Bien, sólo había una forma de enfrentarse con aquel tipo de debilidad.
—¡Mike! Venga aquí.
—Sí, Jubal.
El Hombre de Marte salió de la piscina y trotó hacia él como un cachorrillo ansioso; aguardó. Harshaw le miró de arriba abajo y decidió que por lo menos había ganado nueve kilos desde su llegada…, y que todos ellos parecían ser de músculo.
—Mike, ¿sabe dónde está Duque?
—No, Jubal.
Bien, eso zanjaba el asunto; el muchacho no sabía mentir… ¡Alto, un momento! Harshaw se recordó la costumbre de Mike de responder de una forma exacta a la pregunta que se le formulaba…, y Mike no había sabido, o no había parecido saber, adónde había ido a parar aquella maldita caja, una vez hubo desaparecido.
—¿Cuándo le vio por última vez, Mike?
—Vi a Duque ir arriba cuando Jill y yo bajábamos esta mañana para preparar el desayuno —Mike añadió, con orgullo—. Yo le ayudé a prepararlo.
—¿Ésa es la última vez que vio a Duque?
—No le he vuelto a ver desde entonces, Jubal. Me siento orgulloso de mis tostadas.
—Apuesto a que las hizo bien. Si no va con cuidado, todavía puede convertirse en un espléndido marido para cualquier mujer.
—Oh, tosté el pan con el máximo cuidado.
—Jubal…
—¿Eh? ¿Sí, Anne?
—Duque desayunó rápido a primera hora y se marchó a la ciudad. Creí que lo sabía.
—Bueno —ganó tiempo Harshaw—, dijo algo al respecto. Supuse que tenía intención de irse después del almuerzo. No importa, esperaré.
Jubal se dio cuenta de pronto de que se le quitaba un gran peso de encima. No era que Duque significase algo para él, excepto que era un eficiente arreglalotodo… No, por supuesto que no; llevaba muchos años evitando que cualquier ser humano se convirtiera en algo importante para él. Pero, pese a todo, tenía que admitir que se había inquietado. Un poco, al menos.
¿Qué estatuto se violaba —si se violaba alguno— al girar a un hombre noventa grados con respecto a todo lo demás?
No era asesinato, puesto que el muchacho sólo utilizaba sus poderes en defensa propia o en defensa de alguna otra persona, como podía ser Jill. Posiblemente pudieran aplicarse las obsoletas leyes de Pennsilvania contra la brujería…, pero sería interesante comprobar cómo conseguiría algún fiscal redactar la acusación.
Una acción civil podía basarse en… ¿Sería válida la alegación de que el Hombre de Marte constituía el «mantenimiento de un atractivo engorro»? Era posible. Pero era más probable que fuera necesario evolucionar a nuevas y más radicales normas legales. Mike había desfondado ya de una patada la medicina y la física, incluso a pesar de que sus practicantes aún no se habían dado cuenta del caos al que se enfrentaban. Harshaw hurgó en su memoria y recordó la tragedia personal que la mecánica relativista representó para muchos distinguidos científicos. Incapaces de digerir la teoría por encima de sus arraigados hábitos mentales, se habían refugiado en su rabia ciega contra Einstein y cualquiera que se atreviese a tomarlo en serio. Pero ese refugio resultó ser un callejón sin salida; todo lo que pudo hacer aquella inflexible vieja guardia fue morir y dejar que las mentes más jóvenes —más flexibles— se hicieran cargo del asunto.
Harshaw recordó que su abuelo le había contado que más o menos lo mismo ocurrió en el campo de la medicina cuando se hizo pública la teoría de los gérmenes; muchos médicos viejos se marcharon a la tumba llamando a Pasteur embustero, imbécil y cosas peores…, todo ello sin molestarse en examinar las pruebas de lo que su «sentido común» les decía que era imposible.
Bueno, podía ver que Mike iba a originar más conmoción que Pasteur y Einstein combinados…, elevados al cuadrado y al cubo. Lo cual le recordó que…
—¡Larry! ¿Dónde está Larry?
—Aquí, jefe —anunció el altavoz montado bajo el alero a espaldas de Harshaw—. En el taller.
—¿Tienes a mano el botón del pánico?
—Por supuesto. Me dijo usted que durmiera con él. Eso es lo que hago. Lo que hice.
—Ven aquí a toda prisa y dámelo. No, dáselo a Anne. Anne, guárdalo junto a tu toga.
La muchacha asintió. La voz de Larry respondió:
—De inmediato, jefe. ¿Pongo en marcha la cuenta atrás?
