Sin embargo, había una carencia en su vida, un hueco que no llenó siquiera cuando un cliente especialmente agradecido le hizo el extraño regalo de una serpiente toro; tenía que embarcar en un carguero, le dijo, y no podía conservarla. A ella siempre le habían gustado los animalitos de compañía, y no sentía la fobia habitual hacia las serpientes; construyó una casita para ella en el escaparate de su negocio que daba a la calle, y George pintó un precioso rótulo a cuatro colores para colocarlo detrás: «¡No me pises!» Este letrero se hizo muy popular.
Más tarde había tenido más serpientes, y habían sido un consuelo para ella. Pero era hija de un protestante del Ulster y una muchacha de Cork; la tregua armada entre sus padres la había dejado sin religión.
Era ya «buscadora» cuando Foster fue a predicar a San Pedro; ella se las había arreglado para llevar a George unos cuantos domingos, pero él aún no había visto la luz. Foster les llevó la luz, e hicieron sus confesiones el mismo día. Cuando Foster volvió a San Pedro, seis meses más tarde, para una rápida comprobación de cómo funcionaba la nueva sucursal, los Paiwonski estaban tan dedicados que llamaron su atención personal.
—Nunca tuve ni un minuto de preocupación con George desde el día en que vio la luz —les dijo Patty a Mike y Jill—. Continuó bebiendo, por supuesto…, pero sólo en la iglesia, y nunca demasiado. Cuando nuestro santo líder regresó, George había emprendido ya su Gran Proyecto. Naturalmente, deseábamos mostrárselo a Foster, si él podía hallar algo de tiempo… —la señora Paiwonski titubeó—. Chicos, realmente no debería estar contando nada de esto…
—Entonces no lo hagas —repuso Jill con simpatía—. Patty, querida, ninguno de nosotros quiere que hagas o digas nunca nada que pueda resultarte violento. «Compartir el agua» tiene que ser algo fácil y natural…, y aguardar a que se convierta en algo fácil para ti resulta fácil para nosotros.
—Oh…, ¡pero es que deseo hacerlo! Mirad, chicos, confío en ambos…, absolutamente. Pero quiero que recordéis que esto que os estoy contando son cosas de la Iglesia, así que no debéis repetírselas a nadie…, como tampoco yo diré nada a nadie sobre vosotros.
Mike asintió.
—Aquí en la Tierra lo llamamos a veces asuntos de «hermanos de agua». En Marte no hay problemas…, pero asimilo que aquí a veces sí los hay. Los asuntos de «hermanos de agua» no se van diciendo por ahí.
—Lo… «asimilo». Es una palabra curiosa, pero estoy aprendiendo. Muy bien, queridos, esto es un asunto de «hermanos de agua». ¿Sabíais que todos los fosteritas están tatuados? Los auténticos miembros de la Iglesia, quiero decir, los que cuentan ya con la salvación eterna para siempre y un día más…, como yo. Oh, no me refiero a tatuados por todo el cuerpo, como yo, sino…, ¿veis eso? Aquí, justamente encima del corazón. Eso es el beso sagrado de Foster. George trabajó en el diseño, de modo que parece formar parte del dibujo…, y nadie supone de lo que se trata hasta que se lo digo. Pero es su beso… ¡y el propio Foster lo puso ahí! —parecía extáticamente orgullosa.
Jill y Mike lo examinaron.
—Es la huella de un beso —admitió Jill, en tono maravillado—. Como si alguien hubiese puesto ahí sus labios pintados con carmín. Creí que formaba parte de esa puesta de sol.
—Sí, ¿verdad? George lo arregló de ese modo. Porque no se puede enseñar el beso de Foster a nadie que no lo lleve también…, y yo nunca lo mostré, hasta ahora. Pero —insistió—, estoy segura de que vosotros dos lo tendréis también algún día…, y, cuando lo tengáis, quiero ser yo quien realice el tatuaje.
