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Patricia Paiwonski inspiró profundamente. Había tomado esa misma decisión una vez antes, con su esposo observando…, y no se había acobardado. ¿Y quién era ella para rechazar a un hombre santo? ¿Y a su bendita esposa?

—Deseo bebería —dijo con tono firme.

Jill tomó un sorbo.

—Nos acercamos siempre, cada vez más.

Pasó el vaso a Mike. Éste miró a Jill, luego a Patricia.

—Gracias por el agua, hermano mío —bebió un poco—. Pat, te doy el agua de vida. Que siempre puedas beber profundamente —le pasó el vaso.

Patricia lo cogió.

—Gracias. ¡Oh, gracias, queridos! El «agua de vida»… ¡Oh, os adoro a ambos! —bebió ávidamente. Jill tomó el vaso de ella, apuró el líquido que quedaba.

—Ahora nos acercamos más, hermanos.

— (¿Jill?)

—(Ahora)

Michael alzó a su nuevo hermano de agua, lo llevó flotando por el aire y lo depositó cuidadosamente encima de la cama.

Valentine Michael Smith había asimilado, cuando lo había conocido en profundidad por primera vez, que el amor físico humano —muy humano y muy físico— no era simplemente una aceleración necesaria del proceso ovíparo, ni un mero ritual por el que uno alentaba el acercamiento; el acto en sí mismo era acercamiento, algo de una gran corrección…, y —por todo lo que sabía— completamente desconocido incluso para los Ancianos de su antiguo pueblo. Todavía estaba asimilándolo, probando cada vez que se le presentaba una ocasión de asimilarlo en toda su plenitud. Pero desde hacía mucho tiempo había eliminado todo temor de que hubiera herejía tras sus sospechas de que ni siquiera los Ancianos conocían aquel éxtasis. Había asimilado ya que éste su nuevo pueblo contaba con unas profundidades espirituales únicas. Trataba de sondearlas, feliz, sin ninguna de las inhibiciones de su infancia susceptibles de causar en él culpabilidad o reluctancia de ninguna clase.

Sus maestros humanos habían estado en general bien calificados para entrenar su inocencia sin magullarla. El resultado era tan único como él mismo.

Jill se sintió complacida —pero en absoluto sorprendida— al descubrir que «tía Patty» aceptaba como inevitable y necesario, y en su absoluta totalidad, la idea de que compartir el agua, en una antiquísima ceremonia marciana, con Mike, conducía de inmediato a compartir al propio Mike, en un ritual humano no menos antiguo. Lo que sorprendió un poco a Jill —aunque también la complació— fue la calmada aceptación de Pat cuando quedó demostrado sin lugar a dudas que Mike era capaz de realizar más milagros de los que les había revelado. Pero Jill no sabía entonces que Patricia Paiwonski ya había conocido antes a otro hombre santo. Patricia esperaba más de los hombres santos. Jill se sintió serenamente feliz de haber alcanzado y superado un punto crítico culminante con la acción adecuada; luego se entregó al éxtasis feliz del acercamiento al que el punto crítico culminante había apuntado…, todo lo cual pensó en marciano y de una forma completamente distinta.

A su tiempo descansaron, y Jill hizo que Mike ofreciera a Patty un baño por telequinesis, y ella se sentó en el borde de la bañera y se puso a dar grititos y a emitir risitas cuando la mujer de mediana edad lo hizo también. Se trataba sólo de un juego, muy humano y en absoluto marciano; Mike lo había hecho para Jill la primera vez de una forma casi perezosa, en vez de levantarse él y salir del agua…, un accidente, más o menos. Ahora se había convertido en una costumbre, una que Jill sabía que le gustaría a Patty. A Jill le encantó ver la cara de Patty al sentirse frotada por unas suaves manos invisibles, y secada después en un abrir y cerrar de ojos sin toalla ni chorro de aire caliente.

Patricia parpadeó.

—Después de esto necesito una copa. Una grande.

—Por supuesto, querida.

—Y aún deseo enseñaros mis dibujos, muchachos; todos ellos —Patricia siguió a Jill a la sala de estar, con Mike a sus talones, y se detuvo en medio de la alfombra—. Pero primero, miradme. Miradme a mí, no a mis tatuajes. ¿Qué es lo que veis?

