—Entonces tendré que convertir a una de ellas.
—¿Por qué sólo a una? Todavía quedan sitios en el mundo donde puede cubrir usted su cupo.
—No, amigo mío. Según las sabias palabras del Profeta, si bien la legislación permite cuatro, es imposible para un hombre llevar una vida tranquila si hay más de una.
—Eso es un alivio. ¿A cuál elige?
—Tendremos que verlo. Maryam, ¿se considera usted espiritual?
—¡Váyase al diablo! «Huríes», ¡ja!
—¿Jill?
—Déme un respiro —protestó Ben—. Todavía estoy trabajando con Jill.
—De acuerdo; más adelante, Jill. ¿Anne?
—Lo siento. Tengo una cita.
—¿Dorcas? Es usted mi última oportunidad.
—Stinky —dijo ella en voz muy baja—, ¿exactamente cuánta espiritualidad desea que experimente?
Cuando Mike entró en la casa, subió directamente la escalera, entró en su cuarto, cerró la puerta, se tendió en la cama, adoptó la postura fetal, puso los ojos en blanco, se tragó la lengua y redujo su ritmo cardíaco a casi nada. Sabía que a Jill no le gustaba que hiciese aquello durante el día, pero no ponía objeciones siempre que se abstuviese de hacerlo en público. Eran muchas las cosas que no debía hacer en público, pero sólo aquélla despertaba las iras de Jill. Había estado aguardando poder hacerlo desde que abandonara aquella estancia de terrible incorrección; necesitaba desesperadamente retraerse y tratar de asimilar.
Porque había hecho algo que Jill le había dicho que no hiciera jamás.
Experimentaba una urgencia —muy humana— de decirse que se había visto obligado por las circunstancias, que no había sido culpa suya; pero su formación marciana no le permitía esta fácil vía de escape. Había llegado a un punto crítico culminante donde se había hecho necesaria una acción apropiada, y la elección había sido suya. Asimilaba que había elegido de un modo correcto, aunque su hermano de agua Jill le había prohibido aquella elección. Pero no le había quedado otra alternativa. Esto, en sí mismo, era una contradicción: ante un punto crítico culminante, la elección es algo imprescindible. Mediante la elección, el espíritu crece.
Consideró la posibilidad de que Jill hubiera aprobado que procediese de otro modo, sin desperdiciar alimento. No…, asimiló que la prohibición cubría también aquella variante.
En este punto, el ser brotado de los genes humanos, modelados por el pensamiento marciano, y que nunca podría ser ninguna de las dos cosas, completó un estadio de crecimiento, eclosionó y dejó de ser un polluelo. El solitario aislamiento de la libre voluntad predestinada fue entonces suyo, y con él la serenidad marciana para abrazarla, fomentarla, saborear su amargura y aceptar sus consecuencias. Supo con trágica alegría que aquel punto crítico culminante era suyo, no de Jill. Su hermano de agua podía enseñarle, reprenderle, guiarle…, pero la elección en un punto crítico culminante no se compartía. Era una «propiedad» más allá de toda posible transferencia, donación o hipoteca; propietario y propiedad se asimilaban mutua e inseparablemente. Él era eternamente la acción que había ejecutado en el punto crítico culminante.
Ahora que sabía que él era su propio yo, era libre de asimilar a sus hermanos de un modo más cercano, de fundirse sin obstáculos. La autointegridad era, es y siempre había sido. Mike dejó de albergar a todos los yoes de sus hermanos, los muchos treses colmados en Marte, tanto corpóreos como descorporizados, los pocos y preciosos de la Tierra. Incluso a los aún desconocidos poderes de los treses en la Tierra con los que podría fusionarse y a los que podría albergar ahora, después de la larga espera dedicada a asimilar y a fomentarse a sí mismo.
