—¿Eh? —Jubal se volvió hacia Jill—. ¿Cuándo fue eso?
—Ayer por la tarde, mientras usted descabezaba un sueño, Jubal. Todo está bien…, Duque tuvo buen cuidado de evitar que se lastimara.
—Hum. Bueno, es evidente que no se lastimó. Mike, ¿ha estado usted leyendo?
—Sí, Jubal.
—¿Qué?
—He leído —recitó cuidadosamente Mike— tres volúmenes más de la Enciclopedia: de Maryb a Mushe, de Mushr a Ozon y de P a Planti. Usted me dijo que no leyese demasiado de la Enciclopedia de una sola vez, así que lo dejé. Luego leí la Tragedia de Romeo y Julieta, de maese William Shakespeare de Londres. Después las Memorias de Casanova de Seingalt, traducidas al inglés por Arthur Machen. Y acto seguido leí El arte del contrainterrogatorio, de Francis Wellman. Luego intenté asimilar lo que había leído hasta que Jill me dijo que debía bajar a desayunar.
—¿Y lo asimiló?
Smith pareció turbado.
—Jubal, no lo sé.
—¿Hay algo que le preocupe, Mike?
—No consigo asimilar por completo todo lo que leo. En la historia escrita por el maese William Shakespeare me descubrí lleno de felicidad ante la muerte de Romeo. Luego seguí leyendo y descubrí que se había descorporizado demasiado pronto…, o eso me pareció asimilar. ¿Por qué?
—Era un joven idiota charlatán.
—¿Perdón?
—No lo sé, Mike.
Smith consideró aquello. Luego murmuró algo en marciano y añadió:
—No soy más que un huevo.
—¿Eh? Siempre dice eso cuando desea pedir un favor, Mike. ¿De qué se trata esta vez? Adelante, hable.
Smith vaciló. Luego estalló:
—Jubal, hermano mío, ¿sería tan amable de preguntarle a Romeo por qué se descorporizó? Yo no puedo preguntárselo; sólo soy un huevo. Pero usted sí puede hacerlo…, y luego podrá enseñarme a asimilarlo.
Durante los minutos siguientes la conversación se hizo confusa. Jubal comprendió de inmediato que Mike estaba convencido de que Romeo de los Montesco había sido una persona viva, y consiguió, no sin una considerable impresión hacia sus propios conceptos, darse cuenta de que Mike esperaba que él pudiera, de alguna forma, conjurar el fantasma de Romeo y pedirle explicaciones por su conducta cuando era de carne y hueso.
Pero explicarle a Mike la idea de que los Capuleto y los Montesco nunca habían tenido ningún tipo de existencia corpórea era otro asunto. El concepto de ficción no estaba en ninguna parte de la experiencia de Mike; no disponía de nada en qué basarse, y los intentos de Jubal por explicar la idea eran tan trastornantes emocionalmente para Mike que Jill temió que estuviera a punto de retraerse en sí mismo y convertirse en una bola.
Pero el propio Mike se dio cuenta de lo peligrosamente cerca que estaba de esa necesidad, y había aprendido ya que no debía recurrir a ese refugio en presencia de sus amigos, porque (con la excepción de su hermano el doctor Nelson) siempre les causaba disturbios emocionales. Así que hizo un poderoso esfuerzo, disminuyó su ritmo cardíaco, calmó sus emociones y sonrió.
—Esperaré hasta que la asimilación se produzca por sí misma.
—Eso está mejor —convino Jubal—. Pero a partir de ahora, antes de leer nada, pregúnteme a mí, o a Jill, o a alguien, si se trata o no de una obra de ficción. No quiero que se haga un lío.
—Preguntaré, Jubal.
Mike decidió que, cuando asimilase aquella extraña idea en toda su amplitud, debería informar de ella a los Ancianos…, y de pronto se descubrió a sí mismo preguntándose si los Ancianos no lo sabrían ya todo respecto a la «ficción». La completamente increíble idea de que podía haber algo desconocido para los Ancianos era en sí misma mucho más revolucionaria (de hecho, incluso herética) que el sobrenatural concepto de ficción, así que apartó el asunto a un lado para que se enfriara, reservándolo para una futura y profunda contemplación.
