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No era que a Jubal le importase el hecho de si esas muertes eran espontáneas o inducidas. En su opinión, un fosterita bueno era un fosterita muerto. ¡Que se las apañasen como quisieran!

Pero todo eso iba a ser difícil de explicar a Mike.

No serviría de nada retrasarlo, otra taza de café no lo haría más fácil…

—Mike, ¿quién creó el mundo?

—¿Perdón?

—Mire a su alrededor. Todo esto. Marte también.

Las estrellas. Todo. Usted y yo y todos los demás. ¿Le dijeron los «Ancianos» quién hizo todo esto?

Mike pareció desconcertado.

—No, Jubal.

—Bien, ¿no se lo ha preguntado a usted mismo alguna vez? ¿De dónde apareció el Sol? ¿Quién colocó las estrellas en el cielo? ¿Quién lo empezó todo? Todo ello, todas las cosas, el mundo entero, el universo…, de tal modo que usted y yo estemos ahora aquí hablando.

Jubal hizo una pausa, sorprendido consigo mismo. Había pretendido efectuar el habitual enfoque agnóstico…, y se encontraba siguiendo compulsivamente su entrenamiento legal, manifestándose como un abogado sincero pese a sí mismo, tratando de sostener una creencia religiosa que no compartía pero que era seguida por la mayor parte de los seres humanos. Se encontró con que, lo quisiera o no, era el defensor de las ortodoxias de su propia raza contra… no estaba seguro qué. Contra un punto de vista extrahumano—. ¿Cómo responden sus Ancianos a tales preguntas?

—Jubal, no asimilo…, esas no son preguntas. Lo siento.

—¿Eh? No asimilo esa respuesta.

Mike dudó largo rato.

—Lo intentaré. Pero las palabras salen…, no salen correctas. No «poniendo». No «creando». Sino un ahorando. El mundo es. El mundo era. El mundo será. Ahora.

—«Como era en un principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, un Mundo sin fin…»

Mike sonrió, feliz.

—¡Usted lo asimila!

—No asimilo nada —respondió Jubal, malhumorado—. Sólo recitaba algo que dijo, hum, un «Anciano».

Decidió retroceder e intentar otro enfoque; al parecer Dios el Creador no era el aspecto más sencillo de la Deidad para intentar explicárselo como inicio a Mike…, puesto que Mike no parecía captar la idea de Creación en sí. Bueno, Jubal no estaba seguro de que él la captase tampoco; mucho tiempo atrás había hecho un pacto consigo mismo para postular un universo creado para los días pares y un universo no creado, eterno y que se mordía la cola, para los días impares, puesto que cada hipótesis, aunque igualmente paradójicas ambas, eludía limpiamente las paradojas de la otra…, con un día, por supuesto, cada año bisiesto, completamente libre y destinado a la más pura licencia solipsista. Tras haber puesto así sobre la mesa una cuestión incontrovertible, dejó de pensar en ella durante más de una generación.

Jubal decidió intentar explicarle la idea general de religión en su sentido más amplio y dejar para más adelante la noción de Deidad en todos sus aspectos.

Mike aceptó con facilidad que la enseñanza llegaba en diversas medidas, desde las pequeñas enseñanzas que incluso un polluelo podía asimilar, hasta las grandes enseñanzas que sólo un Anciano podía asimilar en toda su amplitud. Pero los intentos de Jubal de trazar una línea de separación entre las enseñanzas menores y las mayores, a fin de que las «grandes enseñanzas» tuvieran el significado humano de «cuestiones religiosas», fracasaron estrepitosamente, puesto que algunas cuestiones religiosas no le parecían a Mike cuestiones que contuvieran algún significado (como la de «Creación»), y otras le parecían cuestiones «menores», con respuestas evidentes sabidas incluso por los polluelos, tales como la vida después de la muerte.

Jubal se vio obligado a dejarlo correr y pasó a la multiplicidad de las religiones humanas. Explicó (o intentó explicar) que los seres humanos disponían de centenares de sistemas distintos para aprender esas «grandes enseñanzas», cada uno con sus propias respuestas y cada uno afirmando ser la verdad.

