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A decir verdad, en cada ciudad los terrenos de la feria se llenaban de primos…, pero ella había terminado por adquirir el punto de vista de los demás: los primos no contaban; era igual que si estuvieran detrás de una pared de cristal. Jill comprendía completamente por qué las muchachas que salían en el espectáculo podían —y de hecho lo hacían— exhibirse con tan poca ropa —y, en algunas ciudades, sin ninguna, si podía arreglarse con las autoridades— sin sentirse molestas…, y sin ser inmodestas en su conducta fuera del espectáculo. Los primos no eran gente para ellas; eran burbujas de nada cuya única misión consistía en escupir monedas de medio dólar.

Sí, la feria había sido un hogar feliz y completamente seguro, aunque su número hubiera sido un fracaso. No siempre había sido así al principio, cuando abandonaron la seguridad de la casa de Jubal para salir al mundo e incrementar la educación de Mike. Habían sido identificados más de una vez, y en algunas ocasiones habían tenido problemas para escapar, no sólo de la prensa, sino también de la interminable multitud de gente que parecía considerarse con derecho a pedirle cosas a Mike, simplemente porque era el Hombre de Marte.

Finalmente Mike había pensado sus rasgos hasta darles un aspecto de mayor madurez, y había efectuado otros ligeros cambios en su apariencia. Eso, unido al hecho de que frecuentaban lugares donde a nadie del público se le ocurriría buscar al Hombre de Marte, les proporcionó una cierta intimidad. Fue por aquel entonces, en una ocasión que Jill telefoneó a casa para informar de su nueva dirección postal, que Jubal sugirió una historia para ocultar su paradero…, y un par de días mas tarde Jill leyó que el Hombre de Marte se había retirado de nuevo, esta vez a un monasterio tibetano.

El retiro se llamaba en realidad «Hank's Grill», se hallaba en una ciudad «en ninguna parte», y Jill trabajaba en él de camarera y Mike de lavaplatos. No era peor que trabajar de enfermera y las exigencias eran mucho menores; incluso ya no le dolían los pies. Mike tenía un sistema notablemente rápido de limpiar los platos, aunque tenía que ir con mucho cuidado y emplearlo solamente cuando el jefe no miraba. Conservaron ese trabajo durante una semana, luego siguieron su camino, en ocasiones trabajando, en ocasiones no. Visitaban las bibliotecas públicas casi a diario, en cuanto Mike se enteró de su existencia. Jill descubrió que Mike había dado por sentado que la biblioteca de Jubal contenía un ejemplar de cada libro publicado en la Tierra. Cuando descubrió la maravillosa verdad, permanecieron casi un mes en Akron. Jill efectuó un montón de compras durante aquel mes: con un libro en su poder, Mike simplemente no era compañía.

Pero el unirse a los Espectáculos Combinados y Orgía de Diversiones Familiares Baxter se convirtió en la parte más agradable de su vagabundeo. Jill recordó —con una risita interior— aquella vez en que —¿cómo se llamaba el pueblo?; no importaba— toda la feria fue detenida. La cosa no fue justa, ni siquiera según los estándares de los polis, puesto que los permisos siempre funcionaban bajo explícitos acuerdos preestablecidos: con o sin sujetadores; luces azules o luces brillantes; lo que el payaso principal de la ciudad ordenara. Sin embargo, el sheriff los arrestó a todos, y el juez local pareció dispuesto no sólo a multarles sino a meter a las chicas en la cárcel por «vagancia».

Las instalaciones fueron clausuradas y la mayor parte de los artistas llevados a la audiencia, que se llenó con innumerables primos deseosos de echar un buen vistazo a las «mujeres desvergonzadas» en su comparecencia. Mike y Jill consiguieron apretarse al fondo de la sala del tribunal.

Desde hacía tiempo Jill había grabado a fuego en el ánimo de Mike la idea de que nunca debía hacer nada que no pudiera hacer ningún ser humano corriente cuando se encontrasen en algún sitio donde su acción pudiese ser observada. Pero Mike captó allí un punto crítico culminante, y no lo discutió con Jill.

