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—¿Qué nombre ha dicho? —interrumpió Jubal.

—Dawn Ardent…, nacida Higgins, si quiere ser tan exigente.

—La conozco.

—Ya sé que la conoce, pretendido chivo retirado. Ella pierde la chaveta por usted.

Jubal negó con la cabeza.

—Aquí hay algún error. La «Dawn Ardent» a la que me refiero apenas intercambió unas palabras conmigo, hará cosa de dos años. No es posible que se acuerde de mí.

—Le recuerda. Compra todos sus bodrios comerciales baratos en cinta, bajo todos los seudónimos que ha sido capaz de rastrear. Se va a dormir con ellos, normalmente, y le proporcionan sueños felices. O eso dice ella. Además, no hay la menor duda de que sabe quién es usted. Esa gran sala de estar, y el Nido propiamente dicho, tiene sólo una pieza de adorno, si me disculpa la palabra: una fotografía a tamaño natural, en color, de su cabeza. Da la impresión de que le hubieran decapitado, y su rostro exhibe una sonrisa espantosa. Se trata de una instantánea que Duque le tomó a escondidas.

—¡Maldito mocoso!

—Jill se lo pidió, a espaldas de usted.

—¡Dos mocosos, entonces!

—Señor, habla usted de la mujer a la que quiero…, aunque no soy el único dentro de esa distinción. Fue Mike quien la convenció. Agárrese, Jubaclass="underline" es usted el santo patrón de la Iglesia de Todos los Mundos.

Jubal puso cara de horror.

—¡No pueden hacerme eso!

—Ya lo han hecho. Pero no se preocupe; no es oficial, y no se ha hecho público. Pero Mike le atribuye a usted todo el mérito, dentro del Nido y sólo entre los hermanos de agua, de haber instigado todo el espectáculo. Dice que le explicó tan bien las cosas que finalmente fue capaz de imaginar cómo adaptar la teología marciana a la idiosincrasia de los humanos.

Jubal pareció a punto de vomitar. Ben siguió:

—Me temo que no puede evitarlo. Pero, además, Dawn opina que es usted hermoso. Aparte esa absurda peculiaridad, sin embargo, es una mujer inteligente…, y absolutamente encantadora. Pero me estoy desviando del tema. Mike nos vio enseguida, saludó con la mano y dijo: «¡Hola, Ben! Luego nos vemos…», y siguió su plática.

»Jubal, no voy a intentar citarle; hubiera debido usted oírle. No parecía un sermón, y no llevaba ropas místicas…, sólo un traje de lino sintético blanco, elegante y bien cortado. Sonaba como un maldito vendedor de coches usados, de los buenos. Soltaba chistes y explicaba parábolas…, nada de ello puritano precisamente, pero nada tampoco realmente obsceno. Su esencia era una especie de panteísmo. Una de las parábolas era aquel viejo cuento de la lombriz que, mientras está cavando, tropieza con otra y exclama: «¡Oh, qué hermosa eres! ¡Qué encantadora! ¿Quieres casarte conmigo?» Y la otra responde: «No seas tonta, ¿no ves que soy tu otra punta?». ¿No lo había oído antes?

—¿Oírlo? ¡Yo lo escribí!

—No me había dado cuenta de que fuera tan viejo. Mike le saca mucho partido. Su idea es que, cuando alguien se encuentra con otro ser asimilante… Bien, él no dice «asimilante» en este punto…, cualquier otro ser vivo, hombre, mujer o gato extraviado, lo que hace uno es encontrarse con su «otra punta», y el universo es sólo algo pequeño que zurramos entre todos la otra noche para entretenernos y luego acordamos olvidar la broma. Todo ello planteado de una forma muy recubierta de azúcar, y con un extremo cuidado de no pisarles los pies a los competidores.

Jubal asintió y se mostró huraño.

—Solipsismo y panteísmo. Unidos pueden explicarlo todo. Cancelan cualquier hecho inconveniente, reconcilian todas las teorías e incluyen todas las realidades e ilusiones que uno quiera nombrar. El problema es que sólo son algodón de azúcar: todo gusto y ninguna sustancia, y tan insatisfactorios como resolver un relato diciendo: «…y entonces el niño cayó de la cama y despertó; sólo era un sueño».