Mike siguió en su trance; había mucho que asimilar, numerosos cabos sueltos y fragmentos y piezas que debían encajarse en su esquema de crecimiento…, todo lo que había visto, oído y experimentado en el Tabernáculo del Arcángel Foster —no sólo el punto crítico culminante, cuando Digby y él estuvieron a solas, cara a cara—: por qué el obispo senador Boone había despertado sus recelos e intranquilidad sin llegar a asustarle, por qué la señorita Dawn Ardent tenía el sabor de un hermano de agua sin serlo, la textura y el olor de la bondad que había asimilado de modo incompleto en aquellos saltos arriba y abajo y en los cánticos como lamentos… La charla de Jubal que había almacenado mientras iban y venían…
Las palabras de Jubal le turbaron más que los otros detalles; las estudió con gran cuidado, las comparó con lo que le había sido enseñado como polluelo, haciendo un gran esfuerzo por tender un puente entre las dos lenguas, aquella con la que pensaba y aquella otra en la que ahora hablaba y estaba aprendiendo gradualmente a pensar para ciertos propósitos. La palabra humana «Iglesia», que se repetía una y otra vez en las frases de Jubal, era lo que le proporcionaba las mayores dificultades. No existía ningún concepto marciano de ningún tipo que encajara con ella, a menos que uno tomase «Iglesia» y «culto» y «Dios» y «congregación» y muchas otras palabras y las refundiese a la totalidad de la única palabra que había conocido durante la mayor parte de su crecimiento-espera. Luego volvió a resumir torpemente el concepto en inglés en aquella frase que había sido rechazada (pero de forma distinta por cada uno de ellos) por Jubal, por Mahmoud, por Digby.
«Tú eres Dios». Ahora estaba más cerca de comprenderla en inglés, aunque el significado nunca tendría la cristalina inevitabilidad del concepto marciano que encarnaba. Pronunció de forma simultánea en su mente la frase inglesa y la palabra marciana, y se sintió próximo a la asimilación. Repitiéndolas como un estudiante que se dice a sí mismo que la gema está en el loto, se sumergió sin turbaciones en el nirvana.
Poco antes de medianoche aceleró el ritmo cardiaco, reanudó la respiración normal, revisó su lista de comprobación de ingeniería, comprobó que todo estaba en orden, se desenrolló y se sentó. Se había sentido espiritualmente exhausto; ahora se sentía ligero y alegre y con la cabeza despejada, ansioso por llevar a cabo las múltiples acciones que veía desplegarse ante él.
Sintió la necesidad de compañía propia de un cachorrillo, de modo casi tan fuerte como su anterior necesidad de quietud. Salió al pasillo superior, y se sintió encantado al tropezar con una de sus hermanos de agua.
—¡Hola!
—Oh. Hola, Mike. Dios mío, tiene un aspecto magnífico.
—¡Me siento estupendamente! ¿Dónde están los demás?
—Todos durmiendo, excepto usted y yo…, así que mantenga baja la voz. Ben y Stinky se marcharon a sus casas hace una hora, y la gente empezó a retirarse a sus cuartos.
—¡Oh! —Mike se sintió ligeramente decepcionado de que Mahmoud se hubiese ido; deseaba explicarle su nueva asimilación. Pero lo haría la próxima vez que lo viera.
—Yo también debería estar durmiendo, pero noté un vacío en el estómago. ¿Tiene usted hambre?
—¿Yo? ¡Claro que tengo hambre!
—Por supuesto. Tiene que estar hambriento, se saltó la cena. Venga conmigo. Sé dónde hay un poco de pollo frío, y veremos qué otras cosas hay —descendieron a la planta baja y cargaron una bandeja con prodigalidad—. Llevemos esto fuera. Hace bastante calor.
—Es una idea excelente —asintió Mike.
—Hace el suficiente calor como para nadar un poco si queremos…, es un auténtico verano indio. Encenderé las luces.
—No se moleste —dijo Mike—. Yo llevaré la bandeja. Puedo ver.
Podía ver, como todos sabían, en una oscuridad casi total. Jubal había dicho que aquella excepcional visión nocturna procedía seguramente de las condiciones en las que había crecido, y Mike asimiló que eso era cierto, pero asimiló también que había algo más: sus padres adoptivos le habían enseñado a ver. En cuanto a que la noche fuera cálida, se hubiera sentido igual de cómodo desnudo en la cima del monte Everest, pero sabía que sus hermanos de agua tenían muy poca tolerancia orgánica a los cambios de temperatura y presión. Siempre se mostraba considerado hacia sus debilidades, una vez las había averiguado. Pero estaba ansioso de que llegara la nieve…, deseaba ver por sí mismo que cada diminuto cristal de agua de vida era algo único, individual, como había leído; deseaba caminar descalzo por ella, rodar por encima de la nieve.