Выбрать главу

—¡Gracias, querido! —exclamó—. Vamos dentro.

Él todavía no se había desnudado ni provocado la desaparición de su ropa…, probablemente haría lo primero, decidió; Mike consideraba el comprar ropa para él algo totalmente desprovisto de interés. Seguía sin ver ninguna utilidad a la ropa, excepto la simple protección contra los elementos; y ésta era una debilidad que no compartía. Se metieron en la bañera frente a frente; ella recogió un poco de agua en el hueco de las manos, se la llevó a los labios, se la ofreció a él. No era necesario hablar, ni siquiera el rito era imprescindible; simplemente a Jill le gustaba recordar a ambos algo cuyo recuerdo no era necesario, ni siquiera durante toda una eternidad.

Cuando él alzó la cabeza, ella dijo:

—En lo que estaba pensando mientras tu conducías, era en lo divertido que había resultado aquel horrible sheriff completamente desnudo.

—¿Pareció divertido?

—¡Oh, terriblemente divertido! Tuve que hacer un esfuerzo para no echarme a reír a carcajadas. No quería llamar la atención.

—Explícame por qué era divertido. No consigo ver el chiste.

—Oh…, no creo que pueda explicártelo. No fue un chiste…, no como uno de esos retruécanos y esas cosas que se cuentan.

—No asimilo que aquel hombre pudiera parecer divertido —dijo Mike muy seriamente—. En ambos hombres, el juez y el sheriff, asimilé incorrección. Si no hubiera sabido que te ibas a enfadar conmigo, los habría enviado a los dos muy lejos.

—Querido Mike… —Jill acarició su mejilla—. Mi buen Mike. Créeme, querido: lo que hiciste fue lo mejor que podías haber hecho. Ninguno de los dos lo olvidará mientras vivan, y apuesto a que no les habrán quedado ganas de detener a nadie en esa ciudad bajo la acusación de indecencia. Pero hablemos de alguna otra cosa. He estado deseando decirte cuánto lamento que nuestro número haya fracasado. Hice lo que pude escribiendo el guión, querido…, pero supongo que yo tampoco soy una profesional del espectáculo.

—Fue culpa mía, Jill. Tim habló correctamente: no asimilo a los primos. De todos modos, me ha servido de mucho el ir con los Espectáculos Combinados Baxter…, he asimilado cada día más cerca a los primos.

—Sólo que ya no debes llamarles primos, ahora que hemos dejado de pertenecer a ese mundo. Sólo personas…, no «primos».

—Asimilo que son primos.

—Sí, querido. Pero no es educado decirlo.

—Lo recordaré.

—¿Has decidido ya adonde vamos a ir?

—No. Lo sabré cuando llegue el momento.

—Bien, querido.

Jill reflexionó que Mike siempre lo sabía. Desde su primer cambio de la docilidad al dominio, había crecido firmemente en fuerza y seguridad…, en todos los aspectos. El muchacho —entonces había parecido un muchacho— que un día había hallado agotador el sostener un cenicero suspendido en el aire, ahora podía no sólo sostenerla a ella en el aire —y parecía realmente como «flotar sobre nubes», por eso ella lo había escrito así en el guión— mientras hacía varias otras cosas y seguía hablando, sino también ejercer cualquier otro tipo de fuerza que resultara necesaria. Recordaba un solar terriblemente embarrado en el que se había atascado uno de los camiones. Veinte hombres se apiñaban a su alrededor, intentando sacarlo. Mike añadió entonces su hombro, y el camión se movió.

Ella había visto cómo había ocurrido; la hundida rueda trasera se había levantado por sí misma fuera del barro. Pero Mike, mucho más cauteloso ahora, no había permitido que nadie sospechara lo que había ocurrido en realidad.

Recordaba también cuando, por fin, Mike había asimilado que era necesario el requisito de «incorrección» antes de que pudiera hacer desaparecer las cosas, pero que eso sólo se aplicaba a las cosas vivas, asimilables. Su vestido no necesitaba acumular «incorrección» para que él pudiera eliminarlo. La prohibición era tan sólo una precaución en el entrenamiento de los polluelos; un adulto era libre de actuar como mejor asimilase.

