Había hallado otras confirmaciones además de Patricia. No había tomado mucho como modelo su conducta, bajo la vaga sensación de que una dama tatuada podía muy bien tener extrañas costumbres respecto a la forma de vestir. Pero al entrar en la sala de estar se cruzaron con un hombre que se encaminaba en la otra dirección, hacia los baños y los «niditos»…, y Patricia le ganaba al menos por una serpiente y un montón de dibujos. Les saludó con un «tú eres Dios» y continuó su camino, al parecer tan acostumbrado a aquello como la propia Patricia. Pero —se recordó Ben— su «hermano» no había parecido tampoco sorprendido de que Ben fuera vestido.
En la sala de estar había más pruebas. Un cuerpo echado boca abajo en un sofá al otro lado de la estancia: una mujer, le pareció a Ben, aunque no quiso volver a mirar después de que una rápida ojeada le confirmara que también iba desnuda.
Ben Caxton se había considerado siempre bastante liberal respecto a tales cosas. Consideraba simplemente una cosa sensata el nadar sin bañador. Sabía que muchas familias iban tranquilamente desnudas por el interior de sus hogares…, y ésta era una familia, más o menos, aunque él no había sido educado en esas costumbres. En una ocasión había dejado que una chica le invitara a un campo nudista, y no se había sentido particularmente turbado luego de los primeros cinco minutos o así; simplemente lo había considerado como una forma estúpida de buscarse un montón de problemas para gozar de los dudosos placeres de las plantas urticantes, los arañazos y la insolación general que lo habían mantenido en cama durante todo un día luego.
Pero ahora se encontraba equilibrado en una perfecta indecisión, incapaz de tomar una resolución entre la probable cortesía de quitarse su simbólica hoja de parra… y la más fuerte probabilidad —la certeza, decidió— de que, si lo hacía así y entraban desconocidos convenientemente vestidos y seguían así, ¡se sentiría como un maldito estúpido! Demonios, incluso era posible que se ruborizara…
—¿Qué hubiera hecho usted, Jubal? —preguntó.
Harshaw alzó las cejas.
—¿Pretende que me muestre impresionado, Ben? He visto cuerpos humanos desnudos, profesionalmente y bajo otros aspectos, durante la mayor parte de un siglo. A menudo es agradable a la vista, con frecuencia resulta deprimente…, y nunca es significativo de por sí. Todo depende del valor subjetivo que le agregue el que lo contempla. Asimilo que Mike gobierna su casa siguiendo las líneas nudistas. ¿Debo lanzar gritos de júbilo, o ponerme a llorar? Ninguna de las dos cosas. Me deja indiferente.
—Maldita sea, Jubal, es muy fácil para usted permanecer sentado aquí y mostrarse olímpico acerca de ello: nunca se encontró enfrentado a la elección. Pero jamás le he visto a usted quitarse los pantalones en compañía.
—Ni es muy probable que me vea hacerlo. «Otros tiempos, otras costumbres». Pero asimilo que no se sentía usted motivado por la modestia. Sufría el miedo morboso de parecer ridículo…, una fobia muy conocida que tiene un largo nombre pseudogriego con el cual no tengo intención de aburrirle.
—¡Tonterías! Simplemente, no estaba seguro de que fuese educado hacerlo.
—Tonterías usted, señor. Sabía muy bien que era educado, pero temía parecer tonto. O posiblemente le asustaba la idea de ser atrapado inadvertidamente en pleno reflejo galante. Pero me parece asimilar que Mike tenía una razón para instituir tal costumbre en su casa; Mike siempre tiene razones para todo lo que hace, aunque algunas de ellas me parezcan extrañas.
—Oh, sí. Tenía sus razones. Jill me las dijo.
Ben Caxton estaba de pie en el vestíbulo, de espaldas a la sala de estar y con las manos en sus calzoncillos, tras decirse, no muy firmemente, que lo mejor que podía hacer era lanzarse de cabeza y ver lo que pasaba…, cuando unos brazos se cerraron cariñosamente en torno de su cintura desde su espalda.
