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—¡Oh, no!

—Oh, sí. Hitler empezó con menos, y todo lo que tenía para cambalachear era odio. El odio siempre se vende bien, pero, a base de repetirla comercialmente, la felicidad demuestra ser una mercancía más sólida. Créame, lo sé; pertenezco al mismo gremio…, como Digby me recordó muy bien —Jubal esbozó una mueca—. Debí haberle hurgado un poco. En vez de eso, dejé que me cayera simpático. Por eso le temo. Es bueno en ello, es astuto. Sabe lo que la gente quiere: felicidad. El mundo ha sufrido un largo y oscuro siglo de culpabilidad y de miedo, y ahora Digby les dice que no tienen nada que temer, ni en esta vida ni en la futura, y que Dios les ordena que amen y sean felices. Un día sí y otro también, insiste, y no deja de martillearlo: no tengáis miedo, sed felices.

—Bueno, esa parte está muy bien —aceptó Jill—, y admito que el hombre lo trabaja a fondo. Pero…

—¡Tonterías! Juega a fondo, en todo caso.

—No, a mí me dio la impresión de que realmente está dedicado a su trabajo, que lo ha sacrificado todo a…

—¡Tonterías!, he dicho. Mire, Jilclass="underline" de todas las estupideces que contorsionan el mundo, el concepto de «altruismo» es la peor. La gente hace lo que quiere hacer, siempre. Si a veces les produce dolor elegir…, si la elección parece un «noble sacrificio», entonces puede estar segura de que, pese a todo, no es más noble que la aflicción causada por la codicia, la desagradable necesidad de elegir entre dos cosas cuando las dos te gustan y no puedes obtenerlas ambas. El individuo corriente sufre esa aflicción cada día, cada vez que tiene que elegir entre gastarse un dólar en cerveza o guardarlo para sus hijos, entre levantarse cuando está cansado o pasar el día en su caliente cama y perder el empleo. No importa lo que haga, siempre escoge lo que le lastima menos o le complace más.

»El individuo medio pasa toda su vida atormentado por esas pequeñas decisiones. Pero el auténtico truhán y el perfecto santo efectúan las mismas elecciones a gran escala. Como Digby hizo. Santo o truhán, no es uno de los tipos medios.

—¿Qué cree que es, Jubal?

—¿Quiere decir que hay alguna diferencia?

—¡Oh, Jubal, su cinismo es una postura, y usted lo sabe! Claro que hay una diferencia.

—Hum. Sí, tiene razón, creo que sí. Confío en que sea simplemente un truhán, porque un santo podría ocasionar un daño diez veces mayor. Anote esto: usted lo etiquetaría como «cinismo», como si con el hecho de etiquetarlo demostrara que es un error. Jill, ¿qué fue lo que le preocupó de esos servicios religiosos?

—Todo. No irá a decirme que eso es un culto.

—¿Lo cual significa que no hacen las cosas igual que en la Pequeña Iglesia de Ladrillos Rojos del Centro del Valle, a la que asistía usted cuando niña? Tranquilícese, Jill; tampoco las hacen de ese modo ni en San Pedro. Ni en La Meca.

—Sí, pero… Bueno, ¡nadie las hace tampoco así! Danzas serpenteantes, máquinas tragaperras…, ¡incluso un bar en medio de una iglesia! Eso no es reverente, ¡ni siquiera es digno! Sólo asqueroso.

—Supongo que la prostitución en el templo tampoco era una cosa muy digna.

—¿Eh?

—Yo imaginaba más bien que la bestia de dos cabezas era algo igual de trillado y cómico cuando el acto se realizaba al servicio de un dios que en cualquier otra circunstancia. En cuanto a las danzas de la serpiente, ¿ha visto alguna vez un servicio religioso de los shakers? No, por supuesto que no, y yo tampoco; cualquier Iglesia que esté absolutamente en contra de las relaciones sexuales de todo el mundo (como ellos), no dura mucho. Pero bailar a mayor gloria de Dios es algo que cuenta con una larga y respetada historia. No es imprescindible que sea una danza artística; según los informes de los testigos oculares, los shakers nunca hubieran podido crear el Bolshoi… Basta con derrochar entusiasmo. ¿Considera irreverentes las antiguas danzas indias de la lluvia, de nuestro sudoeste?

