—¿Por qué insiste en la falsificación?
—¡Maldita sea, trato de juzgar imparcialmente!
—Entonces no se eche tan atrás, que está a punto de caerse de espaldas. Procure emular a Anne.
—Yo no soy Anne. En aquel momento me abstuve de juzgar; no hice más que reclinarme en mi asiento y disfrutar del espectáculo. Ni siquiera me irritó el que no pudiera comprender la mayor parte de lo que se decía; tenía la sensación de que pese a todo captaba su música. Mike ejecutó un sinfín de milagros…, o números de ilusionismo. Levitaciones, y cosas así. No me sentí crítico. Estaba dispuesto a disfrutar de aquello como si fuera un buen espectáculo. Patty se dirigió hacia el extremo del auditorio después de susurrarme que yo continuase donde estaba.
»—Michael acaba de decirles que todo aquel que no se sienta preparado para ingresar en el círculo siguiente deberá retirarse ahora —me informó.
»—Entonces será mejor que me marche yo también —le dije.
»—Oh, no, querido —me contestó—. Tú perteneces al Noveno Círculo…, ya lo sabes. Sigue ahí sentado, vuelvo enseguida —y se fue.
»No creo que nadie se marchara. Aquel grupo estaba formado por miembros del Séptimo Círculo que estaban a punto de ascender. Casi sin que me diera cuenta, las luces volvieron a encenderse…, ¡y allí estaba Jill!
»Jubal, definitivamente, aquello no parecía estereovisión. Jill se me quedó mirando y me sonrió. Oh, ya sé, si un actor contempla directamente la cámara, sus ojos se encuentran con los tuyos, no importa dónde estés sentado. Pero si Mike había arreglado aquello también, debería patentar el sistema. Jill llevaba un atuendo de lo más extraño: de sacerdotisa, supongo, pero no como los otros. Mike empezó a decir algo, para ella y para nosotros, parcialmente en inglés; algo sobre la Madre de Todos, la unidad de muchos, y empezó a llamarla con una serie de nombres… Y con cada nombre, su vestido cambiaba.
Ben Caxton se puso rápidamente alerta cuando las luces se encendieron detrás del sumo sacerdote y vio a Jill Boardman allí de pie, por encima y detrás del sacerdote. Parpadeó y se aseguró que no había sido engañado por la luz y la distancia. ¡Era Jill! Le miraba directamente y le sonreía. Medio escuchó la invocación mientras pensaba que había estado convencido de que el espacio que había detrás del Hombre de Marte era seguramente un tanque estéreo, o algún artilugio parecido. Pero casi podría jurar que era capaz de avanzar unos cuantos pasos y pellizcarla.
Estuvo tentado de hacerlo, pero se recordó que sería una sucia faena que arruinaría el espectáculo de Mike. Lo mejor era aguardar a que Jill estuviese libre.
—¡Cibeles!
…y el atuendo de Jill cambió bruscamente.
—¡Isis!
…de nuevo.
—¡Gea!… ¡Devi!… ¡Ishtar!… ¡Maryam!
—¡Madre Eva! ¡Mater Deum Magna! Amorosa y amada. Vida imperecedera…
Caxton dejó de escuchar las palabras…, porque Jill fue de pronto la Madre Eva, revestida sólo con su propia gloria. La luz se diseminó, y vio que ella estaba relajadamente de pie en un Jardín, al lado de un árbol en el que había enroscada una gran serpiente.
Jill sonrió a todos, se volvió un poco, alargó la mano y acarició la cabeza de la serpiente… Luego se volvió de espaldas y abrió los brazos a todos ellos.
El primero de los candidatos avanzó para entrar en el Jardín.
Patty regresó y tocó a Caxton en el hombro.
—Ya estoy de vuelta. Ven conmigo, querido.
Caxton se mostró reluctante. Deseaba quedarse y beber de la gloriosa visión de Jill…, deseaba hacer más que eso; deseaba unirse a la procesión e ir adonde ella fuese. Pero se puso en pie y se dirigió hacia la salida con Patricia. Volvió la cabeza, y vio a Mike a punto de abrazar y besar a la primera mujer de la fila. Se volvió para seguir a Patricia, y eso le impidió ver que la túnica de la candidata se desvanecía cuando Mike la besó…, y tampoco vio lo que sucedió a continuación, cuando Jill besó al primer candidato masculino para su elevación al Octavo Círculo…, y la túnica de éste desapareció también.
