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—No sé lo que pasa, pequeña. Tengo chicas por aquí mendigando cualquier trabajo con dos veces tus formas…, pero, cuando los focos te iluminan, es a ti a quien miran todos los clientes. Está bien, voy a ponerte en la primera fila para que puedan verte mejor. Con el correspondiente aumento de sueldo…, aunque sigo sin saber por qué.

Jill adoptó su pose y habló con Mike a través de su mente:

—(¿Sientes algo?)

—(Asimilo, pero no en toda su plenitud)

—(Mira hacia donde miro yo, hermano mío. El individuo bajito. Tiembla. Tiene sed de mí)

—(Asimilo su sed)

—(¿Puedes verle?)

Jill clavó su mirada en los ojos del cliente y le obsequió con una cálida sonrisa, no sólo para incrementar su interés en ella, sino para permitir que Mike se valiera de sus ojos para verle, si era posible. Cuando su asimilación del pensamiento marciano aumentó y con ello creció firmemente el acercamiento en otras formas entre ambos, empezaron a ser capaces de utilizar aquel sistema común marciano. Todavía no de una forma completa, pero con creciente facilidad. Jill aún no tenía control sobre él; Mike podía ver con sólo mirar a través de sus ojos si ella se lo indicaba, pero ella podía ver a través de los ojos de él sólo si Mike le dedicaba toda su atención.

—(Le asimilamos juntos) —admitió Mike—. (Tiene una enorme sed de mi pequeño hermanito)

— (¡!)

—(Sí. Una hermosa agonía)

Unos compases del estribillo le dijeron a Jill que tenía que romper su postura y reanudar su ondulante contoneo. Lo hizo, moviéndose con orgullosa sensualidad y captando en sí misma una bullente sensación de lujuria, en respuesta a las emociones que estaba recibiendo tanto de Mike como del desconocido. La rutina del número hacía que se alejara de Mike y se dirigiera casi hacia el excitado desconocido, acercándose a él durante los primeros pasos. Siguió mirándole con fijeza.

Y en ese momento sucedió algo que resultó totalmente inesperado para ella, porque Mike nunca le había explicado que fuera posible. Había estado permitiendo la recepción de las emociones de aquel desconocido, soliviantándole intencionadamente con la mirada y con el cuerpo, y retransmitiendo a Mike todo lo que sentía. De pronto el circuito se cerró, y se encontró contemplándose a sí misma, viéndose a través de unos ojos desconocidos, mucho más lujuriosos de lo que había pensado… y experimentando toda la primitiva necesidad con la que el desconocido la veía.

Trastabilló ciegamente, y habría caído de bruces si Mike no hubiera captado al instante el problema y la hubiera sujetado, alzado, enderezado y estabilizado hasta que pudo seguir andando sin ayuda, desaparecida la segunda vista.

La hilera de beldades siguió su marcha hacia la salida. Tras abandonar el escenario, la muchacha que iba detrás de ella preguntó:

—¿Qué demonios te ocurrió, Jill?

—Se me enganchó el tacón del zapato.

—Sí, a veces ocurre. Pero fue la forma más extraña de recuperar el equilibrio que haya visto en toda mi vida. Por un segundo pareciste una marioneta sostenida por hilos.

«Y lo era, querida, lo era», pensó Jill, «pero no vamos a hablar de ello».

—Le diré al encargado del escenario que eche un vistazo a ese lugar. Creo que hay una tabla suelta. Alguna podría romperse una pierna…

Durante el resto del espectáculo, siempre que estaba en el escenario, Mike le enviaba rápidos atisbos de cómo la observaban los distintos hombres entre el público, al tiempo que se aseguraba siempre de que ella no se viese cogida otra vez por sorpresa. A Jill le asombró descubrir la variedad de aquellas imágenes: uno miraba sólo sus piernas, otro se sentía fascinado por las ondulaciones de su torso, un tercero sólo veía sus orgullosos pechos.

Luego Mike, tras advertirla primero, le dejó ver a las otras chicas en el cuadro. Se sintió aliviada al comprobar que Mike las veía como ella misma las veía…, sólo que con mayor agudeza. Pero le sorprendió darse cuenta de que su propia excitación no disminuía mientras miraba, de segunda mano, a las chicas a su alrededor: se incrementaba.

