—Joven, si no tiene usted la debida autoridad, permítame hablar con alguien que sí la tenga. Póngame con el señor Berquist.
El rostro del lacayo perdió bruscamente la sonrisa, y Jubal pensó con regocijo que por fin le había dado en la barriga. Así que aprovechó su ventaja.
—¿Y bien? ¡No se quede ahí sentado! Avise a Gil por su línea interior y dígale que ha tenido a Jubal Harshaw esperando. Dígale cuánto tiempo le ha tenido esperando.
Jubal revivió con su excelente memoria todo lo que el testigo Cavendish había informado sobre el desaparecido Berquist, más el informe del detective de servicio. Bien, pensó alegremente, este chico se halla al menos tres peldaños más abajo en la escalera que Berquist, así que sacudámosle un poco…, y trepemos un par de peldaños en el proceso.
El rostro en la pantalla dijo inexpresivamente:
—El señor Berquist no está aquí.
—No me importa dónde esté. ¡Avísele! Si no conoce personalmente a Gil Berquist, pregunte a su jefe. Me refiero al señor Gilbert Berquist, ayudante personal del señor Douglas. Si lleva usted más de dos semanas en el Palacio, al menos habrá visto al señor Berquist, aunque sea a distancia: treinta y cinco años, metro ochenta de estatura y ochenta kilos de peso, pelo color arena un poco ralo en la coronilla, sonríe constantemente y tiene una dentadura perfecta. Si no se atreve usted a molestarle, ponga el asunto sobre las rodillas de su jefe. Pero deje de morderse las uñas y haga algo. Estoy empezando a irritarme.
El rostro del joven siguió inexpresivo cuando dijo:
—Aguarde un momento, por favor. Preguntaré.
—Claro que aguardaré. Consígame a Gil.
La imagen en el teléfono fue sustituida por una forma abstracta que se movía suavemente; una agradable voz femenina pregrabada dijo:
—Por favor, aguarde mientras se completa su llamada. Este retraso no será cargado en su cuenta. Mientras, tenga la bondad de relajarse…
Una música suave ascendió y cubrió la voz; Jubal se reclinó en su asiento y miró a su alrededor. Anne aguardaba, leyendo, fuera del campo visual del teléfono. A su otro lado el Hombre de Marte estaba también fuera del foco de la cámara telefónica, mirando la estereovisión y escuchando por unos auriculares.
Jubal se dijo que tenía que devolver aquella obscena caja de parloteos al sótano donde pertenecía, una vez terminase aquella emergencia.
—¿Qué es eso, hijo? —preguntó, al tiempo que alargaba la mano y conectaba el sonido del aparato.
—No lo sé, Jubal —repuso Mike.
El sonido confirmó lo que Jubal había sospechado desde su primera ojeada a la imagen: Smith escuchaba la retransmisión de un servicio fosterita. El pastor en la imagen no estaba predicando, sino que leía un boletín de noticias de la Iglesia:
—…nuestro equipo juvenil Espíritu en Acción nos ofrecerá una demostración práctica, así que ¡acudid temprano para ver el espectáculo! Nuestro preparador, el hermano Hornsby, me ha pedido que diga a los muchachos que sólo deben llevar sus cascos, guantes y palos…, en esta ocasión no vamos a ir tras los pecadores. No obstante, el Querubín estará a mano con su maletín de primeros auxilios por si se produce algún caso de exceso de celo… —el pastor hizo una pausa y sonrió ampliamente—. ¡Y ahora una noticia maravillosa, hijos míos! Un mensaje del Ángel Ramzai para el hermano Arthur Renwick y su buena esposa Dorothy. ¡Vuestra plegaria ha sido aceptada, y subiréis al cielo el jueves por la mañana, al amanecer! ¡Ánimo, Art! ¡Ánimo, Dottie! ¡Recibid un saludo!
El ángulo de la cámara hizo un giro de ciento ochenta grados y mostró la congregación, luego se enfocó en el hermano y la hermana Renwick. Ante los frenéticos aplausos y gritos de «¡Aleluya!», el hermano Renwick respondió agitando los brazos sobre su cabeza en un saludo de boxeador, mientras su esposa, junto a él, se ruborizaba, sonreía y se secaba los ojos.
