—Muy bien. ¿De quién?
—Hum… Allie, ¿puedo confiar en usted?
Madame Vesant pareció dolida.
—Agnes, si no confía usted en mí, más vale que se abstenga de consultarme. Hay otros que pueden proporcionarle lecturas científicas. Yo no soy la única estudiante del antiguo conocimiento. Tengo entendido que el profesor Von Krausemeyer está bien preparado, aunque a veces se muestra inclinado a… —dejó que su voz muriera.
—¡Por favor, por favor! ¡Por supuesto que confío en usted! Ni por un momento se me ha ocurrido la idea de que alguna otra persona realice un cálculo para mí. Ahora, escuche atentamente: ¿nadie puede oír de su lado lo que yo le diga?
—Por supuesto que no, querida.
—Quiero que haga un horóscopo de Valentine Michael Smith.
—«Valentine Mich…» ¿El Hombre de Marte?
—Sí. Allie, ha sido secuestrado. Tenemos que encontrarle.
Unas dos horas más tarde, Madame Alexandra Vesant se echó hacia atrás en su mesa de trabajo y suspiró. Había hecho que su secretaria cancelase todas las citas, y estaba realmente cansada; varias hojas de papel cubiertas con diagramas y cifras, y un almanaque náutico gastado y con las páginas dobladas, eran testigos ante ellas de sus esfuerzos. Alexandra Vesant difería de algunos otros astrólogos practicantes en que realmente intentaba calcular las «influencias» de los cuerpos celestes utilizando un maltratado libro en rústica titulado La Ciencia Arcana de la Astrología Judicial y Clave para la Piedra Salomónica, que había pertenecido a su difunto esposo, el Profesor Simón Magus, un reputado mentalista, hipnotizador e ilusionista teatral y estudioso de las artes ocultas.
Confiaba en el libro del mismo modo que había confiado en él; no había nadie capaz de trazar un horóscopo como Simón, cuando estaba sobrio. La mitad de las veces ni siquiera tenía necesidad de recurrir al libro; se lo sabía de memoria. Ella sabía que nunca alcanzaría aquel grado de habilidad, así que siempre recurría al almanaque y al manual. Sus cálculos eran a veces un tanto confusos; Becky Vesey (como era conocida cuando niña) nunca llegó a aprender de memoria la tabla de multiplicar, y confundía a menudo los sietes y los nueves.
Pese a todo, sus horóscopos resultaban eminentemente satisfactorios; la señora Douglas no era su único cliente distinguido.
Pero esta vez había sentido el roce del pánico cuando la esposa del secretario general le pidió que elaborara un horóscopo del Hombre de Marte. Experimentó la misma sensación que la acosaba cada vez que un idiota del público insistía en hacer un nudo de más a la venda que le cubría los ojos poco antes de que el Profesor empezara a formular sus preguntas. Pero había descubierto, ya de niña, que poseía un talento innato cuando estaba en un escenario para dar la respuesta adecuada; era sólo cuestión de reprimir el pánico y seguir adelante con el espectáculo.
Así que le había pedido a Agnes la hora exacta, la fecha y el lugar de nacimiento del Hombre de Marte, completamente segura, o casi, de que tales datos no le podrían ser proporcionados.
Pero la información le fue suministrada, y con detalles muy precisos, tras una breve demora…, todo ello procedente del diario de a bordo de la Envoy. Por aquel entonces el pánico había desaparecido, y simplemente aceptó la información y prometió llamar tan pronto como tuviese los horóscopos a punto.
Pero ahora, tras dos horas de penosa aritmética, aunque había completado nuevos descubrimientos relativos al señor y a la señora Douglas, no había ido más lejos con Smith de lo que tenía cuando empezó. El problema era muy simple… e insuperable: Smith no había nacido en la Tierra.