—No la tome conmigo sobre esto; tómela con Mike. Pero créame, hacía que sonara convincente. Una vez se interrumpió y dijo: «Debéis estar aburridos de tanta charla…», y le gritaron: «¡No!»… Se lo digo, los tenía realmente en un puño. Pero alegó que su voz estaba cansada y que, de todos modos, dentro de una Iglesia tenía que haber milagros y aquello era una Iglesia, aunque no tuviera ninguna hipoteca. «Dawn, tráeme la caja de los milagros». Y entonces hizo un asombroso juego de manos… ¿Sabía que actuó de mago en una feria?

—Supe que había estado en una. Pero nunca me aclaró la naturaleza exacta de su vergüenza.

—Es todo un mago prestidigitador; hizo trucos que me dejaron confuso. Claro que no hubiera importado aunque les hubiera hecho tan sólo los trucos con las cartas que aprenden los niños; los tenía en el bolsillo. Finalmente se detuvo y dijo, como disculpándose: «Se espera que el Hombre de Marte haga maravillas…, así que realizo algunos milagros en cada reunión. No puedo evitar ser el Hombre de Marte; es algo que me ocurrió. Pero los milagros pueden ocurriros a vosotros también, si los deseáis. No obstante, para poder ver algo más que estos milagros de vía estrecha, tenéis que entrar en el Círculo. Me entrevistaré luego con aquellos que quieran aprender de veras. Que pasen las tarjetas».

Ben se aclaró la garganta.

— Patty me explicó lo que Mike estaba haciendo realmente: «Esta muchedumbre no son más que primos, querido…, personas que han venido atraídas por la curiosidad o quizá impulsadas por algunos de los nuestros que ya alcanzaron uno de los círculos internos». Jubal, Mike tiene la cosa organizada en nueve círculos, como los grados de iniciación de una logia…, y a nadie se le dice que hay otro círculo más interior hasta que ha madurado lo suficiente como para ingresar en él. «Ésta es la presentación que hace Mike del asunto», me dijo Patty, «y la hace tan fácilmente como respirar, mientras sondea al mismo tiempo a los asistentes y los evalúa, se mete dentro de sus cabezas y decide cuáles de ellos son posibles candidatos. Quizá uno de cada diez. Por eso se extiende tanto. Duque está detrás de aquella verja, y Michael le dice a qué primos evaluar, dónde se sientan y todo lo demás. Michael le transmite esa información…, y despide a los que no le interesan. Dawn se encarga de esa parte, después de recibir el diagrama de los asientos de Duque».

—¿Cómo arreglan eso? —preguntó Harshaw.

—No lo vi, Jubal. ¿Importa? Hay una docena de medios para separar del rebaño a los que les interesan, siempre que Mike sepa quiénes son y haya elaborado alguna forma de señalárselo a Duque. Patty afirma que es clarividente y lo dice con el rostro muy serio. Y… ¿sabe?, yo no descartaría esa posibilidad. Pero inmediatamente después pasaron la colecta. Mike ni siquiera lo hizo al estilo habitual de las iglesias, con música suave y dignos monaguillos. Dijo que nadie creería que aquello era un servicio religioso si no había colecta…, así que la incluía, pero con una diferencia. Uno podía poner o coger dinero…, cada cual a su gusto.

Y así, Dios me ayude, pasaron una colección de cestitos ya llenos de dinero. Mike no dejaba de decirles que esto era lo que había dejado la última congregación que se había ido, así que cada cual se sirviera, en el caso de estar sin un centavo o hambriento y lo necesitara. Pero que si consideraban que debían dar algo, que lo diesen. Que compartieran con los demás. Simplemente que hicieran una cosa o la otra…, que pusieran algo o cogieran algo. Cuando lo vi, pensé que había descubierto un sistema más para desembarazarse de parte del dinero que le sobra.

—No estoy seguro de que pierda dinero en eso —dijo Jubal, pensativo—. Ese truco, adecuadamente planteado, debería dar como resultado que más gente diera más…, con sólo unos pocos tomando algo. Y probablemente muy pocos. Diría que es muy difícil que alguien meta la mano y coja dinero cuando la gente a ambos lados está dándolo…, a menos que lo necesite realmente.