—Iremos dando una vuelta —explicó Patty— para darles tiempo a salir de aquí y entrar en el Templo del Octavo Círculo. Oh, no haría ningún daño interrumpirles; pero luego Michael tendría que perder tiempo volviendo a ponerlos en la debida disposición de ánimo…, ¡y trabaja tanto ya!
—¿Adónde vamos ahora?
—A recoger a Cariñito. Luego volveremos al Nido, a menos que quieras tomar parte en la iniciación del Octavo Círculo. Puedes hacerlo, ¿sabes?, puesto que perteneces al Noveno Círculo. Pero todavía no has aprendido marciano; te parecería todo muy confuso.
—Bueno…, me gustaría ver a Jill. ¿Cuándo estará libre?
—Oh, sí: me indicó que te dijera que luego subirá a verte. Por aquí, Ben.
Se abrió una puerta, y Ben se encontró en el jardín que había visto antes. La serpiente todavía estaba enroscada en el árbol; alzó la cabeza cuando ellos se le acercaron.
—¡Ven, aquí, preciosa! —dijo Patricia—. Eres la buena chica de mamá… —desenroscó con suavidad a la boa y la introdujo en un cesto, con la cola por delante—. Duque la trae por mí, pero yo tengo que enrollarla y decirle que no se marche del árbol. Has tenido suerte, Ben; una transición del Séptimo al Octavo no ocurre muy a menudo…, Michael no la celebra hasta que no hay suficientes candidatos para acumular y mantener la disposición de ánimo necesaria. Incluso hubo un tiempo en el que utilizábamos gente del Círculo Íntimo para ayudar a los primeros candidatos a pasar de nivel.
Ben llevó por Patty el cesto con Cariñito hasta que alcanzaron el nivel superior, y así supo que una serpiente de cuatro metros es toda una carga: el cesto tenía asas de hierro, y las necesitaba. Tan pronto como llegaron arriba, Patricia se detuvo.
—Déjala en el suelo, Ben —se quitó la túnica y se la tendió, luego sacó la serpiente y se la enrolló en torno del cuerpo—. Ésta es la recompensa de Cariñito por haber sido buena chica; siempre espera abrazarse a mamá. Tengo que dar una clase dentro de un momento, así que la llevaré hasta el último segundo. No es correcto decepcionar a una serpiente; son como niños pequeños. Son incapaces de asimilar en toda su amplitud, excepto que Cariñito asimila a mamá…, y a Michael, por supuesto.
Recorrieron unos cincuenta metros hasta la entrada del Nido propiamente dicho, y a su puerta Patricia dejó que Ben le quitara sus sandalias después de hacer lo mismo con sus propios zapatos. Ben se preguntó cómo podía mantenerse en equilibrio sobre un solo pie bajo tal carga…, y observó asimismo que en algún momento se había quitado también sus medias o calcetines…, sin duda cuando estaba fuera, arreglando la aparición de Cariñito en el escenario.
Entraron, y ella fue con él, aún envuelta en la gran serpiente, mientras Ben volvía a quedarse en calzoncillos…, y dudaba mientras lo hacía, tratando de decidir si debía desprenderse de ellos también. Había visto ya lo suficiente como para tener la razonable certeza de que llevar encima ropa —alguna ropa— dentro del Nido, era algo tan fuera de esas convenciones —y posiblemente tan grosero— como salir a una pista de baile con botas claveteadas. El amable aviso sobre la puerta de salida, el hecho de que en el Nido no había ventanas de ninguna clase, su confort como de seno materno, la falta de atuendo de Patricia, más el hecho de haberle sugerido —aunque no insistido— que la imitase… Todo señalaba hacia un inconfundible esquema de nudismo doméstico entre personas que eran al menos nominalmente sus propios «hermanos de agua», aunque no conociera a la mayoría de ellos.