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Pero por el momento se sentía igualmente complacido con la inoportunamente cálida noche de otoño y con la aún más placentera compañía de su hermano de agua.

—Está bien, usted lleve la bandeja. Encenderé las luces subacuáticas. Nos proporcionarán suficiente claridad para comer.

—Estupendo.

A Mike le gustaba que la luz brotara por entre las ondulaciones del agua; era algo correcto, una belleza, aunque él no lo necesitara. Comieron junto a la piscina, luego se tendieron boca arriba sobre la hierba y contemplaron las estrellas.

—Mike, ahí está Marte. Es Marte, ¿no? ¿O es Antares?

—Es Marte.

—Mike, ¿qué hacen en Marte?

Titubeó largo rato; la pregunta era excesivamente amplia para que su respuesta pudiera resumirse en el escaso idioma humano.

—En este lado hacia el horizonte, el hemisferio sur, es primavera; se enseña a las plantas a crecer.

—¿Se enseña a las plantas a crecer?

Mike vaciló, sólo ligeramente.

—Larry enseña a las plantas a crecer cada día. Yo le he ayudado. Pero mi pueblo…, los marcianos, quiero decir; ahora asimilo que ustedes son mi pueblo…, los marcianos enseñan a las plantas de otra manera. En el otro hemisferio hace cada vez más frío y las ninfas, las que han sobrevivido al verano, son conducidas a los nidos para acelerar su crecimiento —reflexionó—. De los seres humanos que dejamos en el ecuador, uno se ha descorporizado y los otros están tristes.

—Sí, lo oí en las noticias.

Mike no lo había oído en las noticias; no lo había sabido hasta ser preguntado.

—No deberían estar tristes. El señor Booker T. W. Jones, técnico de alimentos de primera, no está triste; los Ancianos han cuidado de él.

—¿Le conocía?

—Sí. Tenía su propio rostro, moreno y hermoso. Pero sentía nostalgia.

—¡Oh, querido! Mike…, ¿siente usted nostalgia? De Marte, quiero decir.

—Al principio sí —respondió con sinceridad—. Siempre me sentía solitario… —rodó hacia ella y la tomó en sus brazos—. Pero ahora ya no me siento solitario. Asimilo que nunca volveré a sentirme solitario de nuevo.

—Mike, querido…

Se besaron, y siguieron besándose. Finalmente, su hermano de agua dijo, casi sin aliento:

—¡Oh, Dios mío! Ha sido casi peor que la primera vez.

—¿Se encuentra bien, hermano?

—Sí. Verdaderamente bien. Béseme de nuevo.

Bastante tiempo más tarde, según el reloj cósmico, ella dijo:

—Mike, ¿acaso…? Quiero decir, ¿sabe…?

—Lo sé. Es para acercarse más. Ahora nos acercamos.

—Bien…, estoy dispuesta desde hace tiempo…, todas lo estamos, pero… no importa, querido; vuélvase un poco. Eso ayudará.

Cuando se fusionaron, asimilando juntos, Mike anunció en voz baja y triunfaclass="underline"

—Usted es Dios.

La respuesta de ella no fue en palabras. Luego, cuando su asimilación mutua se hizo aún más cercana y Mike se creyó a punto de descorporizarse, la voz de ella le devolvió a la realidad.

—¡Oh!… ¡Oh! ¡Usted es Dios…!

—Asimilamos Dios.

25

En Marte, la pequeña avanzadilla humana construía domos de presión semienterrados para el grupo mayor de hombres y mujeres que llegaría con la siguiente nave. Este trabajo se realizó mucho más rápido de lo previsto originalmente, ya que los marcianos se mostraron colaboradores no críticos. Parte del tiempo que se adelantó fue empleado en preparar una estimación preliminar de un proyecto a muy largo plazo para liberar el oxígeno atrapado en las arenas de Marte y convertir el planeta en un territorio más acogedor para las futuras generaciones humanas.

Los Ancianos ni cooperaron ni pusieron trabas a esos planes humanos a largo plazo; todavía no era el momento oportuno. Sus propias mediciones se acercaban a un violento punto crítico culminante, que controlaría el arte marciano durante muchos milenios. En la Tierra, las elecciones continuaban como siempre, y un poeta muy de vanguardia publicó una edición limitada de versos, que consistían enteramente en signos de puntuación y espacios en blanco; la revista Time hizo la crítica del libro, y sugirió que las Actas de la Asamblea de la Federación podían ser provechosamente traducidas a ese sistema. El poeta fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Chicago, cosa que hizo vestido formalmente de etiqueta, pero sin llevar ni pantalones ni zapatos.

Se abrió una campaña publicitaria colosal para promover la venta de órganos sexuales de plantas para uso humano, y se divulgó que la señora de Joseph Douglas («Sombra de grandeza») había declarado al respecto: «Antes me sentaría a una mesa sin servilletas que a una mesa sin flores». Un swami tibetano de Palermo, Sicilia, anunció en Beverly Hills el reciente descubrimiento de una antigua disciplina yoga de respiración que aumentaba tanto el pranha como la atracción cósmica entre los sexos. Se pidió a sus novicios que adoptaran la postura matsyendra vestidos con pañales de lienzo tejido a mano mientras el swami leía en voz alta himnos del Rig-Veda y un ayudante gurú examinaba en otro cuarto los bolsillos de los pupilos. Nada era robado nunca de esos bolsillos; la finalidad era menos inmediata.

El presidente de Estados Unidos proclamó «Día Nacional de las Abuelas» el primer domingo de noviembre, y animó a los nietos norteamericanos a que lo dijesen con flores. Una cadena de establecimientos de pompas fúnebres fue procesada por rebajar sus tarifas y reventar precios de forma desleal. Los obispos fosteritas, tras un cónclave secreto, anunciaron el segundo Gran Milagro de su Iglesia: el obispo supremo Digby había sido trasladado en cuerpo y alma al Cielo y ascendido a arcángel, alineándose junto —pero inmediatamente después— al Arcángel Foster. La gloriosa noticia fue mantenida en reserva mientras llegaba la confirmación celestial de la elevación de un nuevo obispo supremo, Huey Short…, un candidato de compromiso aceptado por la facción de Boone, después de echar a suertes repetidamente las papeletas.

L'Unita y Hoy publicaron idénticas denuncias doctrinarias a la elevación de Short; L'Osservatore Romano y el Christian Science Monitor la ignoraron; el Times of India se burló de ella en su editorial, y el Manchester Guardian se limitó a informar de ello, sin comentarios; la congregación fosterita en Inglaterra era pequeña pero extremadamente militante.

Digby no se sintió complacido con esa promoción. El Hombre de Marte le había interrumpido cuando tenía su trabajo a medio terminar…, y con toda seguridad aquel estúpido borrico de Short lo iba a malograr todo. Foster le escuchó con angélica paciencia hasta que Digby se hubo desahogado por completo; luego le dijo:

—Escucha, hijo, ahora eres un ángel…, así que olvídalo. La eternidad no es momento para las recriminaciones. También tú fuiste un estúpido borrico hasta que me envenenaste. A partir de entonces te las arreglaste bastante bien. Ahora que Short es obispo supremo, también se las arreglará bastante bien, no puede evitarlo. Lo mismo ocurre con los papas. Algunos de ellos no son más que un grano en el culo hasta que son promocionados. Habla con alguno de ellos, sigue adelante…, recuerda que aquí no existen las envidias profesionales.