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»Y, ahora, regocijémonos con las sagradas palabras de ese viejo himno favorito: «¡Adelante, hijos de Foster!» Todos a la vez…

— ¡Adelante, hijos de Fos…ter! ¡Destrozad a vuestros enemigos…! ¡La fe es nuestro escudo y arma…dura! ¡Fila tras fila hay que abatirlos…!

—¡Segundo verso!

— ¡Que no haya paz para el peca…dor! ¡Dios está de nuestro lado!

Mike se sentía tan jubiloso que ni siquiera se detuvo a traducir y sopesar e intentar asimilar las palabras. Asimilaba que las palabras en sí no eran la esencia; se trataba del acercamiento. La danza de la serpiente empezó a avanzar de nuevo, los bailarines entonaron su poderoso canto, al que se unieron las voces del coro y de los que estaban demasiado débiles para acompañarles.

Después del himno, contuvieron el aliento mientras llegaban los anuncios comerciales, los mensajes celestiales, más anuncios comerciales, y la adjudicación de los premios por sorteo según el número de las entradas. Luego un segundo himno: «Alzad los rostros felices», patrocinado por los Almacenes Dattelbaum's, donde los Salvados podían «Comprar con Seguridad», puesto que no se ofrecía ninguna mercancía que no estuviese garantizada por su correspondiente marca autorizada, y donde había una guardería «Sala Feliz» en cada sucursal, bajo la supervisión de una hermana Salvada.

El joven sacerdote avanzó hasta el borde delantero de la plataforma y se llevó las manos a los oídos, escuchando…

—¡Queremos… a… Digby!

—¿A quién?

—¡Queremos… a… DIGBY!

—¡Más alto! ¡Haced que él os oiga!

—¡Queremos… a… Dig… by! —clap, clap, tump, tump—. ¡Queremos… a… Dig… by! —clap, clap, tump, tump…

Siguió y siguió, más fuerte cada vez, hasta que todo el edificio se estremeció a su ritmo. Jubal se inclinó hacia Boone y dijo:

—Si siguen así mucho rato, lograrán lo mismo que Sansón.

—No hay cuidado —repuso Boone, sin quitarse el cigarro de la boca—. El edificio está reforzado, es a prueba de incendios y se halla sustentado por la fe. Además, lo construyeron también a prueba de vibraciones; fue diseñado así. Ayuda.

Las luces se apagaron, se abrió un telón detrás del altar, y un deslumbrante resplandor sin ninguna fuente visible se proyectó sobre el obispo supremo, que agitó las manos entrelazadas por encima de la cabeza y sonrió al auditorio.

Correspondieron a su saludo con un rugido de león y le lanzaron besos. En su camino al púlpito el obispo supremo se detuvo, levantó a medias a una de las mujeres posesas que aún se retorcía despacio cerca del altar, la besó en la frente, volvió a depositarla con suavidad en el suelo, reanudó la marcha…, para detenerse y arrodillarse un poco más allá junto a la huesuda pelirroja. El obispo supremo tendió la mano hacia atrás y depositaron en ella un micrófono.

Digby pasó su otro brazo alrededor de los hombros de la mujer y colocó el micrófono cerca de sus labios.

Mike no pudo entender sus palabras. Fueran las que fuesen, estaba razonablemente seguro de que no habían sido pronunciadas en inglés.

Pero el obispo supremo las tradujo, aprovechando las espumantes pausas de la mujer.

—El Arcángel Foster está hoy con nosotros… Está especialmente complacido con vosotros. Besad a la hermana de vuestra derecha… El Arcángel Foster os ama a todos. Besad a la hermana de vuestra izquierda… Hoy tiene un mensaje especial para cada uno de vosotros.

La mujer volvió a decir algo; Digby pareció titubear.

—¿Qué fue eso? Más alto, te lo ruego —la mujer murmuró y chilló largo rato.

Digby alzó la vista y sonrió.

—Su mensaje es para un peregrino de otro planeta: Valentine Michael Smith, el Hombre de Marte. ¿Dónde estás, Valentine Michael? ¡Ponte en pie!

Jill trató de impedírselo, pero Jubal gruñó:

—Tranquila, no trate de retenerle. Déjele que se levante, Jill. Salude con el brazo, Mike. Muy bien. Ya puede sentarse.

