Poco después estaban en Las Vegas, alojados en un hotel pasado de moda, cerca pero no en el Strip. Mike probó todos los juegos en todos los casinos, mientras Jill mataba el tiempo actuando como corista; el juego la aburría. Como no sabía cantar ni bailar, y no tenía ningún número propio, el exhibirse o pasearse lentamente con un alto e improbable sombrero, una sonrisa y unas cuantas lentejuelas era el trabajo más adecuado para ella en la Babilonia del Oeste. Jill prefería trabajar si Mike estaba atareado y, de un modo u otro, él se las arreglaba siempre para conseguirle la ocupación que ella escogía. Puesto que los casinos nunca cerraban, estaba atareado casi todo el tiempo en Las Vegas.
Mike ponía buen cuidado en no ganar demasiado en ningún casino, manteniéndose estrictamente dentro de los límites que Jill había establecido para él. Después de ordeñar unos cuantos miles en cada uno, se dedicaba a perderlos meticulosamente, sin hacer nunca grandes apuestas en ningún juego, ya fuera ganando o perdiendo. Luego aceptó un empleo como croupier, y se dedicó a estudiar a la gente, intentando asimilar por qué jugaban. Asimiló confusamente un impulso en muchos jugadores que le pareció de una naturaleza intensamente sexual…, pero creyó ver también cierta incorrección en ello. Conservó el trabajo durante bastante tiempo, dejando siempre que la pequeña bolita rodara sin ninguna interferencia.
A Jill le divirtió descubrir que los clientes del palaciego teatro-restaurante donde trabajaba no eran más que primos… Con más dinero, pero primos pese a todo. Descubrió algo sobre sí misma también: disfrutaba exhibiéndose ante ellos, mientras estuviera a salvo de las manos que no deseaba que la agarraran. Con su cada vez mayor honestidad marciana, examinó esta recién descubierta faceta de sí misma. En el pasado, aunque había sabido que le gustaba ser admirada, siempre había creído sinceramente que lo deseaba sólo de un selecto grupo de hombres y normalmente sólo de uno. Se había sentido dolida por el descubrimiento, no hacía mucho, de que la visión de su ser físico no significaba en realidad nada para Mike, aunque siempre se había mostrado y seguía mostrándose físicamente tan agresivo y tiernamente devoto hacia ella como cualquier mujer pudiera llegar a soñar…, si no estaba preocupado por otras cosas.
E incluso era generoso respecto a eso, se recordó. Si ella lo deseaba, le permitía que le sacase siempre de sus más profundos trances de retraerse, cambiaba sus engranajes sin emitir una sola queja, y se mostraba todo lo sonriente, ávido y amoroso que ella deseaba.
Pero pese a todo ahí estaba… Era una de sus peculiaridades, como su incapacidad para reír. Jill decidió, tras su iniciación como corista, que le gustaba ser admirada visualmente porque eso era una cosa que Mike no le proporcionaba.
Pero su propia honestidad cada vez más perfeccionada y su firme y creciente empatia no permitieron que aquella teoría se mantuviese. La mitad masculina del público contenía siempre el porcentaje de hombres que eran demasiado viejos, demasiado gordos, demasiado calvos, y en general demasiado adentrados en el triste camino de la entropía como para que pudieran ser considerados atractivos por una mujer de la juventud, belleza y exigencias de Jill. Ella siempre se había burlado de los «viejos lobos libidinosos», aunque no de los hombres viejos per se, se recordó a sí misma en defensa propia; Jubal podía mirarla —e incluso utilizar un lenguaje crudo de indecencias deliberadas— sin darle la menor sensación de que estaba ansioso por pillarla a solas y manosearla. Estaba tan serenamente segura del cariño de Jubal hacia ella y de su naturaleza auténticamente espiritual, que se dijo a sí misma que podría fácilmente compartir una cama con él, dormirse de inmediato…, y estar segura de que él lo haría también, tras sólo el casto beso de buenas noches que siempre le daba al retirarse.