—Exacto, hazlo.
Jubal alzó la vista y se sorprendió al descubrir que el Hombre de Marte seguía de pie frente a él, inmóvil como una figura esculpida. ¿Una escultura? Sí, recordaba una escultura…, Jubal rebuscó en su memoria. ¡El «David» de Miguel Ángel, eso era! Sí, incluso las manos y los pies de cachorro, el rostro serenamente sensual, el ensortijado pelo, demasiado largo…
—Eso es todo lo que deseaba, Mike.
—Sí, Jubal.
Pero Mike siguió de pie allí. Jubal dijo:
—¿Le ronda alguna cosa por la cabeza, hijo?
—Lo que vi en esa maldita caja de parloteos. Me dijo usted: «De acuerdo, adelante. Pero después hablaremos de ello».
—Oh —Harshaw recordó la retransmisión de los servicios de la Iglesia de la Nueva Revelación y se sobresaltó—. Pero no llame a ese aparato una maldita caja de parloteos. Es un receptor de estereovisión. Llámelo así.
Mike pareció confuso.
—¿No es una maldita caja de parloteos? ¿No le entendí correctamente la otra vez?
—Me entendió correctamente, y de hecho es una maldita caja de parloteos. Además de otras cosas. Pero debe llamarla receptor de estereovisión.
—La llamaré «receptor de estereovisión». Pero, ¿por qué, Jubal? No lo asimilo.
Jubal suspiró, con la cansada sensación de que había subido ya muchas veces por aquella misma escalera. Cualquier conversación con Smith terminaba conduciendo a una particularidad de la conducta humana que no podía ser justificada de ninguna manera lógica, al menos en términos que Smith pudiera entender, y todos los intentos por conseguirlo resultaban infructuosos, una interminable pérdida de tiempo.
—Tampoco yo lo asimilo, Mike —confesó—, pero Jill desea que lo llame de este modo.
—Lo haré, Jubal. Jill lo quiere.
—Ahora cuénteme lo que vio y oyó en ese receptor de estereovisión…, y qué asimiló.
La conversación que siguió fue aún más larga, confusa y digresiva que cualquier charla habitual con Smith. Mike recordaba de una forma exacta todas las palabras y acciones que había oído y visto en el tanque de parloteos, incluidos los anuncios comerciales. Puesto que casi había terminado de leer la enciclopedia, se había ceñido al artículo sobre «Religión», así como a los relativos a «Cristianismo», «Islamismo», «Judaísmo», «Confucianismo», «Budismo» y muchos otros «ismos» relacionados con la religión. Pero no había asimilado nada de aquello.
Jubal consiguió al fin establecer algunas ideas claras en su propia mente: a) Mike ignoraba que el servicio fosterita era religioso; b) Mike recordaba lo que había leído sobre religión pero, al no entenderlo, había archivado los datos en su cerebro para futuro examen; c) de hecho, Mike poseía tan sólo una idea de lo más confuso acerca de lo que significaba el concepto «religión», pese a que podía recitar de memoria todas sus nueve definiciones tal como eran presentadas en el diccionario no abreviado; d) el lenguaje marciano no contenía ninguna palabra (y ningún concepto) que Mike pudiera adecuar a ninguna de esas nueve definiciones; e) las costumbres que Jubal había descrito a Duque como «ceremonias religiosas» marcianas no eran para Mike nada parecido; para Mike, tales asuntos resultaban tan corrientes como podían serlo para Jubal los artículos de un supermercado; f) no era posible expresar separadamente en el lenguaje marciano los conceptos humanos: «religión», «filosofía» y «ciencia»…, y, puesto que Mike pensaba en marciano pese a que ahora hablaba fluidamente el inglés, no tenía ninguna forma de distinguir ninguno de tales conceptos de los otros dos. Todas esas cuestiones eran simples «enseñanzas» procedentes de los «Ancianos». Nunca había oído hablar de la duda, y la investigación era innecesaria —no existía vocablo marciano para ninguna de las dos cosas—; la respuesta a cualquier pregunta debía ser obtenida de los Ancianos, que eran omniscientes —al menos dentro del alcance de Mike— e infalibles, tanto si el tema era la meteorología del día siguiente como la teología cósmica. Mike había visto una predicción meteorológica en la caja de parloteos, y había dado por supuesto sin la menor duda que se trataba de un mensaje pasado por los «Ancianos» humanos en beneficio de aquellos que aún seguían corpóreos. Una investigación posterior reveló que mantenía una hipótesis similar respecto a los autores de la Enciclopedia Británica.