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Así, los espectadores apenas se daban cuenta cuando los seis huevos se convertían en cinco, luego en cuatro…, tres…, dos…, hasta que finalmente el Doctor Apolo lanzaba uno al aire, aún con las mangas subidas y con una expresión de desconcierto en su rostro.

—Los huevos escasean cada vez más de un año para otro —decía finalmente, al tiempo que arrojaba aquel último huevo por encima de las cabezas de los espectadores que estaban más cerca de la plataforma hacia un hombre en la parte de atrás de la audiencia—. ¡Agárrelo!

Se daba la vuelta, y no parecía darse cuenta de que el huevo nunca llegaba a su destino.

El Doctor Apolo realizaba varios trucos más, exhibiendo siempre aquella expresión ligeramente desconcertada y con la misma actitud indiferente. En una ocasión pidió a un muchacho que se acercara a la plataforma.

—Hijo, sé lo que estás pensando. Crees que no soy un auténtico mago. ¡Y tienes razón! Sólo por eso te has ganado un dólar —ofreció al muchacho un billete de un dólar. El billete desapareció.

El mago pareció apenado.

—¿Lo has dejado caer? Bien, entonces agarra fuerte este otro.

Un segundo billete desapareció.

—¡Oh, querido! Te concederé otra oportunidad. Usa las dos manos. ¿Lo tienes? Entonces será mejor que salgas de aquí enseguida con él; ya deberías estar en la cama a estas horas —el chico salió disparado con el dinero, y el mago se volvió y pareció de nuevo desconcertado—. Madame Merlín, ¿qué tenemos que hacer ahora?

Su atractiva ayudante se acercó a él, le hizo bajar la cabeza y le susurró algo al oído. Él negó con la cabeza.

—No, no delante de todo este distinguido público.

Ella le susurró de nuevo; él pareció inquieto.

—Lo siento, amigos, pero madame Merlín insiste en que quiere irse a la cama. ¿Algún caballero desea ayudarla?

Parpadeó ante la masa de voluntarios.

—Oh, sólo dos son necesarios. ¿Alguno de ustedes pertenece al Ejército?

El número de voluntarios seguía siendo excesivo; el Doctor Apolo escogió dos y dijo:

—Hay un camastro del Ejército debajo del extremo de la tarima, no tienen más que levantar la lona. Bien, ¿tienen la bondad de colocarla encima de la tarima? Madame Merlín, póngase de cara hacia aquí, por favor.

Mientras los dos hombres colocaban el camastro, el Doctor Apolo trazó pases en el aire en torno de su ayudante.

—Duerma…, duerma…, ahora está dormida. Amigos, se halla en un profundo trance. Ustedes dos, caballeros, que tan amablemente le han preparado la cama, ¿tendrán la bondad de acomodarla en ella? Que uno coja su cabeza y el otro sus pies. Con cuidado ahora.

Rígida como un cadáver, la muchacha fue trasladada al camastro.

—Gracias, caballeros. Pero no debemos dejarla sin cubrir, ¿verdad? Había una sábana por ahí, en alguna parte. Oh, ahí está… —el mago adelantó una mano, recuperó su varita de donde la había dejado suspendida en el aire, apuntó con ella a una mesita llena de cosas situada al otro extremo de la tarima; una sábana se separó de los objetos amontonados allí y acudió hacia él—. Simplemente extiendan esto sobre madame Merlín. Cúbranle la cabeza también; una dama no debe ser expuesta a las miradas del público mientras duerme. Ahora, si tienen la bondad de bajar de la tarima. ¡Estupendo! Madame Merlín, ¿puede oírme?

—Sí, Doctor Apolo.

—Está usted profundamente dormida. Ahora está descansando. Se siente ligera, mucho más ligera. Duerme sobre un lecho de nubes. Flota… —la figura cubierta por la sábana se elevó más o menos un palmo—. ¡Demonios! No tanto. No querríamos perderla.

