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Pero no lo lamentaba.

—Dawn… ¿tienes que marcharte? —se puso trabajosamente en pie, la rodeó con sus brazos.

—Debo hacerlo, Ben, querido…, querido Ben —se fundió de nuevo contra él.

—¿Ahora mismo? ¿Con tanta prisa?

—Nunca hay tanta prisa —repuso ella en voz baja.

De pronto la túnica ya no se interpuso entre ellos. Él estaba demasiado aturdido como para preguntarse qué había sido del trapo.

Se despertó por segunda vez, comprobó que la luz del «nidito» estaba encendida a una intensidad suave y se incorporó. Se desperezó, descubrió que se sentía estupendamente y miró a su alrededor en busca de sus calzoncillos. No estaban a la vista, y no había ninguna posibilidad de que estuvieran en algún lugar fuera de la vista. Trató de recordar dónde los había dejado…, y se dio cuenta de que ni siquiera tenía noción de habérselos quitado. Pero seguro que no los llevaba cuando se metió en el agua. Probablemente estarían junto a la piscina en el Templo Íntimo… Tomó nota mental de pasar por allí y recogerlos, salió y encontró un cuarto de baño.

Unos minutos más tarde, afeitado, duchado y fresco, recordó mirar en el Templo Íntimo, pero no vio allí sus calzoncillos. Decidió que alguien —Patty, quizá— los habría puesto cerca de la puerta de salida, donde al parecer todo el mundo dejaba sus ropas de calle. Al final los echó al diablo, y sonrió para sí al darse cuenta de que la noche anterior los había convertido en una cuestión de honor de vieja solterona. Allí en el Nido, los necesitaba tanto como una segunda cabeza.

Ahora que pensaba en ello, no tenía el menor rastro de resaca en la cabeza, pese a que recordaba que había bebido más de unas cuantas copas con Dawn. No se había emborrachado, pero ciertamente había bebido más de lo que se permitía a sí mismo; no era capaz de absorber tanto alcohol como Jubal sin pagar por ello.

A Dawn no parecía afectarle en absoluto el licor, y ésa debía de ser probablemente la causa por la que Ben se había excedido en su cuota habitual. Oh, Dawn… ¡Qué muchacha, qué muchacha! Ni siquiera pareció molestarse cuando, en un instante de confusión emocional, Ben la llamó «Jill»… Más bien pareció complacida.

No encontró a nadie en la amplia sala y se preguntó qué hora sería. No es que le importase un comino, excepto que su estómago le decía que hacía rato que había pasado la hora del desayuno. Se encaminó a la cocina para ver si lograba rebañar algo.

Un hombre que estaba dentro volvió la cabeza al oírle entrar.

—¡Ben!

—¡Vaya! ¡Hola, Duque!

Duque le obsequió con un abrazo de oso y unas cuantas palmadas en la espalda.

— —Dios mío, cuánto me alegro de verte. Tú eres Dios. ¿Cómo te gustan los huevos?

—Tú eres Dios. ¿Eres el cocinero?

—Sólo cuando no puedo encontrar a nadie que lo haga por mí. Tony se encarga casi siempre del trabajo. Pero todos hacemos un poco. Incluso Mike, a menos que Tony le sorprenda y le eche. Mike es el peor cocinero del mundo, con los ojos cerrados —siguió cascando huevos en un plato.

Ben se puso a trabajar.

—Ocúpate del café y las tostadas. ¿Hay salsa Worcestershire por aquí?

—Tú sólo pide, y Pat te lo proporciona. Aquí está —y añadió—. Fui a echarte un vistazo hará como media hora, pero aún estabas aserrando maderos. Desde que llegaste, uno de los dos ha estado siempre atareado y no hemos podido vernos…, hasta ahora.

—¿Qué haces aquí, Duque? Aparte de cocinar cuando no puedes evitarlo…

—Bueno, soy diácono…, y algún día seré sacerdote. Pero soy lento, aunque no es que importe. Estoy estudiando marciano; todo el mundo lo hace. Y soy el arreglatodo de esta casa, lo mismo que cuando estaba con Jubal.

—Hará falta todo un ejército para el mantenimiento de un sitio tan grande como éste.

—Ben, te sorprendería comprobar lo poco que se necesita, aparte de mantener vigiladas las cañerías. Alguna vez deberías ver el sistema único que tiene Mike de arreglar cualquier lavabo que se atasque; no tengo que trabajar gran cosa como fontanero…, y aparte las cañerías, nueve décimas partes de los artilugios del edificio se hallan aquí, en la cocina, y no son tantos como los que había en casa de Jubal.