La cámara volvió a enfocar al pastor cuando éste levantó una mano pidiendo silencio. Siguió con voz enérgica:
—La fiesta de Buen Viaje para los Renwick se iniciará a medianoche y a esa hora se cerrarán las puertas…, así que llegad temprano para hacer que sea la más dichosa celebración que haya visto jamás nuestro rebaño; porque todos nos sentimos orgullosos de Art y de Dottie. Los funerales tendrán lugar media hora después de amanecer, e inmediatamente se servirá un desayuno para aquellos que tengan que ir al trabajo pronto —el semblante del pastor se puso repentinamente serio, y la cámara avanzó hacia él hasta que la imagen de su cabeza llenó todo el tanque—. Después de nuestro último Buen Viaje, el sacristán encontró en una de las salas de Felicidad una botella vacía…, de una marca destilada por pecadores. Es algo que ya está hecho y pertenece al pasado, puesto que el hermano que resbaló confesó su culpa y ha pagado su penitencia de un séptuplo, rechazando incluso el acostumbrado descuento en metálico; estoy seguro de que no volverá a resbalar. Pero deteneos a meditarlo, hijos míos…, ¿vale la pena arriesgarse a perder la felicidad eterna por ahorrar unos cuantos centavos adquiriendo un artículo de mercancía mundana? Buscad siempre esa felicidad respaldada por el sagrado sello de aprobación con el sonriente rostro del obispo Digby en él. No permitáis que un pecador os engañe diciéndoos que lo que vais a adquirir es «igual de bueno». Nuestros patrocinadores nos apoyan, y por ello merecen también nuestro apoyo. Hermano Art, lamento haber tenido que sacar a relucir este triste tema…
—¡No importa, pastor! ¡Adelante!
—…en un momento de tan gran felicidad. Pero no debemos olvidar nunca que…
Jubal alargó la mano y cortó el circuito audio.
—Mike, eso no es nada que necesite usted ver.
—¿No?
—Hum… —Jubal pensó en ello. Demonios, el muchacho tenía que aprender tarde o temprano acerca de aquellas cosas—. De acuerdo, adelante. Pero después hablaremos de ello.
—Sí, Jubal.
Harshaw iba a añadir algún consejo tendente a eliminar la inclinación que sentía Mike hacia tomarse al pie de la letra todo lo que oía, pero la relajante música de «espere» del teléfono bajó de volumen y desapareció de pronto, y la pantalla se llenó con una nueva imagen…, la de un hombre de unos cuarenta años al que Jubal etiquetó mentalmente de inmediato con el cartel de «poli».
—Usted no es Gil Berquist —dijo agresivamente.
—¿Cuál es su interés hacia Gilbert Berquist? —preguntó el hombre.
—Deseo hablar con él —respondió Jubal con dolida paciencia—. Veamos, buen hombre, ¿es usted funcionario público?
El otro apenas titubeó.
—Sí. Debe usted…
—¡No «debo» nada! Soy un ciudadano de alta posición, y los impuestos que pago contribuyen a que usted cobre su sueldo. Llevo intentando durante toda la mañana hacer una simple llamada telefónica…, y no he conseguido otra cosa que me pasaran de un individuo bovino con cerebro de mariposa a otro, todos los cuales comen cada día gracias a los fondos públicos. Estoy harto de eso, y no estoy dispuesto a que dure más. Y ahora, usted. Déme su nombre, cargo que ocupa y número de registro. Luego hablaré con el señor Berquist.
—No ha contestado usted a mi pregunta.
—¡Vamos, vamos! No tengo que responder a ninguna de sus preguntas. Soy un ciudadano particular. Cosa que usted no es…, y la pregunta que le he formulado tiene derecho a hacérsela todo ciudadano a cualquier servidor público. Caso O'Kelly contra el estado de California, 1972. Exijo que se identifique: nombre, cargo y número.
—Usted es el doctor Jubal Harshaw —repuso el hombre con voz átona—. Llama desde…
—¿Así que por eso han tardado tanto? Entreteniéndome mientras localizaban la llamada. Eso fue una estupidez. Llamo desde mi casa y mi dirección no puede conseguirse en ningún listín, oficina postal o servicio de información telefónica. En cuanto a quién soy, todo el mundo lo sabe. Es decir, todo el mundo que sepa leer. ¿Usted sabe leer?