—Siempre protegeré a Jill.
—Bien. Pero supongamos que un hombre encañona a alguien con una pistola…, o simplemente tiene un arma en la mano. Supongamos que no desea o no necesita matar a ese hombre…, pero sí necesita hacer que el arma desaparezca. ¿Podría hacerlo?
Mike hizo una breve pausa.
—Creo que lo asimilo. Una pistola es una cosa mala. Pero puede ser necesario que el hombre permanezca corporeizado —meditó sobre aquello—. Puedo hacerlo.
—Bien. Mike, voy a mostrarle una pistola. Una pistola es una cosa mala.
—Una pistola es una cosa muy mala. Tengo que eliminarla.
—No la haga desaparecer apenas la vea.
—¿No?
—No. Yo levantaré el arma y empezaré a apuntarle con ella. Antes de que consiga apuntarle, hágala desaparecer. Pero no me detenga a mí, no me haga ningún daño, no me mate, no me haga nada. No derroche comida tampoco.
—Oh, nunca lo haría —dijo Mike, ansioso—. Cuando se descorporice, hermano Jubal, espero que se me permita comerle personalmente, bendecirle y apreciarle con cada bocado…, hasta asimilarlo en toda su plenitud.
Harshaw controló un movimiento reflejo de revulsión que no había sentido desde hacía décadas y repuso con gravedad:
—Gracias, Mike.
—Soy yo quien debe dar las gracias, hermano mío…, y, si soy elegido yo antes que usted, confío en que me encuentre digno de ser asimilado. Compártame con Jill. ¿Querrá compartirme con Jill? ¿Por favor?
Harshaw lanzó una ojeada a Jill, vio que mantenía su rostro sereno…, y reflexionó que era una enfermera endurecida por el trabajo.
—Lo compartiré con Jill —dijo con tono solemne—. Pero, Mike, ninguno de nosotros será alimento hoy, ni pronto, espero. En este momento voy a enseñarle esa pistola…, y usted aguardará hasta que yo lo diga… y entonces procederá con mucho cuidado, por que aún tengo muchas cosas que hacer antes de estar listo para descorporizarme.
—Tendré cuidado, hermano.
—Muy bien —Harshaw se inclinó hacia adelante y abrió un cajón de la mesa—. Mire aquí dentro, Mike. ¿Ve el arma? Voy a cogerla. Pero no haga nada hasta que yo se lo diga. Muchachas…, levántense y sitúense a la izquierda; no quiero apuntarlas. Así esta bien. Todavía no, Mike —Harshaw alargó la mano hasta la pistola, un arma de reglamento especial de la policía; la extrajo del cajón—. Preparado, Mike. ¡Ahora! —y Harshaw se esforzó de la mejor manera que pudo en conseguir encañonar con el arma al Hombre de Marte.
Su mano estuvo de pronto vacía. Ninguna impresión, ninguna sacudida, ningún retorcimiento…, el arma desapareció, y eso fue todo.
Jubal se dio cuenta de que estaba temblando y procuró recobrarse.
—Perfecto —dijo a Mike—. La hizo desaparecer antes de que pudiese apuntarle con ella. Ha sido absolutamente perfecto.
—Me siento muy feliz.
—Yo también. Duque, ¿tomaste eso con la cámara?
—Aja. Puse cartuchos nuevos de película, aunque usted no me lo había dicho.
—Bien —Harshaw dejó escapar un suspiro y descubrió que estaba muy cansado—. Eso es todo por hoy, muchachos. Fuera todos. A nadar. Tú también, Anne.
—Jefe —pidió Anne—, ¿me dirá lo que muestren las películas?
—¿Por qué no te quedas y las ves?
—¡Oh, no! No puedo; no las partes de las que fui testigo. Pero me gustaría saber, luego, si las imágenes muestran que mis garras aún siguen afiladas o no.
—De acuerdo.
13
Cuando hubieron salido, Harshaw comenzó a dar instrucciones a Duque; luego, en vez de ello, dijo en tono áspero:
—¿A qué viene esa expresión hosca?
—Jefe, ¿cuándo va a desembarazarse de ese comecadáveres?
—¿«Comecadáveres»? ¡Oh, eres un patán provinciano!
