—Jubal —exclamó Mike con suave tristeza—, usted no sería capaz de hacerle semejante cosa a Jill.
—Oh…, maldita sea, sospecho que no. Jill, ¿quiere arrojarme usted la caja a mí? Bien y fuerte…, como mínimo una herida en el cuero cabelludo, si Mike no puede protegerme.
—Jubal, la idea me gusta menos que a usted.
—¡Oh, vamos! Es en interés de la ciencia… y de Ben Caxton.
—Pero… —Jill se puso en pie de un salto, agarró la caja y la lanzó directa a la cabeza de Jubal. Harshaw tenía intención de mantenerse firme…, pero el instinto lo venció: se agachó.
—Falló el tiro —dijo—. Pero, ¿qué ocurre? —miró a su alrededor—. Maldita sea, no estaba alerta. Tenía intención de mantener la vista clavada en la caja… —miró a Smith—. Mike, ¿es ésa la forma…? ¿Qué le ocurre, muchacho?
El hombre de Marte estaba temblando y su aspecto no podía ser más desdichado. Jill se apresuró hacia él y le rodeó los hombros con ambos brazos.
—¡Vamos, vamos, todo está bien, querido! Lo ha hecho usted maravillosamente…, sea lo que sea. La caja no llegó a tocar a Jubal. Se desvaneció, sencilla y limpiamente.
—Supongo que sí —admitió Jubal, mientras miraba la habitación a su alrededor y se mordisqueaba el pulgar—. Anne, ¿estabas mirando?
—Sí.
—¿Qué viste?
—La caja no se desvaneció limpia y sencillamente. El proceso no fue instantáneo, sino que duró una mensurable fracción de segundo. Desde donde estoy sentada pareció hacerse pequeña, muy, muy rápidamente, como si estuviera desapareciendo en la distancia. Pero no salió de la habitación, porque pude ver que todavía estaba ahí en el instante en que desapareció.
—Pero, ¿Adónde fue?
—Eso es todo cuanto puedo informar.
—Hum…, después pasaremos las películas, aunque estoy convencido. Mike…
—¿Sí, Jubal?
—¿Dónde está la caja ahora?
—La caja está… —Smith hizo una pausa—. De nuevo no encuentro las palabras adecuadas. Lo siento.
—Yo no lo siento, pero ciertamente estoy confuso. Mire, hijo, ¿puede alargar la mano y tirar de nuevo de la caja? ¿Traerla de vuelta?
—¿Perdón?
—Logró alejarla; ahora hágala volver.
—¿Cómo podría hacerlo? La caja no existe.
Jubal se quedó muy pensativo.
—Si este método llega a popularizarse alguna vez, habría que revisar todas las normas relativas al corpus delicti —murmuró—. «Tengo una pequeña lista…, nadie los echará nunca en falta». Jill, encontremos algo que no sea un arma completamente letal; esta vez voy a mantener los ojos bien abiertos. Mike, ¿a qué distancia tiene que estar para hacer este truco?
—¿Perdón?
—¿Cuál es su alcance? Si usted hubiese estado en el pasillo y yo cerca de la ventana…, oh, digamos a unos diez metros…, ¿habría podido impedir que la caja me golpease?
Smith pareció ligeramente sorprendido.
—Sí.
—Hum…, acerqúese a la ventana. Ahora mire ahí abajo, a la piscina. Suponga que Jill y yo hubiésemos estado en la otra parte de la piscina y usted de pie justo donde está ahora. ¿Podía haber detenido la caja desde aquí?
—Sí, Jubal.
—Bueno…, supongamos que Jill y yo estuviéramos al final del sendero, junto a la puerta de entrada, a unos cuatrocientos metros de distancia. Supongamos que estuviéramos de pie justo a este lado de los arbustos que protegen la puerta, donde usted pudiera vernos claramente. ¿Es eso demasiado lejos?
Smith titubeó largo rato, luego dijo lentamente:
—Jubal, no es la distancia. No es el ver. Es el saber.
—Hum…, veamos si lo asimilo. O asimilo parte de ello. No importa lo lejos o lo cerca que esté. Ni siquiera necesita ver que ocurre. Si sabe que está pasando algo malo, puede impedirlo. ¿Es eso exacto?
Smith pareció ligeramente turbado.