—No comprendo, Patty —dijo Jill—. Puedo ver que es algo maravilloso para ti el haber sido besada por Foster, pero… ¿cómo va a besarnos a nosotros? Al fin y al cabo, está… arriba, en el Cielo.
—Sí, querida, lo está. Pero permíteme que te lo explique. Cualquier sacerdote o sacerdotisa ordenado puede darte el beso de Foster. Significa que Dios anida en tu corazón. Dios es parte de ti…, para siempre.
Mike se puso repentinamente tenso.
—¡Tú eres Dios!
—¿Eh? Bueno, eso es una extraña forma de decirlo…, nunca había oído a un sacerdote manifestarlo así. Pero en cierto modo lo expresa… Dios está en ti y contigo, y el diablo no puede nunca alcanzarte.
—Sí —admitió Mike—. Asimilas Dios.
Pensó alegremente que aquello le acercaba mucho más al concepto que lo que había conseguido con anterioridad…, excepto que Jill lo estaba aprendiendo en marciano. Lo cual era inevitable.
—Ésa es la idea, Michael. Dios te asimila, y tú te casas en Santo Amor y Felicidad eterna con Su Iglesia. El sacerdote, o quizá la sacerdotisa, puede ser cualquiera de los dos, te besa, y luego la señal del beso es tatuada para demostrar que es para siempre. Por supuesto, no es necesario que sea tan grande…, el mío tiene exactamente la forma y el tamaño de los benditos labios de Foster…, y puede situarse en cualquier lugar a cubierto de los ojos pecadores. Muchos hombres se hacen afeitar una porción de cráneo, y luego llevan sombrero o un vendaje hasta que les vuelve a crecer el pelo. O en cualquier lugar donde uno esté benditamente seguro de que no será visto a menos que él lo quiera. No debes sentarte sobre él ni pisarlo…, pero cualquier otro lugar sirve. Luego se puede mostrar cuando uno asiste a una reunión cerrada de Felicidad de los salvados eternamente.
—Ya he oído hablar de esas reuniones de Felicidad —comentó Jill—, pero nunca he sabido cómo son.
—Bueno —dijo la señora Paiwonski con aire crítico—, hay reuniones y reuniones. Las destinadas a los miembros corrientes, que están salvados pero pueden recaer, son tremendamente divertidas: grandes fiestas en las que sólo se reza de una forma natural y feliz, llenas del júbilo y la alegría propios de una buena fiesta. Quizá incluso un poco de auténtico amor…, pero no está muy bien visto y resulta conveniente andarse con cuidado respecto de cómo y con quién, porque uno no debe esparcir la semilla de la disensión entre la hermandad. La Iglesia es muy estricta en lo que se refiere a mantener las cosas en su debido lugar.
»Pero una reunión de Felicidad para los eternamente salvados…, bueno, no tienes por qué preocuparte, ya que a ella no asiste nadie que pueda pecar…, todo eso está pasado y olvidado. Si quieres beber hasta caerte redondo, adelante; es la voluntad de Dios, o no desearías hacerlo. Puede que desees arrodillarte y rezar, o alzar la voz en una canción…, o despojarte de tus ropas y ponerte a bailar; es la voluntad de Dios. Incluso —añadió— puedes asistir a ella sin llevar ningún tipo de ropa en absoluto, porque no es posible que algún otro asistente vea nada equivocado en ello.
—Suena como una auténtica fiesta —admitió Jill.
—¡Oh, lo es, lo es…, siempre! Y uno se siente inundado todo el tiempo de bendición celestial. Si te despiertas por la mañana en una cama con uno de los eternamente salvados de la cofradía, sabes que es así porque Dios quiso que fueras benditamente Feliz. Y lo eres. Todos tienen el beso de Foster en ellos…, son suyos. —Frunció ligeramente el entrecejo—. Es un poco como «compartir el agua». ¿Me entendéis?