—Lo sé —admitió el mago—. Sabía que era hora de irnos. No hay rencor alguno por mi parte, Tim.
—Bien, me alegra que te lo tomes así —el presentador titubeó—. ¿Quieres un consejo, Smitty? Si no lo quieres, simplemente dilo.
—Me gustaría que me lo diera— dijo simplemente el mago.
—De acuerdo, tú lo has pedido. Smitty, tus trucos son buenos. Demonios, algunos de ellos me han dejado desconcertado incluso a mí. Pero los trucos buenos no bastan para convertirle a uno en mago. El problema es que no lo vives; no estás en ello. Te comportas como un auténtico hombre de circo: sólo te ocupas de tus cosas y no te metes en la actuación de nadie y eres útil si alguien te necesita. Pero no eres un hombre de circo. Te falta esa intuición que hace comprender a uno qué es lo que convierte a un primo en primo. Un auténtico mago puede hacer que los primos se queden con la boca abierta por el simple hecho de que algo permanezca suspendido en el aire. Ese acto de levitación que haces…, nunca he visto una ejecución mejor, pero los primos no se impresionan. Falla la psicología.
»Mírame a mí, por ejemplo; soy incapaz de sacar ninguna tontería del aire…, demonios, ni siquiera sé usar un cuchillo y un tenedor sin hacerme daño en la boca. No tengo número, excepto el que cuenta. Conozco a los primos. Sé dónde hay que golpearles. Sé exactamente con cuánta fuerza. Sé lo que desean con más avidez, incluso mejor que ellos. Ése es el arte de director de espectáculos, hijo, ya seas un político ocupando tu cargo o un predicador aporreando un púlpito…, o un mago. Descubre qué es lo que quieren los primos, y podrás dejar en el baúl la mitad de tus trastos.
—Estoy seguro de que tiene razón.
—Sé que la tengo. Quieren sexo y sangre y dinero. No les damos auténtica sangre…, pero les proporcionamos la esperanza de que un comefuego o un lanzacuchillos cometa un error. No les damos dinero tampoco; sólo les animamos hacia él mientras les quitamos un poco del suyo. Y no les damos realmente sexo. Pero, ¿por qué siete de cada diez se quedan a ver el número final? Para ver un poco de carne, por eso…, y por la posibilidad de que, además, les paguen por verla…, cuando quizá tengan toda la carne que necesiten o incluso más en su propia casa cada vez que quieran. Y resulta que no ven nada y además nadie les paga nada…, y, sin embargo, los enviamos felices de vuelta a sus casas.
»¿Qué otra cosa más quiere un primo? ¡Misterio! Quiere creer que el mundo es un sitio romántico, cuando sabe condenadamente bien que no lo es. Ése es tu trabajo…, sólo tienes que aprender a desempeñarlo. Demonios, hijo, todos los espectadores saben que tu acto es mero truco…, pero les gusta creer que se trata de algo real, y a ti te corresponde convencerles de eso, mientras sigan metidos en el show. Ahí es donde fallas.
—¿Qué debo hacer para conseguirlo, Tim? ¿Cómo puedo aprender qué es lo que hace picar a un primo?
—Demonios, eso es algo que no puedo decirte; tienes que aprenderlo por ti mismo. Ve ahí fuera y camina un poco y sé tú mismo un primo por un tiempo, quizá. Pero… Bueno, toma esa idea tuya de presentarte con el mismo aspecto que el «Hombre de Marte». No debes ofrecer al primo una cosa que sabes que no va a tragarse. Todos han visto al Hombre de Marte, en fotografías y en la estereovisión. Demonios…, incluso yo lo he visto. De acuerdo, te pareces mucho a él, tienes el mismo aspecto, un parecido casual…, pero, aunque fueses su hermano gemelo, los primos saben que no van a encontrar al Hombre de Marte en un espectáculo diez-en-uno en una feria. Es tan estúpido como anunciar a un tragasables como «el presidente de Estados Unidos». ¿Me sigues? Un primo desea creer…, pero no consiente que se insulte su inteligencia. Hasta un primo tiene algún tipo de cerebro. Tienes que recordar eso.
—Lo recordaré.