Pero ahora descubría que esos viejos carentes de atractivo no provocaban en ella ninguna emoción desagradable. Cuando sentía sus admirativas miradas o incluso su clara lujuria —y se dio cuenta de que podía sentirlo, incluso podía identificar sus fuentes—, no experimentaba rencor alguno; la caldeaban un poco y la hacían sentirse afectadamente complacida.
«Exhibicionismo» había sido para ella tan sólo una palabra utilizada para describir una anormalidad psicológica, una debilidad neurótica que siempre le pareció digna de desprecio. Ahora, al profundizar por sí misma y mirarla directamente, decidió que, o bien esa forma de narcisismo era normal, o era ella la anormal y no lo había sabido. Pero ella no se sentía anormal; se consideraba sana y feliz, más sana de lo que lo que nunca se había sentido. Siempre había gozado de una salud superior a la media —así tenía que ser para ejercer de enfermera—, y, que recordase, nunca había sufrido un resfriado o un trastorno gástrico. Ni siquiera —se dio cuenta con sorpresa— había tenido calambres en las piernas en toda su vida.
De acuerdo, estaba sana; y si a una mujer sana le gustaba que la mirasen como tal —¡y no como un cuarto de ternera!—, entonces era tan inevitable como que la noche sucede al día que los hombres sanos la mirasen, ¡aunque el hecho no fuese más que una solemne tontería! Y al llegar a este punto comprendió por fin intelectualmente, a Duque y sus fotografías, y le pidió mentalmente perdón.
Habló del asunto con Mike, intentó explicarle el cambio de su punto de vista…, lo cual no resultó fácil, puesto que Mike era incapaz de comprender por qué a Jill había llegado a importarle alguna vez el que la mirasen o no, por parte de cualquiera, en cualquier circunstancia. Comprendía que una persona no deseara que la tocasen; Mike eludía los apretones de manos si podía hacerlo sin ofender a nadie, y sólo deseaba tocar y que le tocasen sus hermanos de agua.
Jill no estaba segura de hasta qué punto incluía eso a los hermanos de agua masculinos. Le había explicado a Mike la homosexualidad, después de que él hubiese leído sobre el tema y no hubiera conseguido asimilarlo…, y le había dado reglas prácticas para eludir incluso la apariencia e impedir que le fueran hechas insinuaciones, puesto que suponía, correctamente, que Mike, con su apostura, atraería tales insinuaciones. Él siguió sus consejos e hizo su rostro más masculino, en vez de continuar con la belleza andrógina que tenía al principio. Sin embargo, Jill no estaba segura de que Mike hubiera rechazado una proposición así de, digamos, Duque. Por fortuna, los hermanos de agua masculinos de Mike eran decididamente masculinos, del mismo modo que los otros eran mujeres muy femeninas. Jill esperaba que las cosas siguieran así; sospechaba que, de todas formas, Mike asimilaría la existencia de una «incorrección» en los pobres invertidos que se le pudieran poner por delante, y que se abstendría de ofrecerles agua o de aceptarla de ellos.
Tampoco conseguía Mike comprender por qué a Jill le complacía ahora que la mirasen. La única vez en que sus dos actitudes habían sido aproximadamente similares fue cuando abandonaron la feria, donde Jill había descubierto que se había vuelto indiferente a las miradas, y se hallaba dispuesta a hacer su número «completamente desnuda», como le había dicho a Patty, si eso podía ayudar.
Jill vio que su actual conocimiento de sí misma había nacido en aquel punto; en el fondo, en realidad nunca se había sentido indiferente a las miradas masculinas. Sometida a las necesidades únicas de ajustar su vida al Hombre de Marte, se había visto obligada a dejar al margen una parte de su persona artificial —impuesta por su educación y su entrenamiento—, ese punto de recato propio de dama altiva que una enfermera debe retener, pese a los rigores de una profesión que exigía generalmente tareas incluso indignantes. Pero Jill no había sabido que tuviera ningún recato, hasta que lo hubo perdido.