—Bueno, Mike también cría serpientes, además de enseñar el marciano. Pero, Jubal, ¿no hay nada ilegal?
—Hum. Eso es un caso delicado. Hay algunas restricciones menores, concedido. Normalmente, una Iglesia no puede cobrar por leer el porvenir o invocar los espíritus de los muertos…, pero puede aceptar ofrendas… y luego dejar que la costumbre haga que las «ofrendas» se conviertan de hecho en unos honorarios. Los sacrificios humanos son ilegales en todas partes, pero estoy completamente seguro de que se practican en muchos lugares del mundo…, y probablemente aquí mismo, en esta antigua «tierra de la libertad y hogar de los valientes». La forma de hacer bajo la pantalla de la religión cualquier cosa que de otro modo sería suprimida, consiste en hacerla en el sanctasanctórum y mantener fuera a los gentiles. ¿A qué vienen sus temores, Ben? ¿Acaso Mike está haciendo algo que pueda conducirle a la cárcel o a la horca?
—Hum, no sé. Probablemente no.
—Bueno, si es cauteloso… Los fosteritas han demostrado cómo salirse con bien de casi cualquier cosa. Ciertamente de muchas más de las que motivaron que Joseph Smith fuera linchado.
—De hecho, Mike ha copiado muchas cosas de los fosteritas. Esa parte es la que me preocupa.
—Pero, ¿qué es exactamente lo que le preocupa?
—Oh, Jubal, éste tiene que ser un asunto de «hermano de agua».
—De acuerdo, había supuesto eso. Estoy preparado para enfrentarme a las tenazas al rojo vivo y al potro si es necesario. ¿Debo llevar veneno en una muela ahuecada?
—Hum, se supone que los miembros del círculo interior son capaces de descorporizarse siempre que quieran…, no hace falta veneno.
—Lo siento, Ben. Nunca he llegado tan lejos. No importa. Conozco otros métodos adecuados para poner en práctica la única defensa final contra el tercer grado. Le escucho.
—Cualquiera puede descorporizarse a voluntad, ellos me lo han dicho…, con sólo aprender antes el marciano. No importa. Jubal, ya le he indicado que Mike cría serpientes. Me refiero a ello en sentido tanto figurado como literal…, aquel lugar es un pozo de serpientes. Asqueroso.
»Pero déjeme describírselo. El templo de Mike es un lugar enorme, casi un laberinto. Un gran auditorio para las reuniones públicas, otro más pequeño para las asambleas por invitación, diversas salas de menor tamaño…, y alojamientos, un montón de alojamientos. Jill me envió un radiograma diciéndome dónde debía ir, así que aterricé por la parte de la entrada a los alojamientos, que da a la calle de atrás del templo. Los alojamientos están encima del auditorio principal, y son el lugar más privado en el que uno puede alojarse sin dejar de vivir en la ciudad.
Jubal asintió.
—Tiene sentido. Tanto si tus actos son legales como si son ilegales, los vecinos escandalosos son siempre nefastos.
—En este caso la idea fue muy buena. Un par de puertas exteriores me permitieron el acceso. Primero fui registrado por algún dispositivo detector, aunque no localicé cámara alguna. Franqueé otras dos puertas automáticas y una que hubiera detenido la incursión de todo un pelotón de los Servicios Especiales…, y llegué a un tubo impulsor. Jubal, no era un tubo impulsor normal. No lo controlaba el pasajero, sino alguien que no estaba a la vista. Otra prueba más de que deseaban intimidad y estaban dispuestos a conseguirla: una incursión de los Servicios Especiales hubiera necesitado equipo especial de escalada para subir por allí. No había escaleras en ninguna parte. Tampoco daba la sensación de moverse como un tubo impulsor normal…, francamente, yo los evito siempre que puedo; me producen náuseas.
—Yo nunca he utilizado ninguno, y jamás los utilizaré —dijo Jubal con firmeza.
—Ése no le hubiera importado. Era como flotar hacia arriba de una forma tan suave como una pluma.
