—Aún no sé qué es, Duque.
—Oh…, un sinfín de cosas. ¿Has estado alguna vez en un auténtico luau, de esos que a veces interrumpen los polis y suelen terminar en un par de divorcios?
—Bueno…, sí.
—Pues hermano, en comparación, ¡no son más que un picnic de escuela dominical! Ése es un aspecto del asunto. ¿Estuviste casado alguna vez?
—No.
—Estás casado. Sólo que aún no lo sabes. A partir de esta noche, no habrá duda de ello en tu mente —volvió a mirar de nuevo a lo lejos, felizmente pensativo—. Ben, yo estuve casado antes…, y durante un corto tiempo fue bonito, pero luego se transformó en un constante infierno sobre ruedas. Esta vez me gusta, todo el tiempo. ¡Demonios, me encanta! Y mira, Ben, no pretendo decir que resulta divertido sólo porque me acuesto con un puñado de chicas exuberantes. Las quiero…, quiero a todos mis hermanos, de ambos sexos.
»Toma a Patty…, ¡y lo harás! Patty nos cuida como si fuese nuestra madre…, y no creo que ninguno de nosotros, hombre o mujer, piense que no lo necesita, aunque crea que ya es demasiado crecido para eso. Patty…, bien, Patty es simplemente estupenda. Me recuerda a Jubal…, ¡y ese viejo bastardo haría mejor dejándose caer por aquí y recibiendo la palabra! Mi punto de vista no es sólo que Patty sea femenina. Oh, no trato de esconder la cola y…
—¿Quién trata de esconder la cola? —interrumpió una intensa voz de contralto a sus espaldas.
Duque volvió la cabeza.
—Yo no, ¡elástica pecadora levantina! Acércate, muchacha, y besa a tu hermano Ben.
—Jamás me acusaron de tal cosa en la vida —negó la mujer mientras se deslizaba hacia ellos—. Empieza a retractarte antes de que alguien más empiece a decírmelo —besó a Ben cuidadosa y concienzudamente—. Tú eres Dios, hermano.
—Tú eres Dios. Comparte el agua.
—Nunca tengas sed. Y no hagas caso a lo que diga Duque; a juzgar por su forma de comportarse, debe de haberle dado a la botella ya en la cuna.
Se inclinó sobre Duque y lo besó de una manera todavía más completa, mientras el hombre le palmeaba sus amplios fundamentos. Ben observó que era bajita, regordeta, muy morena y con una mata de denso pelo entre azul y negro que le llegaba casi hasta la cintura.
—Duque, al levantarte, ¿no viste el ejemplar del Ladies' Home Journal? —tendió la mano más allá del hombro de Duque, le arrebató el tenedor y empezó a comerse sus huevos revueltos—. Hum…, están buenos. No los has preparado tú, Duque.
—Ben lo hizo. ¿Para qué iba yo a querer el Ladies' Home Journal?
—Ben, bate un par de docenas más del mismo modo, y yo los revolveré en las pausas. Hay un artículo que quiero enseñarle a Patty, querido.
—Muy bien —aceptó Ben, y se puso en pie para hacerlo.
—Vosotras dos no empecéis a albergar ideas raras con vista a redecorar esta pocilga, o me marcho. ¡Y dejad algunos de esos huevos para mí! ¿Crees que los hombres podemos realizar nuestro trabajo con sólo unas gachas?
—Vamos, vamos, Duque querido. Agua dividida es agua multiplicada. Como estaba diciendo, Ben, las lamentaciones de Duque nunca significan nada: siempre y cuando tenga mujeres suficientes para dos hombres y comida para tres, es un perfecto corderito… —introdujo un tenedor cargado de comida en la boca de Duque—. Deja de hacer muecas, hermano; yo me encargaré de prepararte el segundo desayuno. ¿O será el tercero para ti?
—Ni siquiera es el primero aún; tú te lo has comido. Ruth, le estaba contando a Ben cómo Sam y tú saltasteis con pértiga desde el Tercero hasta el Noveno Círculo. Creo que está un poco intranquilo acerca del Compartir el Agua de esta noche.
Ella engulló el último bocado que quedaba en el plato de Duque, luego se apartó de la mesa e inició los preparativos para ponerse a cocinar.
—Duque, te enviaré algo que no serán gachas. Ahora tómate el café y lárgate. Ben, también yo estaba preocupada cuando llegó mi momento…, pero no tienes por qué preocuparte, querido, porque Michael no comete errores. Perteneces aquí, o no estarías aquí ahora. ¿Piensas quedarte?
—Oh, no puedo. ¿Preparada para el primer lote?
—Échalos. Entonces, ya volverás. Y algún día te quedarás. Duque dice la verdad. Sam y yo saltamos con pértiga…, y casi fue demasiado rápido para una decorosa ama de casa de mediana edad.
—¿De mediana edad?
—Ben, una de las bonificaciones de la disciplina consiste en que, al mismo tiempo que endereza tu alma, también endereza tu cuerpo. Ésa es una cuestión en la que los cristianos científicos también están en lo cierto. ¿Has visto algún frasco de medicinas en alguno de los cuartos de baño?
—Eh… No.
—No hay ninguno. ¿A cuántas personas has besado?
—A varias, al menos.
—En mi calidad de sacerdotisa, yo beso a más que a «varias», créeme. Pero no oirás ni un estornudo en todo el Nido. Yo solía ser una mujer enfermiza, de esas que nunca están bien del todo y son propensas a las «quejas femeninas» —sonrió—. Ahora soy más femenina que nunca, pero peso diez kilos menos, me siento varios años más joven y no tengo nada de qué quejarme… Disfruto siendo mujer. Como Duque trató de adularme: «una pecadora levantina», e incuestionablemente mucho más elástica que antes. Siempre me siento en la posición de loto cuando doy clase, mientras que antes todo lo que podía hacer era inclinarme un poco hacia delante y volver a levantarme, toda mareos y punzadas.
»Pero eso ocurrió aprisa —prosiguió Ruth—. Sam era profesor de lenguas orientales en la universidad de aquí, la ciudad universitaria me refiero. Empezó a acudir al Templo porque era un medio, el único medio, de aprender marciano. Su motivación era estrictamente profesional; la Iglesia le tenía completamente sin cuidado. Y yo le acompañaba para no quitarle el ojo de encima; había oído rumores y era una esposa celosa, mucho más posesiva que la media.
»Y así llegamos al Tercer Círculo, con Sam aprendiendo con rapidez y yo esforzándome en el estudio porque no deseaba perderle de vista. Y entonces, ¡bum!, se produjo el milagro. De pronto empezamos a pensar en marciano, un poco. Michael lo observó y nos hizo quedar una noche después del servicio, y con Gillian nos dieron el agua. Después de eso supe que yo era todas las cosas que despreciaba en las otras mujeres, que debía despreciar a mi marido por dejarme ser así, y le odié por lo que había hecho. Todo ello en inglés, con las peores partes en hebreo. Así que lloré todo el día y gemí y me convertí en un apestoso estorbo para Sam…, y no pude esperar a volver para compartir más agua y acercarme otra vez esa noche.