—No, pero eso es distinto.

—Todo lo es, siempre… Y, cuanto más cambia, más idéntico es. Ahora, respecto a las máquinas tragaperras… ¿No ha asistido nunca a un bingo en una iglesia?

—Bueno…, sí. Los feligreses de nuestra parroquia solían organizar sesiones de bingo para pagar la hipoteca. Pero sólo los viernes por la noche; nunca durante los oficios.

—¿De veras? Eso me recuerda el caso de una mujer casada, que se enorgullecía de su virtud: sólo se acostaba con otros hombres cuando su marido estaba ausente.

—¡Oh! ¡Jubal, los dos casos son completamente distintos!

—Es probable. La analogía siempre es más escurridiza que la lógica. Pero, mi querida «damita»…

—¡No me llame así!

—Era una broma. ¿Por qué no le escupió en la cara? Él tenía que mantenerse de buen humor, no importaba lo que nosotros hiciéramos; Digby lo deseaba así. Pero… Jill, si algo es pecaminoso en domingo, también es pecaminoso en viernes. Al menos así lo asimila alguien desde fuera, como yo…, o quizá un hombre de Marte. La única diferencia que puedo ver es que los fosteritas entregan, absolutamente gratis, un texto de las Escrituras, aunque el jugador pierda. ¿Sus partidas de bingo pueden alegar lo mismo?

—Falsas Escrituras, querrá decir. Un texto de la Nueva Revelación. ¿Los ha leído, jefe?

—Los he leído.

—Entonces ya lo sabe. Los textos están redactados en lenguaje bíblico. En su mayor parte son simplemente dulces pero sin sustancia, como una tableta de sacarina; pero casi todos son puras tonterías…, y algunos incluso son odiosos. Ninguno tiene sentido, ni siquiera moralidad.

Jubal guardó silencio durante tanto rato que Jill pensó que se había quedado dormido. Por último dijo:

—Jill, ¿está usted familiarizada con los escritos sagrados hindúes?

—Me temo que no.

—¿Sabe algo del Corán? ¿O de algunas otras escrituras importantes? Podría ilustrarla acerca de mi punto de vista respecto de la Biblia, pero no deseo herir sus sentimientos.

—Oh, me temo que no soy exactamente del tipo erudito, Jubal. Siga adelante; no herirá mis sentimientos.

—Bueno, entonces me atendré al Antiguo Testamento, escogiendo fragmentos que normalmente no escandalizan a la gente. ¿Conoce la historia de Sodoma y Gomorra? ¿Y de cómo Lot fue salvado de esas ciudades abominables poco antes de que Yahvé las arrasara con un par de bombas atómicas celestiales?

—Oh, sí, por supuesto. Su esposa quedó convertida en estatua de sal.

—Atrapada por la precipitación radiactiva, quizá. Se demoró y miró hacia atrás. Siempre me pareció un castigo demasiado duro por el pecadillo de la curiosidad femenina. Pero hablábamos de Lot. San Pedro lo describe como un hombre justo, temeroso de Dios y recto en su conducta, exasperado ante la grosera forma de hablar de los inicuos. Creo que debemos estipular que San Pedro era una autoridad en lo que a virtud se refiere, puesto que le fueron entregadas las llaves del Reino de los Cielos. Pero si uno busca las únicas referencias a Lot en el Antiguo Testamento, resulta difícil determinar exactamente qué hizo o no hizo para establecerse como ejemplo a seguir.

»Repartió unos pastos a sugerencia de su hermano. Fue capturado en una batalla. Salió de la ciudad a tiempo para salvar su pellejo. Bueno, albergó y dio de comer a dos desconocidos, pero su conducta indica que sabía que eran personas de importancia, supiera o no que eran ángeles. Y, de acuerdo con el Corán y con mis propias luces, su hospitalidad hubiera tenido más valor si hubiera creído que se trataba de simples mendigos sin importancia, necesitados de un poco de pan y cobijo. Aparte esos detalles y la referencia de San Pedro sobre el personaje, sólo hay una cosa que hizo Lot mencionada en la Biblia sobre la cual pueda juzgarse su virtud. Una virtud tan grande, no lo olvide, como para que una intercesión divina salvara su vida. Eche un vistazo al capítulo diecinueve del Génesis, versículo ocho.