—Está bien. Hablo más de la cuenta…, un presentador adquiere ese vicio. ¿Cómo tienes las cosas? Demonios, sé que no debería hacerlo, pero…, ¿necesitas un préstamo?
—Gracias, Tim. No estamos dolidos, de veras.
—Bien, cuidaos. Adiós, Jill —se apresuró a salir.
Patricia Paiwonski entró por la parte de atrás, vestida con una bata.
—¿Chicos? Tim ha suprimido vuestro número.
—De todas formas nos íbamos, Pat.
—Sabía que iba a hacerlo… Me pone tan furiosa, que me están entrando ganas de largarme yo también.
—Vamos, Pat…
—No, lo digo en serio. Puedo llevar mi número a cualquier parte, y él lo sabe. Dejarle sin su número final. Puede conseguir otros actos más o menos buenos…, pero una buena actuación atrevida que los «payasos» no prohiban, resulta más difícil de descubrir.
—Pat, Tim tiene razón, y Jill y yo lo sabemos. Carezco del talento necesario para el mundo del espectáculo.
—Bueno…, quizá sí. Pero os voy a echar de menos. Ha sido casi como si fuerais mis propios chicos. ¡Oh, queridos! Mirad, no nos marchamos hasta mañana por la mañana…, venid a mi tienda y charlaremos un rato.
—Mejor aún, Patty —indicó Jill—. Ven tú con nosotros a la ciudad y tomémonos un par de copas. ¿Qué te parecería la idea de sumergirte en una gran bañera de agua caliente llena con sales de baño?
—Oh… Llevaré una botella.
—No —objetó Mike—. Sé lo que bebes y lo tenemos. Anda, vamos.
—Bueno, iré. Estáis en el Imperial, ¿no?… Pero ahora mismo no puedo ir con vosotros. He de comprobar primero que mis niñas están bien y decirle a Cariñito que voy a salir y prepararle sus botellas de agua caliente. Cogeré un taxi. Me tendréis con vosotros dentro de media hora, más o menos.
Condujeron hasta la ciudad, con Mike a los controles. Era una ciudad pequeña, sin regulación automática del tráfico. Mike condujo con cuidadosa precisión, exactamente en zona máxima y deslizando el vehículo terrestre a espacios libres que Jill no veía hasta que los atravesaban. Lo hacía sin ningún esfuerzo, de la misma forma como hacía sus juegos malabares. Jill sabía cómo lo hacía, incluso había aprendido a hacerlo un poco ella también; Mike dilataba su sentido del tiempo hasta que el problema de hacer juegos malabares con huevos o avanzar a toda velocidad por entre el denso tránsito le resultaba sencillísimo, con todo lo demás como a cámara lenta. De todos modos, reflexionó, resultaba un extraño logro para un hombre que, pocos meses antes, tenía dificultades para atarse los cordones de los zapatos.
No habló; Mike podía hablar mientras permanecía en tiempo dilatado si era necesario, pero resultaba extraño conversar con las mentes ajustadas a diferentes ritmos de tiempo. En vez de ello pensó con cierta suave nostalgia en la vida que abandonaban, con cariño, parte de ella en conceptos marcianos y parte en conceptos terrestres.
Durante toda la vida —hasta que conociera a Mike— había estado sometida a la tiranía del reloj: primero cuando acudía a la escuela de niña, luego cuando fue al instituto ya de adolescente, después cuando ingresó en el hospital y tuvo que soportar las ineludibles presiones de las rutinas profesionales. La vida en la feria no se había parecido en nada a todo aquello. Aparte la sencilla y casi agradable obligación de cuidar su aspecto y acicalarse varias veces al día desde media tarde hasta última hora de la noche, nunca tenía que hacer nada a una hora fija. A Mike no le preocupaba si comían una o seis veces al día, y siempre se mostraba complacido con el hospedaje que Jill le buscaba. Habían tenido su propia tienda para vivir y un equipo completo de camping; en muchas poblaciones ni siquiera habían abandonado los terrenos donde se montaba la feria desde su llegada hasta su marcha. La compañía formaba un pequeño mundo cerrado, que el exterior no podía alcanzar. Se había sentido feliz en ella.