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—¡Maldita sea! Es usted un viejo malvado, Jubal.

—Y cada año que pasa me siento más y más diabólico. Hum…, no miraremos a las demás; tres esculturas en una hora es más que suficiente. Por lo general, una por día es mi ración normal.

—Me parece bien. Tengo la impresión de haber bebido tres copas de más con el estómago vacío. Jubal, ¿por qué no tiene todo esto en un sitio donde la gente pueda verlo?

—Porque el mundo se ha vuelto excéntrico, y el arte contemporáneo siempre refleja el espíritu de su época. Rodin creó sus obras más importantes a finales del siglo XIX, y Hans Christian Andersen se le adelantó sólo por unos pocos años. Rodin murió a principios del siglo XX, justo cuando el mundo empezaba a levantar su tapadera…, y el arte con él.

»Los sucesores de Rodin se percataron de las cosas sorprendentes que él había hecho con luces y sombras y masas y composiciones, y copiaron esa parte. Lo que no consiguieron ver fue que el maestro contaba una historia y dejaba desnudo el corazón humano. En vez de ello, se dedicaron al «diseño», y se manifestaron desdeñosos hacia la pintura o escultura que contaba una historia. Con ánimo burlón, calificaron tales obras de «literarias», una palabra sucia. Se dedicaron a la búsqueda y creación de abstracciones, sin dignarse a pintar o tallar nada que tuviera la menor semejanza con el mundo humano.

Jubal se encogió de hombros.

—Los dibujos abstractos están bien como linóleo, o papel decorativo para las habitaciones. Pero el arte es el proceso de evocación de la misericordia y el terror, y eso no es abstracto en absoluto, sino muy humano. Lo que hacen los supuestos artistas modernos es una especie de masturbación pseudointelectual no emotiva, mientras que el arte creativo es más parecido a las relaciones sexuales, puesto que a través de él el artista debe seducir, provocar las emociones de su audiencia, cada vez. Esos muchachos que no se dignan hacerlo así, o quizá no sepan, pierden por supuesto el favor del público. De no ser gratificados con interminables subvenciones, se morirían de hambre o haría mucho tiempo que habrían debido ponerse a trabajar. Porque una persona corriente no compra un «arte» que le deja insensible: si lo hace y paga por él, es para desgravarlo en sus impuestos o algo por el estilo.

—¿Sabe una cosa? Siempre me he preguntado por qué la pintura o la escultura me importaban un comino, pero pensaba que era algo que me faltaba a mí, como el daltonismo.

—Hum. Uno ha de aprender a contemplar el arte, del mismo modo que uno ha de saber francés para leer un libro impreso en francés. Pero, en general, a los artistas les corresponde utilizar un lenguaje que todo el mundo pueda entender, no ocultarlo debajo de algún código privado, como Pepys y su diario. La mayoría de esos bufones ni siquiera quieren emplear el lenguaje que usted y yo sabemos o estamos en condiciones de aprender; prefieren burlarse de nosotros y mostrarse complacidos de sí mismos porque «no conseguimos» adivinar el punto al que se dirigen. Si es que van a alguna parte… La oscuridad es normalmente el refugio de la incompetencia. Ben, ¿usted me llamaría artista a mí?

—¿Eh? Bueno, nunca había pensado en ello. Escribe bastante bien.

—Gracias. «Artista» es una palabra que procuro evitar, por las mismas razones que odio que me llamen «doctor». Pero soy un artista, aunque menor. Admito que la mayor parte de mi producción sólo sirve para ser leída una vez, y ni siquiera eso para las personas ajetreadas que ya saben lo poco que tengo que decir. Pero soy un artista honesto, porque lo que escribo va destinado conscientemente a cierta clientela; llega al lector y cala en él, posiblemente con lástima y terror…, o, si no, en el peor de los casos, lo distrae del tedio de sus horas con un guiño o una buena idea. Pero nunca le escondo nada expresándome en un lenguaje particular, ni busco el elogio de otros escritores hacia mi «técnica» u otras tonterías.