—¡Ben, encanto! ¡Qué maravilloso tenerte aquí!
Se volvió, y Jill estuvo en sus brazos; su boca cálida y ansiosa se aplastó contra la de él…, y Ben se sintió muy feliz de no haber terminado de desnudarse. Porque ella ya no era «Madre Eva»; ahora llevaba una de las largas y envolventes túnicas de sacerdotisa. No obstante, se dio cuenta con gran satisfacción de que tenía entre sus brazos a una muchacha llena de vitalidad, cálida y ondulante; su atuendo sacerdotal no era un mayor impedimento del que hubiera sido una delgada bata, y sus sentidos —tanto táctiles como cinestésicos— le dijeron que el resto era Jill.
—¡Vaya! —dijo Jill, interrumpiendo por fin el beso—. Te he echado de menos, viejo bruto. Tú eres Dios.
—Tú eres Dios —concedió él—. Jill, estás más hermosa que nunca.
—Sí —admitió ella—. Y te lo debo a ti. No sabes el estremecimiento de felicidad que me recorrió cuando te vi en la apoteosis.
—¿La apoteosis?
—Jill se refiere —intervino Patricia— a la parte final del servicio, en el que ella es la Madre de Todos, Mater Deum Magna. Muchachos, debo apresurarme.
—Nunca te apresures, Patty cariño.
—Debo darme prisa, y así no tendré que apresurarme. Ben, tengo que poner en su cama a Cariñito y bajar a dar mi clase; así que dame el beso de buenas noches ahora, ¿quieres?
Ben se encontró dándole el beso de buenas noches a una mujer con una serpiente gigante enrollada en su cuerpo, y decidió que podía pensar en mejores formas de hacerlo…, digamos llevando una armadura completa. Pero intentó ignorar a Cariñito y trató a Patty como merecía ser tratada.
Jill besó a Pat y dijo:
—Párate y dile a Mike que aguarde hasta que yo llegue allí, por favor.
—Lo hará de todos modos. Buenas noches, queridos —se marchó, sin precipitaciones.
—Ben, ¿no es una ovejita?
—Ciertamente que lo es. Aunque confieso que al principio me desconcertó.
—Asimilo. Pero no es porque esté tatuada ni por sus serpientes, lo sé. Patty te dejó turbado, deja turbado a todo el mundo, porque nunca tiene dudas; siempre hace automáticamente lo que se tiene que hacer. Se parece mucho a Mike. Está mucho más adelantada que cualquiera de nosotros. Debería ser suma sacerdotisa, pero no quiere aceptar el nombramiento porque sus tatuajes dificultarían el cumplimiento de algunas de sus tareas, y como mínimo serían una distracción para los demás…, y no desea quitárselos.
—¿Cómo podría quitarse tantos dibujos? ¿Con un cuchillo de desollar? La mataría.
—Nada de eso, querido. Mike podría borrárselos por completo, sin dejar huella y sin lastimarla en absoluto. Créeme, querido: podría hacerlo. Pero él asimila que ella cree que no le pertenecen; que no es más que su custodio…, y asimila con ella al respecto. Ven, sentémonos. Dawn preparará la cena para los tres en un momento. Tengo que comer mientras dure la visita, o no podré hacerlo hasta mañana. Eso parece decir muy poco en favor de la dirección, con toda la eternidad por delante… Pero no sabía cuándo te presentarías, y resulta que has llegado en uno de los días más atareados. Pero dime qué opinas de lo que has visto. Dawn me ha contado que asististe también a un servicio de aspirantes.
—Sí.
—¿Y bien?
—Mike —dijo Caxton despacio— sería capaz de venderles zapatos a las serpientes.
—Estoy completamente segura de que podría. Pero nunca lo haría porque sería algo incorrecto…, las serpientes no los necesitan. ¿Qué ocurre, Ben? Asimilo que algo te preocupa.