Mike se retiró de la sala inmediatamente después del número final, adelantándose a los demás como ella le había advertido que hiciera. Jill no esperaba volver a verle aquella noche, puesto que Mike sólo había pedido permiso para ausentarse de su trabajo de croupier el tiempo suficiente para ver a su esposa en el espectáculo. Pero cuando se vistió y regresó al hotel, sintió su presencia antes de llegar a la habitación.

La puerta se abrió para ella; entró, luego se cerró a sus espaldas.

—¡Hola, querido! —saludó—. ¡Qué estupendo encontrarte en casa!

Mike sonrió, gentil.

—Ahora asimilo imágenes indecentes —la ropa de Jill desapareció—. Haz posturas indecentes.

—¿Eh? Sí, querido, por supuesto.

Repitió las mismas actitudes que había adoptado antes. Con cada una de ellas, una vez adoptada, Mike dejó que ella utilizase los ojos de él para contemplarse a sí misma. Jill se miró a sí misma y experimentó las emociones de él…, y sintió hincharse las suyas propias en respuesta a una cerrada y mutua reverberación amplificada. Por último, se situó en una postura tan sensualmente lasciva como su imaginación pudo crear.

—Las imágenes indecentes son una gran corrección —dijo Mike, con voz grave.

—¡Sí! ¡Y ahora yo también las asimilo! ¿A qué estás esperando?

Abandonaron sus empleos y, durante los siguientes días, asistieron a tantos espectáculos adultos como les fue posible, y durante este período Jill hizo otro descubrimiento: asimilaba las imágenes indecentes sólo a través de los ojos de un hombre. Si Mike miraba, ella captaba y compartía su estado de ánimo, desde el relajado placer sensual de la contemplación de una mujer hermosa hasta la más ardiente de las excitaciones. Pero si la atención de Mike estaba en alguna otra parte, la modelo, bailarina o artista de strip-tease no era más que otra mujer para Jill, quizá agradable de contemplar pero en absoluto excitante. Lo más probable era que terminara aburriéndose y deseando un poco que Mike la llevara de vuelta a casa. Pero sólo un poco, porque ahora ya era casi tan paciente como él.

Examinó este nuevo hecho desde todos lados, y decidió que prefería no sentirse excitada por las mujeres más que a través de los ojos de él. Un hombre le proporcionaba ya todos los problemas que podía manejar, y unos cuantos más; descubrirse tendencias lesbianas hubiera sido demasiado… absolutamente.

Pero resultaba divertido, «una gran corrección», ver a aquellas chicas con los ojos de Mike tal como había aprendido a verlas; y era una corrección aún mayor y exultante saber que, al fin, Mike la contemplaba a ella del mismo modo, sólo que más.

Se detuvieron en Palo Alto el tiempo suficiente para que Mike intentara —y fracasara— engullir toda la Biblioteca Hoover en bocados de mamut. La tarea era mecánicamente imposible; los escáneres no podían girar tan aprisa, ni Mike podía pasar las páginas de los libros encuadernados con la suficiente rapidez como para poder leerlos todos. Renunció, y admitió que estaba almacenando datos en bruto a una velocidad muy superior a lo que podía asimilar, incluso pasando en la biblioteca todas las horas en que estaba cerrada en solitaria contemplación. Con gran alivio por parte de Jill, se trasladaron a San Francisco, y Mike se embarcó en una investigación más sistemática.

Ella volvió al piso un día y encontró a Mike sentado, no en trance sino sin hacer nada, y rodeado de libros, muchos libros: el Talmud, el Kama-Sutra, varias versiones de la Biblia, el Libro de los Muertos, el Libro de los Mormones, el precioso ejemplar de Patty de la Nueva Revelación, diversos apócrifos, el Corán, La Rama Dorada —versión no resumida—, El Camino, Ciencia y Salud con la Llave a las Escrituras, los escritos sagrados de una docena de otras religiones mayores y menores…, incluso desviaciones tan extrañas como el Libro de la Ley de Crowley.