Con suave pesar, Mike eliminó mentalmente los tatuajes y contempló a su nuevo hermano sin sus decoraciones. Le gustaban mucho sus tatuajes; eran peculiarmente suyos, hacían de ella algo distinto, le conferían una personalidad propia. Tenía la impresión de que daban a Patty un ligero sabor marciano, en el sentido de que la apartaban de la blanda igualdad de la mayor parte de los humanos. Los había memorizado todos, y había pensado agradablemente en la posibilidad de tatuar también todo su cuerpo, una vez asimilase lo que quería dibujar. ¿La vida de su padre y hermano de agua Jubal? Tendría que pensar en ello. Lo hablaría con Jill…, y tal vez ella deseara ser tatuada también. ¿Qué dibujos harían a Jill más hermosamente Jill, de la misma forma en que el perfume multiplicaba el olor de Jill sin cambiarlo?

Lo que vio cuando miró a Pat sin los tatuajes no le gustó tanto; tenía el aspecto que debe tener necesariamente una mujer. Mike aún no asimilaba la colección de fotografías de Duque; aquellas fotos eran interesantes y le habían enseñado a Mike que había más variedad en los tamaños, formas y colores de las mujeres de lo que había sabido hasta entonces, y que existía una cierta diversidad en las acrobacias implícitas al amor físico…, pero, una vez aprendidos esos simples hechos, parecía asimilar que no había nada más que aprender en las seleccionadas fotos de Duque. El entrenamiento de los primeros días de Mike le había convertido en un observador muy exacto a través de los ojos y otros sentidos, pero el mismo entrenamiento le había impedido captar y responder a los matices sutiles del voyeurismo. No era que no encontrase a las mujeres —incluida, de una forma muy enfática, Patricia Paiwonski— sexualmente estimulantes, pero eso no residía en sólo mirarlas. De todos sus sentidos, el olfato y el tacto tenían mucha más importancia…, en lo cual era casi humano, casi marciano; el reflejo paralelo marciano —tan poco sutil como un estornudo— era desencadenado por esos dos sentidos, pero sólo podía activarse durante la temporada correspondiente: en un marciano, lo que podía denominarse «sexo» era algo tan romántico como la alimentación intravenosa.

Pero, al ser invitado a verla sin sus dibujos, Mike observó más agudamente un detalle sobre Patricia que ya conocía: la mujer poseía su propia cara, marcada en belleza por su vida. Con una suave sorpresa, vio que tenía un rostro más propio aún que Jill, y eso le hizo sentir hacia Pat algo más que una simple emoción que aún no podía llamar amor, pero para la que usó un concepto marciano más discriminador.

La mujer tenía su propio olor también, y su propia voz, como tenían todos los humanos. Su voz era ligeramente ronca, y le gustaba oírla aunque no asimilase el significado de sus palabras; su olor tenía mezclado —lo sabía— un imborrable aroma almizcleño, fruto del contacto físico diario con las serpientes. No lo rechazó; las serpientes de Pat formaban parte de Pat tanto como sus tatuajes. A Mike le gustaban las serpientes de Pat y podía manejar incluso a los ejemplares venenosos con perfecta seguridad…, y no sólo dilatando el tiempo para evitar sus ataques. Asimilaban con él; saboreaba sus despiadados pero inocentes pensamientos; le recordaban su hogar. Aparte de Pat, Mike era la única persona que podía manejar a Cariñito y producir placer a la boa constrictora. Su torpor era normalmente tal que otras personas podían, si era necesario, manejarla…, pero sólo aceptaba a Mike como sustituto de Pat.

Mike dejó que los dibujos reaparecieran.

Jill la miró y se preguntó por qué se habría dejado tatuar tía Patty. Su aspecto hubiera sido más agradable sin los dibujos…, sin convertirse en una tira de cómic viviente. Pero quería a Patty por lo que era, no por su aspecto. Y, desde luego, era su aspecto lo que le permitía ganarse bien la vida, al menos hasta que fuera tan vieja y sus carnes colgaran tanto que los primos no pagaran ya por ver aquellos cuadros, ni aunque los hubiese pintado Rembrandt. Esperaba que Patty se retirase de los escenarios con unos buenos ahorros. Luego recordó que tía Patty era ahora uno de los hermanos de agua de Mike (y suyo, por supuesto), y que por ello la inmensa fortuna de Mike le garantizaba una cierta seguridad en su vejez; Jill se sintió reconfortada por ello.