Mike hizo todo lo indicado, sorprendido al oír que ahora todos estaban cantando: «¡Hombre de Marte! ¡Hombre de Marte!»

El sermón que siguió también parecía dirigido a él, pero por mucho que lo intentó no pudo entenderlo. Las palabras eran en inglés, o al menos la mayor parte de ellas; pero parecían haber sido ensambladas de una forma equivocada y había tanto ruido, tantos aplausos y tantos gritos de «¡Aleluya!» y «¡Feliz Día!», que la confusión se apoderó de él.

Tan pronto como terminó el sermón, Digby devolvió el servicio religioso al joven presbítero y se marchó; Boone se puso en pie.

—Vamos, amigos. Nos iremos ahora, antes de la muchedumbre.

Mike le siguió, con Jill cogiéndole de la mano. Avanzaron por un túnel elaboradamente abovedado, con el ruido de la gente muy a sus espaldas.

—¿Desemboca esto en la zona de aparcamiento? Le dije al conductor que esperase.

—¿Eh? —murmuró Boone—. Sí, sale allí si avanza recto. Pero primero vamos a ver al obispo supremo.

—¿Qué? —respondió Jubal—. No, no creo que podamos. Ya es hora de volver a casa.

Boone se le quedó mirando fijamente.

—Doctor, no lo dirá en serio. El obispo supremo nos aguarda en estos momentos. Debe presentarle usted sus respetos. Son sus invitados.

Jubal dudó, luego transigió.

—Bien… Espero que no haya otra auténtica multitud. Este muchacho ya ha tenido bastante excitación por un día.

—No, sólo el obispo supremo. Desea verles en privado.

Les condujo a un pequeño ascensor disimulado en la decoración del túnel; unos momentos más tarde esperaban en la sala de estar de los aposentos privados de Digby.

Se abrió una puerta, y el obispo Digby entró apresuradamente. Se había quitado sus ropas anteriores y llevaba una túnica de amplio vuelo. Les sonrió a todos.

—Lamento haberles hecho esperar, amigos… Tuve que ducharme apenas salir del Santuario. No saben los sudores que le producen a uno el aguijonear a Satanás y mantenerlo a raya. ¿Así que éste es el Hombre de Marte? Que Dios te bendiga, hijo. Bienvenido a la Casa del Señor. El Arcángel Foster desea que te encuentres a gusto. Ha estado observándote.

Mike no respondió. A Jubal le había sorprendido comprobar lo bajo que era el obispo supremo. ¿Llevaba suelas gruesas en los zapatos cuando subía al escenario? ¿O era la iluminación? Aparte la perilla de chivo —que lucía a imitación del difunto Foster—, el hombre le recordaba a un vendedor de coches usados: la misma sonrisa fácil, e idénticos modales cálidos y sinceros. Pero también le recordaba a alguien más, a alguien… ¡Por supuesto! Al «Profesor» Simón Magus, el hacía tiempo difunto esposo de Becky Vesey. Al instante, Jubal se relajó un poco y se sintió más amistoso hacia el clérigo. Simón había sido el truhán más simpático que jamás hubiera conocido…

Digby volvió su encantadora sonrisa hacia Jill.

—No te arrodilles, hija; aquí no somos más que amigos en una entrevista privada —intercambió unas cuantas palabras con ella, sobresaltándola con un sorprendente conocimiento de su pasado y añadiendo encarecidamente—. Siento un profundo respeto hacia tu vocación, hija. Según las benditas palabras del Arcángel Foster, Dios nos ordena administrar el cuerpo a fin de que el alma pueda buscar la luz sin sentirse turbada por las debilidades de la carne. Ya sé que todavía no eres una de nosotros…, pero tu servicio está bendecido por el Señor. Somos compañeros de viaje en la carretera que lleva al Cielo.

Se volvió hacia Jubal.

—Y usted también, doctor. El Arcángel Foster dejó dicho que Dios nos pide que seamos felices…, y en más de una ocasión he abandonado mi tarea, mortalmente cansado, y disfrutado de una hora inocente y feliz leyendo alguna de sus historias…, para levantarme reanimado, listo para volver a emprender la lucha.