El sheriff estaba testificando acerca de lo que había visto, dando detalles de la «lascivia pública»…, y disfrutando lo suyo con su exposición. Mike se había contenido todo lo que había podido, Jill tenía que admitirlo. Pero, en medio del testimonio, tanto el sheriff como el juez se quedaron de pronto completamente desnudos, sin ninguna prenda de ropa encima.

Jill y Mike aprovecharon la excitación para escabullirse discretamente, y más tarde ella supo que los demás acusados, todos ellos, habían hecho lo mismo, sin que nadie pareciera dispuesto a poner ninguna objeción. Por supuesto, nadie conectó el milagro con Mike, y él mismo no se lo mencionó nunca a Jill…, ni ella a él; no era necesario. La compañía recogió sus cosas a toda prisa y se marchó dos días antes de lo previsto, a una ciudad más honesta donde la regla era sujetador y pantaletas, y si se cumplía nadie diría nada.

Pero Jill recordaría toda su vida la expresión en el rostro del sheriff, y su aspecto también, puesto que resultó claro —por el repentino descolgamiento de sus carnes— que por motivos de orgullo el sheriff había estado llevando un apretado corsé.

Sí, sus días ambulantes habían sido unos hermosos días. Empezó a decirle esto mentalmente a Mike, con la intención de recordarle lo divertidamente ridículo que había parecido aquel engolado sheriff, con sus blandos rollos de carne desde su «acordonada» cintura y bajando por su peluda barriga hasta su vello púbico. Pero se contuvo. El marciano no tenía ningún concepto para «divertido», así que por supuesto no podía expresarlo. Compartían un creciente lazo telepático…, pero sólo en marciano.

—¿Sí, Jill? —inquirió la mente de Mike.

— Más tarde.

Se acercaban al Hotel Imperial, y Jill notó que la mente de Mike retardaba sus funciones mientras aparcaba el coche. Jill prefería mucho más acampar en los terrenos de la feria, excepto por una cosa: el baño. Las duchas estaban bien, pero nada podía compararse a una bañera llena de agua muy, muy caliente en la que poder meterse hasta la barbilla y empaparse. Así que a veces se registraban en un hotel, y alquilaban un coche de superficie. Mike, a causa de su primera educación, no compartía el fanático entusiasmo de Jill hacia frotar su cuerpo; ahora iba tan escrupulosamente limpio como ella…, pero sólo porque ella le había entrenado así; la suciedad no le molestaba. Es más, podía mantenerse inmaculadamente limpio sin necesidad de lavarse o bañarse, del mismo modo que nunca había tenido que ir al barbero una vez supo exactamente hasta qué longitud deseaba Jill que llevara el cabello. Pero a Mike también le gustaba alojarse en hoteles sólo por el bautismo en sí; gozaba tanto como siempre sumergiéndose en el agua de vida, independientemente de una inexistente necesidad de limpiarse, y liberado al fin de sus supersticiosos sentimientos con respecto al agua.

El Imperial era un hotel muy viejo, y no había sido gran cosa ni siquiera cuando era nuevo, pero la bañera de lo que llamaban orgullosamente la «suite nupcial» era satisfactoriamente grande. Apenas entrar en su habitación, Jill se encaminó al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente para llenar la bañera…, y casi ni se sorprendió al hallarse repentinamente preparada para el baño, desnuda de pies a cabeza, excepto que aún llevaba el bolso bajo el brazo. ¡Querido Mike! Sabía cómo le gustaba a ella ir de compras, lo que la complacía la ropa nueva; así que la obligaba a entregarse a su debilidad infantil enviando a ninguna parte cualquier ropa que captara que ya no le encantaba. Lo hubiese hecho diariamente incluso, si ella no le hubiera advertido que demasiada ropa nueva despertaría las sospechas entre los integrantes de la feria.