—¿Qué es la «verdad»? —preguntó Mike.

«¿Qué es la verdad?», preguntó un juez romano, y se lavó las manos sobre una cuestión peliaguda. Jubal deseó poder obrar del mismo modo.

—Una respuesta es verdad cuando uno pronuncia las palabras correctas, Mike. ¿Cuántas manos tengo?

—Dos manos. Veo dos manos —se corrigió Mike.

Anne alzó la vista de su labor de punto.

—En seis semanas podría hacer de él un testigo.

—Tú quédate fuera de esto, Anne. Las cosas ya están bastante mal sin tu ayuda. Mike, ha hablado usted correctamente; tengo dos manos. Su respuesta es verdad. Supongamos ahora que dice que tengo siete manos.

Mike pareció turbarse.

—No asimilo cómo podría decir tal cosa.

—No, me parece que no podría. Si lo hiciera, no pronunciaría las palabras correctas; su respuesta no sería verdad. Pero, Mike…, ahora escuche con atención. Cada religión afirma ser la verdad, afirma hablar como corresponde. Sin embargo, sus respuestas a las mismas preguntas son tan distintas como dos manos y siete manos. Los fosteritas dicen una cosa, los budistas otra, los musulmanes otra aún…, muchas respuestas, todas diferentes.

Mike dio la impresión de estar haciendo un gran esfuerzo por comprender.

—¿Todos hablan correctamente? Jubal, no lo asimilo.

—Yo tampoco.

El Hombre de Marte pareció enormemente turbado; luego, de pronto, sonrió.

—Pediré a los fosteritas que pregunten a sus Ancianos, y entonces sabremos, hermano mío. ¿Cómo puedo hacer eso?

Unos minutos más tarde Jubal se dio cuenta, con gran disgusto, de que había prometido a Mike una entrevista con algún bocazas fosterita…, o Mike pareció creer que lo había hecho, lo cual venía a ser lo mismo. Ni siquiera fue capaz de hacer mella en él la suposición de Mike de que los fosteritas estaban en contacto con los «Ancianos» humanos. Al parecer, la dificultad de Mike estribaba en que no sabía qué era la mentira: las definiciones del diccionario de «mentira» y «falsedad» habían quedado archivadas en su mente para posterior estudio sin indicación alguna de asimilación. Uno podía «hablar de forma equivocada» sólo por accidente o mala interpretación. Así que había escuchado el servicio fosterita según su valor aparente.

Jubal intentó explicar que todas las religiones humanas afirmaban estar en contacto con «Ancianos», de una u otra forma; pese a que todas sus respuestas eran distintas.

Mike pareció pacientemente turbado.

—Jubal, hermano mío, lo intento…, pero no asimilo el que eso pueda ser hablar correctamente. Entre mi pueblo, los Ancianos siempre pronuncian las palabras correctas. El pueblo de usted…

—Alto, Mike.

—¿Perdón?

—Cuando dice «mi pueblo», se refiere a los marcianos. Mike, usted no es marciano; usted es un hombre.

—¿Qué es «hombre»?

Harshaw gimió para sí mismo. Estaba seguro de que Mike podía citar de memoria todas las definiciones de los diccionarios. Sin embargo, el muchacho nunca formulaba una pregunta simplemente para fastidiar; siempre preguntaba con ánimo de informarse…, y esperaba que su hermano de agua Jubal fuera capaz de responderle.

—Yo soy un hombre, usted es un hombre, Larry es un hombre.

—¿Pero Anne no es un hombre?

—Hum… Anne es un hombre, un hombre femenino. Una mujer.

—Gracias, Jubal.

—Cállate, Anne.

—¿Un bebé es un hombre? No he visto bebés, pero he visto imágenes de ellos en la maldita caja de…, en la estereovisión. Un bebé no tiene la forma de Anne… y Anne no tiene la forma de usted…, y usted no tiene mi forma. Pero, ¿un bebé es un polluelo de hombre?

—Hum…, sí, un bebé es un hombre.