—… pero la verdad —estaba diciendo su hermano Jubal— es que no le he llamado para hablar de formas literarias. Mike, ¿recuerda el día en que Jill lo sacó del hospital?
—¿«Hospital»? —repitió Smith.
—No estoy segura, Jubal —interrumpió Jill—, de que Mike llegara a saber que se trataba de un hospital. Déjeme probar a mí.
—Adelante.
—Mike, ¿recuerda dónde estaba, dónde vivía, solo en aquella habitación, antes de que yo lo vistiera y me lo llevara conmigo?
—Sí, Jill.
—Luego fuimos a otro lugar, y yo le desnudé y le di un baño.
Smith sonrió ante el agradable recuerdo.
—Sí. Fue una gran felicidad.
—Luego le sequé…, y entonces se presentaron dos hombres.
La sonrisa se borró de los labios de Smith. Revivió aquel punto crítico culminante de decisión, y el horror de su descubrimiento del hecho de que, de alguna forma, había elegido la acción equivocada y dañado a su hermano de agua. Empezó a temblar y a retraerse en sí mismo.
—¡Mike! ¡Alto, Mike! —gritó Jill con voz fuerte—. ¡No se atreva a aislarse!
Mike recobró el control de su ser e hizo lo que su hermano de agua le pedía.
—No, Jill —aceptó.
—Escuche, Mike. Quiero que recapacite en lo que sucedió en aquella ocasión…, pero no debe trastornarse por ello ni intentar retirarse. Simplemente recuérdelo. Había dos hombres allí. Uno de ellos lo llevó a empujones hasta la sala de estar.
—El cuarto con la hierba jubilosa en el suelo —reconoció Smith.
—Correcto. Le obligó a ir a la habitación con el suelo de césped, y yo traté de impedírselo. El hombre me golpeó. Y entonces, desapareció. ¿Lo recuerda?
—¿No está enfadada?
—¿Qué? Oh, no, no, en absoluto. Pero me asusté. Un hombre desapareció, entonces el otro me encañonó con una pistola…, y desapareció también. Me asusté mucho…, pero no estaba enfadada.
—¿Entonces, no está enfadada conmigo ahora?
—Mi querido Mike…, nunca he estado enfadada con usted. Pero a veces he estado asustada. Estuve asustada esa vez…, pero ahora ya no lo estoy. Jubal y yo queremos saber qué sucedió. Aquellos dos hombres estaban allí, en aquella habitación, con nosotros. Y entonces usted hizo algo…, y desaparecieron. Lo hizo dos veces. ¿Qué fue lo que hizo? ¿Puede explicárnoslo?
—Sí, se lo diré. El hombre…, el hombre corpulento…, la golpeó…, y yo también me asusté. Así que… —gruñó una frase en marciano, luego pareció aturdido—. No sé las palabras.
—Mike —intervino Jubal—, ¿no puede utilizar un montón de palabras y explicárnoslo poco a poco?
—Lo intentaré, Jubal. Algo está ahí, delante de mí. Es una cosa mala y no debe estar ahí. Así que alargo el brazo… —se detuvo de nuevo y pareció perplejo—. Es algo tan sencillo, tan, tan sencillo. Cualquiera puede hacerlo. Atar los cordones de los zapatos es mucho más difícil. Pero las palabras no salen. Lo lamento mucho. Aprenderé más palabras —meditó sobre aquello—. Tal vez las palabras estén en los tomos de Plants a Raym, o de Rayn a Sarr, o de Sars a Sorc. Los leeré esta noche y se lo diré en el desayuno.
—Quizá —admitió Jubal—. Un momento, Mike… —se levantó de su escritorio, fue a un rincón y regresó con una caja grande de cartón recio que hasta hacía unos momentos había contenido doce botellas de coñac—. ¿Puede hacer desaparecer esto?
—¿Es una cosa mala y no debería estar aquí?
—Bueno, supongamos que lo es.
—Pero…, Jubal, debo saber que es una cosa mala. Esto es una caja. No puedo asimilar que exista como una cosa mala.
—Hum… Entiendo. Creo que entiendo. Supongamos que tomo esta caja y se la lanzo a la cabeza a Jill. Se la lanzo fuerte, de modo que le haga daño.