—Muy bien, así que vengo de Kansas, ¿eh? Pero no encontrará ningún caso de canibalismo en Kansas…, todos están más al oeste. Y me he hecho mi propia opinión acerca de lo que es un patán y lo que no…, así que comeré en la cocina hasta que nos libremos de él.
—¿De veras? —dijo Harshaw con voz helada—. No hará falta. Anne te tendrá preparado el cheque de paga dentro de cinco minutos…, y espero que no tardes más de diez en empaquetar tus libros de cómics y tu otra camisa.
Duque había estado montando el proyector. Se detuvo y se envaró.
—Oh, no he querido decir que me fuera.
—Eso es exactamente lo que yo he entendido, hijo.
—Pero…, quiero decir, ¿qué diablos? He comido en la cocina montones de veces.
—¿Eh? Claro que no.
— Oh, ya he oído esas tonterías…, pero si quiere saber mi opinión, no son más que estupideces.
—No se trata de ninguna estupidez, y a nadie le importa tu opinión; no eres competente para tener ninguna opinión al respecto —Harshaw frunció el entrecejo—. Todo esto es una lástima. Puedo ver que sólo voy a tener que dejarte marchar…, y, Duque, no deseo despedirte; haces un buen trabajo manteniendo todos los artilugios de la casa, y eso me evita el tener que meterme en esas idioteces mecánicas que no me interesan en absoluto. Pero no sólo debo ponerte a salvo fuera de este lugar, sino que además tengo que averiguar de inmediato quién más por aquí no es hermano de agua de Mike, y procurar que se convierta en uno…, o sacarlo de aquí antes de que le ocurra algo… —Jubal se mordisqueó el labio y miró al techo—. Tal vez bastara con lograr una promesa precisa y solemne por parte de Mike de no hacer daño a nadie sin mi permiso específico. Hum. No, no puedo arriesgarme a eso. Hay demasiada gente pululando por aquí…, y siempre existe la posibilidad de que Mike interprete mal algo que no era más que una broma.
»Digamos que si tú…, o Larry más bien, puesto que tú ya no estarás aquí…, coge a Jill y la tira a la piscina, Larry puede acabar allá donde fue la pistola antes de que yo pueda explicarle a Mike que todo era para divertirse y que Jill no estaba en peligro. No me gustaría que Larry muriera por mi descuido. Larry tiene perfecto derecho a hacer las estupideces que quiera sin que su vida se vea acortada por culpa de un descuido mío. Duque, opino que todo el mundo tiene derecho a condenarse de la manera que le dé la gana…, pero eso no es excusa para darle un cartucho de dinamita a un niño como si fuera un juguete.
—Jefe —dijo lentamente Duque—, creo que está exagerando. Mike no haría daño a nadie… Mierda, toda esa charla sobre canibalismo me hizo sentir deseos de vomitar, pero no me interprete mal; sé que él no es más que un salvaje, pero es porque no le han enseñado mejor. Demonios, jefe, es gentil como un corderito. Nunca le haría daño a nadie.
—¿Eso crees?
—Estoy seguro.
—Bien. Tienes dos o tres pistolas en tu habitación. Yo digo que Smith es peligroso. Se ha abierto la veda del marciano, así que coge la pistola en la que más confíes, baja a la piscina y mátalo. No te preocupes por la ley; yo seré tu abogado y te garantizo que nadie te acusará de nada. ¡Adelante, hazlo!
—Jubal…, no estará hablando en serio.
—No. No, en el fondo, no. Porque no puedes. Si lo intentaras, tu arma iría a parar al mismo sitio donde fue mi pistola…, y si le apretaras un poco es muy probable que tú la acompañaras. Duque, no sabes con quién te la estás jugando; y yo tampoco, excepto que yo sé que es peligroso y tú no. Mike no es «gentil como un corderito», y tampoco es un salvaje. Sospecho que nosotros somos los salvajes. ¿Has criado alguna vez serpientes?
—Oh… no.
—Yo sí, de pequeño. Entonces creía que iba a ser zoólogo. Un invierno, allá en Florida, atrapé lo que creí que era una serpiente escarlata. ¿Sabes qué aspecto tienen?