos ama!

—¿Cómo lo sabéis?

—¡Foster nos lo ha dicho!

El hombre en el escenario cayó de rodillas y alzó un apretado puño.

—¡Oigamos el rugido de ese león!

La congregación rugió y chilló y gritó, mientras el sacerdote controlaba el tumulto utilizando el brazo como si fuera una batuta, aumentando el volumen, disminuyéndolo, convirtiéndolo en un gemido subvocal y luego levantándolo en un crescendo que sacudió la platea. Mike sintió el ritmo sobre él y se sumergió en él, en un éxtasis tan doloroso que temió verse obligado a retraerse. Pero Jill le había dicho que no debía hacerlo excepto en la intimidad de su habitación; controló sus impulsos y dejó que las oleadas pasaran por encima de él.

El presbítero se levantó.

—Nuestro primer himno —dijo enérgicamente— está patrocinado por la firma Panaderías del Maná, fabricantes del Pan de Ángel, la hogaza del amor, con el sonriente rostro de nuestro obispo supremo en cada envoltura y un valioso cupón en su interior, con premios que podéis recoger en el templo de la Iglesia de la Nueva Revelación más próximo a vuestro domicilio. Hermanos y hermanas, las Panaderías del Maná, con sucursales en todo el mundo, iniciarán mañana una promoción gigantesca de ventas a precios muy rebajados de sus dulces preequinocciales. Enviad a vuestros hijos al colegio mañana con un abultado paquete de galletas del Arcángel Foster, cada una de las cuales está bendecida y envuelta en el texto apropiado, y rogad para que todo dulce que regalen sirva para acercar a la luz a un hijo de pecadores.