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Él parpadeó.

—¿Cómo se hace?

—Oh, lo olvidaba. Venga aquí, le ayudaré —le descalzó, le soltó las medias y se las quitó—. Vea, ¿no resulta estupendo?

Smith agitó los dedos de los pies contra la hierba y luego dijo tímidamente:

—¿Pero eso está vivo?

—Claro que está vivo, es auténtica hierba. A Ben le cuesta un riñón mantenerla así. Vaya, sólo los circuitos especiales de alumbrado valen más de lo que yo gano en un mes. Así que camine un poco y deje que sus pies disfruten.

Smith no captó el significado de la mayor parte de las palabras de Jill, pero comprendió que el césped estaba compuesto por seres vivos y que se le invitaba a caminar sobre ellos.

—¿Pisar seres vivos? —inquirió, con un incrédulo horror.

—¿Eh? ¿Por qué no? Eso no hace daño a la hierba; está especialmente desarrollada para servir de alfombra doméstica.

Smith se vio obligado a recordarse que un hermano de agua no podía inducirle a cometer actos inicuos. Se animó a pasear aprensivamente por la estancia… y comprobó que era magnífico y que las criaturas vivas no protestaban. Ajustó su sensibilidad hacia tales cosas tanto como le fue posible; su hermano tenía razón, aquéllos eran los seres adecuados… para caminar sobre ellos. Resolvió englobarlo y evaluarlo, y el esfuerzo fue muy parecido al de un ser humano intentando apreciar los méritos del canibalismo… una costumbre que Smith consideraba perfectamente correcta.

Jill dejó escapar un suspiro.

—Bien, será mejor que dejemos de jugar. No sé cuánto tiempo estaremos seguros aquí.

—¿Seguros?

—No podemos quedarnos aquí, no durante mucho tiempo. Puede que en estos momentos ya estén investigando a todos los que salieron del Centro…

Frunció el entrecejo y pensó. Su casa no servía, este lugar quizá tampoco… y Ben había tenido la intención de llevarlo a Jubal Harshaw. Pero ella no conocía a Harshaw; ni siquiera estaba segura de dónde vivía… En alguna parte del Poconos, había dicho Ben. Bien, tendría que averiguarlo e intentar llamarle; no le quedaba ningún otro lugar al que dirigirse.

—¿Por qué no eres feliz, hermano mío?

Jill salió de sus cavilaciones con un respingo y miró a Smith. ¡Aquel pobre chiquillo ni siquiera se había enterado de lo ocurrido! Hizo un esfuerzo por mirar las cosas desde su punto de vista. Fracasó, pero pudo comprender que Smith no tenía la más remota idea de que estaban huyendo de… ¿de qué? ¿De los policías? ¿De las autoridades del hospital? Jill no estaba completamente segura de lo que había hecho, o de cuántas leyes había violado; simplemente sabía que se había puesto en contra de la voluntad combinada de los Grandes, de la Gente Importante, de los Jefes, de los que tomaban decisiones.

Pero, ¿cómo explicarle al Hombre de Marte contra qué se enfrentaban cuando ni ella misma lo comprendía? ¿Tenían policías en Marte? La mitad de las veces que hablaba con Smith era como si le gritara a un barril de agua de lluvia.

Cielos, ¿tendrían siquiera barriles de agua de lluvia en Marte? ¿O lluvia, por caso?

—No se preocupe —dijo serenamente—. Usted sólo haga lo que yo le diga.

—Sí.

Era una aceptación inmodificada, ilimitada, un eterno voto afirmativo. Jill comprendió de pronto que Smith se arrojaría sin vacilar por la ventana si ella se lo pedía… Y no se equivocaba: hubiera saltado, disfrutando de todos y cada uno de los segundos que hubiera durado la caída desde el piso veinte del edificio, y aceptado sin sorpresa ni resentimiento la descorporización resultante del impacto. Y no era que ignorase el hecho de que esa caída lo mataría; pero el temor a la muerte era una idea absolutamente más allá de él. Si un hermano de agua le seleccionaba para tan extraña descorporización, Smith aceptaría ese destino y trataría de asimilarlo.