»El único elogio que me interesa es el sonido del dinero que paga el cliente al comprar mis relatos, un dinero que me llega a mí porque yo he llegado a él. O eso, o nada. Apoyo para las artes…, ¡merde! ¡Un artista subvencionado por el Gobierno es una puta incompetente! Maldita sea, ha pulsado usted uno de mis botones. Déjeme llenarle su vaso y dígame qué bulle en su cabeza.

—Hum. Jubal, soy desgraciado.

—¿Eso es una noticia, acaso?

—No. Pero han caído sobre mí una nueva serie de complicaciones —Ben frunció el entrecejo—. Supongo que no hubiera debido venir aquí. No necesito cargarle a usted con más peso. No estoy seguro de querer hablar de ellas…

—De acuerdo. Pero, puesto que está aquí, puede aprovechar para escuchar las mías.

—¿Usted tiene complicaciones? Jubal, siempre he pensado que era usted el único hombre capaz de dominar todas las situaciones desde todos los ángulos.

—Hum… en algún momento tendré que hablarle de mi vida matrimonial. Pero sí, estoy en apuros ahora. Algunos de ellos son evidentes. Duque se ha marchado. ¿Lo sabía, o no?

—Sí, lo sabía.

—Larry es un buen jardinero…, pero la mitad de los artilugios que mantienen en funcionamiento toda esta cabaña de troncos se están cayendo a pedazos. No sé cómo reemplazar a Duque. Los buenos mecánicos para todo escasean…, y los capaces de encajar con esta casa, ser un miembro más de la familia en todos los sentidos, son casi inexistentes. Voy renqueando gracias a los chapuceros que vienen de la ciudad: cada visita es una molestia, todos los que vienen a reparar algo llevan el latrocinio en el alma, y la mayor parte de ellos son incapaces de utilizar el destornillador sin cortarse las manos. Yo también soy incapaz, así que me encuentro a su merced. Tengo que contratar ayuda. O trasladarme a la ciudad, Dios no lo permita.

—Se me parte el corazón, Jubal.

—Olvide los sarcasmos, eso es sólo el principio. Los mecánicos y los jardineros son convenientes, pero para mí las secretarias son esenciales. Dos de las mías están embarazadas, y la tercera va a casarse.

Caxton se quedó atónito. Jubal gruñó:

—Oh, no se crea que son historias de salida de colegio. Las chicas son presumidas como ellas solas…, no hay nada secreto en ello. Seguro que en estos momentos están irritadas conmigo porque le he traído aquí arriba enseguida, sin darles tiempo de fanfarronear ante usted. Así que sea gentil y ponga cara de sorpresa cuando se lo digan.

—Hum, ¿cuál es la que se prepara para el matrimonio?

—¿No es evidente? El novio feliz es ese refugiado de una tormenta de arena, nuestro estimado hermano de agua de habla suave, Stinky Mahmoud. Le dije llanamente que van a tener que vivir aquí mientras permanezcan en este país. El muy bastardo se limitó a reírse y dijo que cómo podía ser de otro modo…, tras lo cual señaló que hacía mucho tiempo ya que le habían invitado a vivir permanentemente aquí —Jubal soltó un bufido—. No sería tan malo, si él simplemente quisiese hacerlo. Así incluso podría conseguir algún trabajo de ella. Quizá.

—Es muy probable que lo consiguiera. A ella le gusta trabajar. ¿Y las otras dos están embarazadas?

—Más altas que una cometa. Estoy poniendo al día mis conocimientos de obstetricia porque ambas dicen que quieren tenerlos en casa. ¡Lo que van a hacerle un par de crios pequeños a mis hábitos de trabajo! Peor que unos gatitos. Pero, ¿por qué supone usted que ninguna de esas turgentes barrigas pertenece a la novia?

—Oh… Bueno, supongo que porque me parece que Stinky es más convencional que eso…, o quizá más cauteloso.

—A Stinky le tendría sin cuidado. Ben, en los ochenta o noventa años que llevo estudiando el tema, intentando seguir los meandros de sus pequeñas mentes retorcidas, lo único que he averiguado con certeza es que, cuando una muchacha se descarría, simplemente se descarría. Todo lo que un hombre puede hacer es cooperar con lo inevitable.