Se preguntaba en qué consistiría su próximo cambio importante. Pero no se preocupaba por ello; Mike era bueno y sensato. Todo lo que ella podía enseñarle eran pequeños detalles de cómo vivir entre los humanos…, mientras aprendía mucho más de él, en perfecta felicidad; la mayor felicidad que había experimentado desde que muriera su padre.

—Mike, ¿no sería estupendo tener a Dorcas, Anne y Miriam aquí en la bañera? Y también a papá Jubal y a los muchachos y…, ¡oh, a toda nuestra familia!

—Haría falta una bañera más grande.

—¿A quién le importa estar un poco apretados? Pero la piscina de Jubal serviría estupendamente. ¿Cuándo haremos otra visita a casa, Mike? Jubal me lo pregunta cada vez que hablo con él.

—Asimilo que será pronto.

—¿Un «pronto» marciano, o de la Tierra? No importa, querido, sé que será cuando termine la espera. Pero eso me recuerda que tía Patty llegará pronto…, y me refiero a un «pronto» de la Tierra. ¿Me lavas?

Ella se puso en pie, él siguió donde estaba. La pastilla de jabón se alzó por sí misma de la jabonera, recorrió todo su cuerpo, regresó a su sitio, y la capa de espuma estalló en una miríada de burbujas.

—¡Ooooh! Ya basta. Me haces cosquillas.

—¿Te enjuago?

—Me sumergiré —se sentó rápidamente en la bañera, se quitó el jabón y volvió a incorporarse—. Justo a tiempo.

Alguien llamaba a la puerta.

—Querida, ¿estás presentable?

—¡Ahora voy, Pat! —gritó Jill, y añadió, mientras salía de la bañera—. ¿Me secas, por favor?

Estuvo seca al instante; sus pies ni siquiera dejaron huellas en el suelo.

—Cariño, ¿te acordarás de vestirte de nuevo antes de salir? Patty es una dama…, no como yo.

—Me acordaré.

27

Jill cogió un salto de cama del buen surtido guardarropa y se lo puso al tiempo que cruzaba apresurada el salón y dejaba entrar a la señora Paiwonski.

—Entra, querida. Nos estábamos bañando; Mike saldrá enseguida. Te prepararé una copa; después podrás tomar una segunda en la bañera si quieres. Disponemos de enormes cantidades de agua caliente.

—Me di una ducha después de acostar a Cariñito, pero…, sí, me encantará meterme en una bañera. Sin embargo, Jill, pequeña, no he venido a pediros prestado vuestro cuarto de baño; vine porque se me parte el corazón ante la idea de que abandonéis el espectáculo.

—No perderemos tu pista —Jill estaba atareada con los vasos. El hotel era tan viejo que ni siquiera la «suite nupcial» tenía su propio dispensador de cubitos de hielo—. Tim está en lo cierto, y tú lo sabes. Mike y yo necesitamos mejorar mucho nuestro número.

—Vuestro número está bien. Acaso le hagan falta unas cuantas risas, quizá, pero… Hola, Smitty.

Alargó hacia Mike, que entraba, una enguantada mano. Fuera del recinto de la feria, la señora Paiwonski siempre llevaba guantes, vestidos de cuello alto y medias de malla densa. Vestida así, parecía una respetable viuda de mediana edad que había conseguido mantener esbelta la figura pese a sus años…, y lo parecía porque precisamente lo era.

—Le estaba diciendo a Jill —prosiguió— que vuestro número es bueno.

Mike sonrió suavemente.

—Vamos, Pat, no te burles. Apesta. Ambos lo sabemos.

—No, nada de eso, querido. Oh, tal vez necesite algo que le dé un poco de chispa. Unos cuantos chistes. O podías acortar un poco más el vestuario de Jill; tienes un cuerpo precioso, cariño.