—Casi exacto. Pero todavía no llevo mucho tiempo fuera del nido. Para saber, necesito ver. Pero un Anciano no necesita ojos para saber. Él sabe. Asimila. Actúa. Lo siento.
—No sé por qué ha de sentirlo, hijo —dijo Harshaw con voz hosca—. El ministro para la Paz lo hubiera declarado Alto Secreto hace diez minutos.
—¿Perdón?
—No importa. Lo que usted hace es estupendo incluso en estos alrededores —Jubal volvió al escritorio, miró pensativo a su alrededor y cogió un pesado cenicero de metal—. No me apunte al rostro esta vez —dijo a Jill—; esta cosa tiene esquinas puntiagudas. De acuerdo, Mike, sitúese en el pasillo.
—Jubal…, hermano mío…, ¡no, por favor!
—¿Qué ocurre, hijo? Lo hizo estupendamente hace apenas unos minutos. Quiero una demostración más…, y esta vez no voy a apartar los ojos.
—Jubal…
— ¿Sí, Jill?
—Creo asimilar que esto preocupa a Mike.
—Bien, entonces cuéntemelo, porque yo no lo asimilo.
—Hicimos un experimento en el que estuve a punto de golpearle a usted con aquella caja. Pero los dos somos sus hermanos de agua…, así que trastorna a Mike el que yo simplemente intente hacerle daño a usted. Creo que hay algo muy poco marciano en una situación así. Pone a Mike en un dilema. Lealtad dividida.
Harshaw frunció el entrecejo.
—Tal vez debería ser investigado por la Comisión de Actividades No Marcianas.
—No estoy bromeando, Jubal.
—Ni yo…, porque es posible que muy pronto necesitemos un comité así. Me pregunto cómo se sintió la vaca de la señora O'Leary cuando pateó la linterna. De acuerdo, Jill, siéntese y replantearemos el experimento —Harshaw tendió el cenicero a Mike—. Compruebe lo que pesa, hijo, y vea esas esquinas puntiagudas.
Smith examinó el objeto de una manera más bien torpe. Jubal continuó:
—Voy a lanzarlo al aire, directo al techo…, y dejaré que me golpee en la cabeza cuando caiga.
Mike le miró fijamente.
—Hermano mío… ¿quiere descorporizarse ahora?
—¿Eh? ¡No, no! No me matará, y no quiero morir. Pero me hará un corte y bastante daño…, a menos que usted lo impida. ¡Ahí vamos!
Harshaw lanzó el cenicero al aire, en vertical, hasta unos centímetros del techo, y lo siguió con la mirada como si fuera un jugador de fútbol a la espera de pasar la pelota de un cabezazo. Se concentró en observarlo, mientras una parte de su mente consideraba la idea de echar la cabeza a un lado en el último instante antes de permitir que su cuero cabelludo recibiera la pesada y fea cosa que estaba seguro que iba a alcanzarle…, y otra pequeña parte de su mente se decía cínicamente que si desaparecía nunca iba a echarlo en falta; nunca le había gustado aquel cenicero…, pero era un regalo.
El cenicero llegó a lo más alto de su trayectoria y se quedó parado allí.
Harshaw lo miró con la sensación de haber quedado encallado en un cuadro de una película. Finalmente recordó respirar, y descubrió que lo necesitaba urgentemente. Sin apartar los ojos graznó:
—Anne. ¿Qué ves?
Ella respondió con voz llana:
—Que ese cenicero se halla a trece centímetros del techo. No veo nada que lo sostenga —luego agregó, en un tono menos seguro—: Jubal, creo que es eso lo que estoy viendo…, pero si las cámaras no muestran lo mismo, devolveré mi toga y haré pedazos mi licencia.
—Hum. ¿Jill?
—Flota. Simplemente flota.
Jubal suspiró, fue a su silla y se dejó caer pesadamente, todo ello sin apartar los ojos del díscolo cenicero.
—Mike —dijo—, ¿qué ha ido mal? ¿Por qué no desaparece como la caja?
—Pero, Jubal —respondió Smith, como disculpándose—, usted dijo que lo detuviese; no indicó que lo hiciese desaparecer. Cuando hice que desapareciera la caja, luego deseó que volviese. ¿He hecho algo mal?