Su biblia astrológica no incluía la idea de seres humanos nacidos en otra parte que en la Tierra; su anónimo autor vivió y murió mucho antes de que se lanzara el primer cohete a la Luna. Había intentado muy intensamente hallar una salida lógica para aquel dilema, basándose en el supuesto de que todos los principios estaban incluidos en el manual y que lo único que tenía que hacer era hallar una forma de efectuar las correcciones impuestas por el desplazamiento lateral. Pero se había extraviado en un laberinto de afinidades con las que no estaba familiarizada; cuando pensó a fondo en el asunto descubrió que ni siquiera estaba segura de que los signos del Zodíaco fueran los mismos vistos desde Marte…, ¿y qué podía hacer una sin los signos del Zodíaco?
Con la misma facilidad hubiera podido intentar extraer una raíz cúbica, que había sido el escollo insalvable que la obligó a abandonar la escuela.
Sacó del fondo de un cajón un tónico que guardaba a mano para tales situaciones difíciles. Se tomó rápidamente una dosis, midió una segunda y meditó acerca de lo que habría hecho Simón en tales circunstancias. Al cabo de un rato casi le fue posible oír su tranquilo y firme tono de voz: «¡Confianza, muchacha, confianza! Ten confianza en ti misma, y los patanes tendrán confianza en ti. Te debes a ellos».
Se sintió mucho mejor entonces, y empezó a redactar los resultados de los dos horóscopos para los Douglas. Una vez hecho esto, se dio cuenta de que también le resultaba sencillo escribir uno para Smith, y descubrió, como hacía siempre, que las palabras sobre el papel tenían una fuerza de convicción propia…, ¡eran tan hermosamente ciertas! Estaba acabando ya cuando Agnes Douglas llamó de nuevo.
—Allie, ¿aún no ha terminado?
—Justo en este momento —repuso Madame Vesant con enérgica confianza—. Supongo que se dará cuenta de que el horóscopo de ese joven Smith presentaba un problema inusual y muy difícil para la Ciencia. El hecho de haber nacido en otro planeta me ha obligado a recalcular todos los aspectos y actitudes. La influencia del Sol resulta disminuida; la influencia de Diana desaparece casi por completo. Júpiter irrumpe en un aspecto nuevo, quizá me atrevería a decir único, como estoy segura que comprenderá perfectamente. Esto ha requerido una serie de cálculos que…
—¡Allie! No importa eso. ¿Conoce las respuestas?
—Naturalmente.
—¡Oh, gracias a Dios! Temí que quizá estaba intentando decirme que la tarea era demasiado para usted.
Madame Vesant se mostró sinceramente ofendida en su dignidad.
—Querida mía, la Ciencia es inalterable; sólo se alteran las configuraciones. Los medios que predijeron el instante y el lugar exactos del nacimiento de Cristo, que le dijeron a Julio César el momento y la forma de su muerte…, ¿cómo podrían fallar ahora? La verdad es la verdad, inmutable.
—Sí, por supuesto.
—¿Está usted preparada para la lectura?
—Déjeme poner en marcha la grabadora… Adelante.
—Muy bien. Agnes, se halla usted en el período más crítico de su vida; sólo dos veces antes habían presentado los cielos una configuración tan fuerte. Por encima de todo tiene que conservar la calma, no precipitarse, meditar a fondo las cosas. En su conjunto los portentos se le muestran favorables, siempre y cuando no luche usted contra ellos y evite todo acto ejecutado sin previa consideración. No permita que su mente se inquiete ante las apariencias superficiales…
Siguió hablando, desgranando sus buenos consejos. Becky Vesey tenía siempre buenos consejos que dar, y lo hacía con gran convicción porque era la primera en creer en ellos. Había aprendido de Simón que, incluso cuando las estrellas parecían más siniestras, siempre existía algún modo de suavizar el golpe, algún aspecto que el cliente podía utilizar en su camino hacia una mayor felicidad…, si ella podía hallarlo y señalárselo.
El tenso rostro allá en la pantalla se calmó y empezó a asentir con la cabeza mientras ella enumeraba sus conceptos.
—Así que puede ver —concluyó— que la mera ausencia temporal del joven Smith no constituye algo malo sino una necesidad, resultado de las influencias conjuntas de sus tres horóscopos. No se preocupe y no tema nada; él volverá, o tendrá usted noticias suyas, en un plazo muy breve. Lo importante es no adoptar medidas drásticas o irrevocables. Tener calma.