—Bueno, no podemos quedarnos aquí dejando que el césped nos haga cosquillas en los pies. Vamos a comer; le pondré otra ropa, y luego nos iremos. Quítese eso que lleva puesto —se fue a revisar el guardarropa de Ben.

Seleccionó para Smith un traje de viaje poco llamativo, gorra, camisa, ropa interior y zapatos; luego regresó a la sala de estar. Smith estaba liado como un gato en un ovillo de lana; había intentado obedecer, pero ahora tenía un brazo aprisionado en el uniforme de enfermera y la cara envuelta en la falda. Ni siquiera había retirado la capa antes de intentar quitarse el vestido.

—¡Oh, querido! —exclamó Jill, y corrió en su ayuda.

Consiguió desembarazarle de aquella ropa, la miró, luego decidió tirarla: ya le pagaría más tarde a Etta Schere por su pérdida, y no deseaba que los polis la encontraran allí… sólo por si acaso.

—Pero va a tomar un baño, mi buen hombre, antes de que le vista con la ropa limpia de Ben. Le han descuidado bastante, ¿sabe? Venga conmigo.

Como enfermera, estaba inmunizada contra los malos olores, pero también (como enfermera) era una fanática del agua y el jabón… y al parecer, por otra parte, nadie se había molestado en bañar a este paciente durante los últimos días. Aunque Smith no olía exactamente mal, le recordaba a un caballo en un día caluroso. Una buena enjabonadura era lo más indicado.

Él la observó llenar la bañera con una expresión de deleite. También había una bañera en el cuarto de baño de la suite donde había estado, pero Smith no había llegado a saber que se utilizaba para contener agua; todo lo que recibió fueron baños de cama, y no muchos; su abundante retraerse a un trance había interferido.

Jill comprobó la temperatura del agua.

—Bien, adentro.

Smith no se movió. En vez de ello pareció confuso.

—¡Aprisa! —dijo secamente Jill—. Métase en el agua.

Las palabras que usó formaban inconfundiblemente parte de su vocabulario humano, de modo que Smith obedeció, sintiendo que las emociones le hacían temblar. ¡Aquel hermano deseaba que introdujese todo su cuerpo en el agua de vida! Jamás le había sido ofrecido tal honor… Por todo lo que sabía, nadie había recibido nunca un privilegio tan sagrado. Sin embargo, empezaba a comprender que esta otra gente estaba bastante familiarizada con el líquido vital… Era un hecho no asimilado todavía, pero que debía aceptar.

Metió un tembloroso pie en el agua, luego el otro… y se dejó resbalar hasta que el agua le cubrió por completo.

—¡Hey! —chilló Jill, y adelantó la mano y sacó la cabeza y los hombros de Smith a la superficie… Entonces se sobresaltó al notar que parecía estar manejando un cadáver. ¡Santo Dios! No podía ahogarse, no en estos momentos. La idea la aterrorizó, y lo sacudió violentamente—. ¡Smith! ¡Despierte! Salga de eso…

Smith oyó la llamada de su hermano desde una gran distancia y regresó. Sus ojos dejaron de estar vidriosos, su corazón aceleró los latidos y su respiración se reanudó.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Jill.

—Perfectamente. Soy muy feliz… hermano mío.

—Me dio un susto de muerte. Mire, no vuelva a meterse otra vez bajo el agua. Continúe sentado como está ahora.

—Sí, hermano.

Smith añadió varias palabras en un curioso croar ininteligible para Jill, cogió agua en el cuenco de ambas manos como si fuera un puñado de piedras preciosas y se la llevó a los labios. Su boca tocó el líquido, luego se lo ofreció a Jill.

—¡Hey, no beba el agua sucia del baño! No, yo tampoco quiero.

—¿No bebe?

Su actitud de persona dolida e indefensa fue tan conmovedora que de nuevo Jill no supo qué hacer. Dudó, luego inclinó la cabeza, y rozó apenas con los labios el agua de la ofrenda que quedaba en las manos de Smith.