Entre los espectadores, un muchacho que debía de estar a punto de cumplir la veintena explicó en un susurro audible:

—Ya no está bajo la sábana. Cuando le colocaron la sábana por encima bajó por una trampilla del suelo. Eso no es más que un armazón de alambre. Dentro de un minuto levantará la sábana y, cuando lo haga, el armazón se plegará y desaparecerá. Es sólo un truco…, cualquiera puede hacerlo.

El Doctor Apolo le ignoró y siguió hablando.

—Un poco más arriba, madame Merlín. Más arriba. Ahí…

La forma envuelta en la sábana quedó flotando a casi dos metros por encima de la tarima. El muchacho listo murmuró a sus amigos:

—Hay una fina varilla de acero, pero resulta difícil verla. Probablemente está en la esquina por donde cuelga la sábana y toca el camastro.

El doctor Apolo se volvió y pidió voluntarios para retirar el camastro y volver a colocarlo debajo de la plataforma.

Madame Merlín ya no lo necesita, duerme sobre nubes… —se volvió hacia la figura que flotaba en el aire e hizo como si estuviera escuchando—. ¿Qué? Más alto, por favor. ¿Oh? Madame Merlín dice que no desea la sábana…, es demasiado pesada.

—Ahora es cuando desaparece el armazón.

El mago dio un brusco tirón a una esquina de la sábana. La audiencia a duras penas se dio cuenta de que había desaparecido; todos miraban a madame Merlín, aún flotando, aún dormida a casi dos metros por encima de la plataforma. La tarima se hallaba en medio de la parte de atrás de la tienda, y la audiencia la rodeaba por todos lados. Un compañero del muchacho que lo sabía todo sobre magia preguntó:

—Bien, Speedy, ¿dónde está la varilla de acero?

—Tienes que mirar al sitio donde él no quiere que mires —respondió el muchacho, inseguro—. Por eso tienen esas luces puestas de tal modo que te dan directamente en los ojos.

—Ya basta de dormir, princesa encantada —indicó el Doctor Apolo—. Deme la mano. Despierte, ¡despierte!

Sujetó su mano, tiró de ella hasta ponerla en posición vertical y la ayudó a descender hasta la tarima.

—¿Os habéis dado cuenta? ¿Visteis dónde puso el pie? Ése es el punto de donde sale la varilla —y el muchacho añadió, satisfecho—. No es más que un truco de escenario.

El mago siguió hablando:

—Y ahora, queridos amigos, si tienen la amabilidad de prestar atención a nuestro docto conferenciante, el profesor Timoshenko…

El presentador intervino de inmediato:

—¡No se vayan! Por esta única actuación y sólo gracias a un acuerdo con el Consejo Universitario, y con el permiso del Departamento de Seguridad de esta maravillosa ciudad, ofrecemos este billete de veinte dólares a cualquiera de ustedes que…

La mayor parte de la atención se centró en la salida. Unos cuantos se entretuvieron aún un rato por allí, luego empezaron a marcharse cuando la mayor parte de las luces de la tienda principal fueron apagadas. Los fenómenos y otros artistas empezaron a empaquetar sus cosas y los mozos a desmontar. Había que coger el tren por la mañana, y las tiendas del personal seguirían en pie para que sus ocupantes durmiesen en ellas unas pocas horas, pero los mozos empezaron a soltar ya las estacas de la tienda principal.

Poco después, el presentador-propietario-gerente del espectáculo de aquella feria volvió a la tienda principal medio a oscuras, una vez hubo facilitado con la persuasión de costumbre la salida a los últimos clientes por la parte de atrás.

—Smitty, no te vayas. Tengo algo para ti —le tendió un sobre al mago, que el Doctor Apolo se metió en el bolsillo sin mirar, y añadió—. Chico, lamento tener que decírtelo…, pero tu esposa y tú no nos acompañaréis a Paducah.

—Lo sé.

—Bueno…, mira, no te lo tomes así, no se trata de nada personal…, pero tengo que pensar en el espectáculo. Os reemplazamos con un equipo de mentalistas. Hacen un acto de lectura de la mente que es algo impresionante; luego ella hace toda una exhibición de frenología que pone los pelos de punta mientras él actúa con la bola de cristal. Los necesitamos…, ya sabes que no te garanticé el empleo durante toda la temporada. Sólo estabais a prueba.