—Tenía la impresión de que los templos necesitaban mecanismos complicados.

—Oh, no. Casi nada; algunos controles para las luces, eso es todo, y muy sencillos. En realidad —sonrió Duque—, uno de mis trabajos más importantes es el de no trabajar. Soy bombero.

—¿Eh?

—Auxiliar diplomado del servicio contra incendios, tras el correspondiente examen y título, por supuesto, además de inspector sanitario y de seguridad…, y ninguno de esos empleos requiere el menor trabajo. Pero eso significa que no debemos dejar pasar a un extraño a través de este lugar, y no lo hacemos. Asisten a los servicios externos, pero nunca más allá, a menos que Mike les conceda un salvoconducto.

Sirvieron la comida en los platos y se sentaron a una mesa.

—Vas a quedarte, ¿verdad, Ben? —preguntó Duque.

—No puedo, Duque.

—Hum…, había esperado que tuvieras más sentido común que yo. Yo también vine para una corta visita; luego volví a casa y estuve casi un mes como atontado, antes de decidirme a comunicarle a Jubal que me iba y que no regresaría más. No importa que te vayas ahora; volverás. Y no tomes ninguna decisión definitiva antes de Compartir el Agua esta noche.

—¿Compartir el Agua?

—¿No te habló Dawn de ello? ¿Ni Jill?

—Hum…, me parece que no.

—Entonces no lo hicieron. Oh, quizá debería dejar que te lo explicase el propio Mike. Pero no, los demás van a pasarse el día mencionándotelo. Supongo que asimilas lo que significa compartir el agua; eres uno de los Primeros Llamados.

—¿«Primeros Llamados»? Dawn empleó esa expresión.

—Somos ese puñado que nos convertimos en hermanos de agua de Mike sin aprender marciano. Normalmente los demás no comparten el agua ni disfrutan del acercamiento hasta haber pasado del Séptimo Círculo al Octavo…, y por entonces ya han empezado a pensar en marciano. Demonios, algunos de ellos saben más marciano que yo ahora, puesto que soy un «Primer Llamado» y empecé mis estudios cuando ya estaba en el Nido.

»Oh, en realidad no está prohibido…, nada está prohibido…, compartir el agua con alguien que no se encuentre preparado para el Octavo Círculo. Demonios, si deseara hacerlo, podría coger a una muchacha en cualquier bar, compartir el agua con ella, luego llevármela a la cama, y después traerla al Templo y hacer que iniciara su aprendizaje. Pero yo no lo haría. Ése es el detalle: jamás desearía hacer tal cosa. Ben, te haré una predicción llana y simple. Has rondado mucho…, supongo que te has metido en algunas camas de lo más extravagante, con algunas chicas de lo más extravagante…

—Hum. Sí, con algunas.

—Sé malditamente bien que sí. Pero, a partir de ahora, no volverás a meterte en tu vida en la cama con ninguna chica que no sea tu hermano de agua.

—Hum.

—Ya lo verás. Volvamos a hablar de ello dentro de un año, y entonces me dirás. Mike puede decidir que alguien está preparado para compartir el agua antes de que esa persona alcance siquiera el Séptimo Círculo. Tenemos aquí en el Nido a una pareja a la que Mike ofreció agua cuando acababan de entrar en el Tercer Círculo…, y ahora él es sacerdote y ella sacerdotisa: Sam y Ruth.

—No los conozco.

—Los conocerás. Esta noche, a más tardar. Pero Mike es el único que puede estar seguro, tan pronto, de algo así. Muy esporádicamente, Dawn, y a veces Patty, localizan a alguien apto para una promoción y un entrenamiento especiales, pero nunca antes del Tercer Círculo, y estoy completamente seguro de que siempre consultan con Mike antes de seguir adelante. No es que estén obligadas a hacerlo. Normalmente, sin embargo, la cosa se produce en el Octavo Círculo, donde se comparte el agua y se inicia el acercamiento. Luego, más pronto o más tarde, vienen el Noveno Círculo y el Nido en sí…, y ése es el servicio al que nos referimos al aludir a «Compartir el Agua», pese a que estamos compartiendo el agua todo el día. El Nido en pleno asiste a la ceremonia, y el nuevo hermano se convierte en parte integrante del Nido para siempre. En tu caso ya lo eres…, pero nunca habíamos celebrado la ceremonia para ti, así que esta noche se deja todo de lado para darte la bienvenida. Hicieron lo mismo en mi honor… —Duque miró a lo lejos, soñadoramente—. Ben, se trata de la sensación más maravillosa del mundo.