—No yo, Ben. Desconfío de las máquinas. Muerden. Sin embargo —añadió—, debo admitir que la madre de Mike fue uno de los mejores ingenieros de todos los tiempos y su padre, su auténtico padre, un piloto número uno y un competente ingeniero, o mejor…, y ambos en el nivel de genios. Si Mike ha mejorado los tubos impulsores hasta adaptarlos para los humanos, no debería sorprenderme.
—Es posible. Subí hasta lo más alto y fui depositado sin tener que mover un dedo ni depender de las redes de seguridad…, a decir verdad no vi ninguna. Crucé nuevas puertas automáticas que se abrieron para mí, y desemboqué en una enorme sala de estar. ¡Enorme! Con un mobiliario extraño y más bien austero. Y aún hay quien opina que usted tiene aquí una casa rara, Jubal.
—No puedo imaginar por qué. Sólo es sencilla y cómoda.
—Bueno, comparada con esa cosa extraña que tiene Mike, esta casa no es más que la Escuela Particular para Señoritas Refinadas de Tía Jane. Apenas había entrado allí cuando vi lo primero, y no pude creerlo. Una chica, tatuada desde la barbilla hasta la punta de los pies…, y sin ninguna otra maldita cosa encima. Demonios, ni siquiera una hoja de parra…, y estaba tatuada por todas partes. ¡Algo fantástico!
—Es usted un patán metropolitano, Ben —dijo Jubal tranquilamente—. Hace años conocí a una dama tatuada. Una muchacha encantadora. Intensa en algunos aspectos. Pero dulce.
—Bueno… —concedió Ben—, sólo le estaba dando mi primera impresión. Esa chica también es estupenda, una vez uno se ajusta al suplemento gráfico…, y al hecho de que siempre va con una serpiente encima. En realidad es ella quien las cría, no Mike.
Jubal agitó la cabeza.
—Me pregunto si por casualidad no será la misma mujer. Las mujeres cubiertas de tatuajes suelen ser más bien escasas estos días. Pero la dama que conocí, hará ahora treinta años…, demasiado mayor para ser ésa, supongo…, sufría el habitual y vulgar pánico a las serpientes, en exceso, incluso. Sin embargo, a mí me encantan las serpientes. Siento curiosidad por conocer a su amiga; espero poder hacerlo.
—Lo hará cuando visite a Mike. Ella es una especie de mayordomo suyo…, y una sacerdotisa, si me perdona la expresión. Su nombre es Patricia…, pero la llaman «Pat» o «Patty».
—¡Ah, sí! Jill me ha hablado de ella; la tiene en gran estima. Sin embargo, nunca me mencionó los tatuajes. Probablemente no creyó que fuera importante. O quizá no era asunto mío.
—Pues tiene poco más o menos la edad adecuada para ser esa amiga suya. Cuando dije «chica» le estaba dando mi primera impresión. A primera vista aparenta tener veintitantos años; pero ella asegura que ésa es la edad de su hijo mayor. Sea como sea, la verdad es que acudió al trote a mi encuentro, toda ella una gran sonrisa, me echó los brazos al cuello y me besó. «Tú eres Ben, lo sé. ¡Bienvenido, hermano! ¡Te ofrezco agua!»
»Usted ya me conoce, Jubal. Llevo en el periodismo ya no sé cuántos años, y he rodado por todos lados. Pero nunca había sido besado por una chica totalmente desconocida, vestida sólo con tatuajes…, y que estaba decidida a ser tan amigable y afectuosa como un cachorrillo de collie. Me sentí azorado.
—Pobre Ben. Me sangra el corazón.
—¡Maldita sea, a usted le habría ocurrido exactamente lo mismo!
—No. Recuerde, yo ya conocí a una dama tatuada. Los tatuajes hacen que se sientan completamente vestidas…, y casi se resienten de tener que ponerse ropa encima. O al menos, así era por lo que se refiere a mi amiga Sedako. Era japonesa. Claro que los japoneses no tienen la misma conciencia del cuerpo que tenemos nosotros.
—Bueno —murmuró Ben—, Pat no tiene tampoco exactamente conciencia de su cuerpo…, sólo de sus tatuajes. Cuando muera quiere que la disequen, desnuda, como homenaje a George.