Cuando el primer hombre encañonó a Jill y los dos hombres que le flanqueaban se apresuraron a acercarse a ella con sus pistolas de gran incorrección en la mano, Smith se adelantó a través de su doble y aplicó a cada uno de los dos ese minúsculo retorcimiento que originaba su expulsión.
El primer hombre se quedó mirando el lugar donde habían estado los otros y llevó la mano a su pistola…, y desapareció también.
Los otros cuatro empezaron a acercarse. Smith no deseaba retorcerlos. Tenía la sensación de que Jubal se sentiría complacido si sólo los detenía. Pero detener una cosa, incluso un cenicero, significa trabajo…, y Smith no disponía de su cuerpo a mano. Un Anciano hubiera podido ocuparse de los cuatro sin problemas, pero Smith hizo lo que pudo, lo que tenía que hacer.
Cuatro ligeros roces…, desaparecieron.
Sintió una incorrección más intensa aún brotar del coche posado en el suelo más allá y se orientó hacia ella…, asimiló una rápida decisión, y coche y piloto desaparecieron.
Casi olvidó el coche que flotaba en patrulla de cobertura en el aire. Smith empezaba a relajarse después de haberse ocupado del coche en el suelo…, cuando de pronto notó que la sensación de incorrección aumentaba y alzó la vista.
El segundo coche descendía y se preparaba a aterrizar justo en el lugar donde estaba él.
Smith tensó su sentido del tiempo hasta su límite personal, fue al vehículo en el aire, lo inspeccionó cuidadosamente, asimiló que estaba repleto de una incorrección tan absoluta como el primero…, y lo lanzó a la nada. Luego regresó al grupo congregado junto a la piscina.
Todos sus amigos parecían muy excitados; Dorcas sollozaba y Jill la sujetaba y la calmaba. Sólo Anne parecía inmune a las emociones que Smith sentía agitarse a su alrededor. Pero la incorrección había desaparecido, toda, y con ella la inquietud que había turbado sus meditaciones antes. Sabía que Dorcas se repondría mucho más aprisa y mejor en manos de Jill que en las de ninguna otra persona…, Jill asimilaba siempre las inquietudes de los demás de una forma completa e inmediata. Algo alterado por las emociones a su alrededor, ligeramente aprensivo ante la posibilidad de no haber obrado correctamente en aquel punto crítico culminante —o de que Jubal pudiera asimilarlo así—, Smith decidió que ahora era libre de abandonar la superficie. Se deslizó de vuelta al interior de la piscina, encontró su cuerpo, asimiló que estaba tal y como lo había dejado, sin el menor daño…, y se introdujo de nuevo en él.
Consideró la posibilidad de contemplar los acontecimientos que habían configurado el punto crítico culminante y examinarlos en profundidad. Pero eran demasiado nuevos, demasiado recientes; no estaba preparado para englobarlos, no estaba preparado para alabar y apreciar a los hombres que se había visto obligado a trasladar. En vez de ello, reemprendió alegremente la tarea que había dejado en suspenso. «Sherbet»…, «Sherbetlee»…, «Sherbetzide»…
Había llegado a «Tinwork», y estaba a punto de examinar «Tiny», cuando captó que Jill se aproximaba. Desenrolló su lengua dentro de su boca y se preparó, ya que sabía que a su hermano Jill no le era posible permanecer mucho tiempo debajo del agua sin sufrir incomodidad.
Cuando ella le tocó, Smith tomó el rostro de Jill con ambas manos y la besó. Era algo que había aprendido a hacer muy recientemente y que aún no asimilaba del todo. Tenía todas las características del acercamiento de la ceremonia del agua. Pero había algo más también…, algo que deseaba asimilar en toda su perfecta plenitud.
16
Jubal Harshaw no esperó a que Gillian sacase de la piscina a su chico problema: dio instrucciones de que le administraran un sedante a Dorcas y se apresuró hacia su estudio, dejando a Anne para que le explicase (o no) los sucesos ocurridos en los últimos diez minutos.
—¡Primera! —gritó por encima del hombro.
Miriam se volvió y se situó a su altura.
—Supongo que yo debo ser «primera» —jadeó, casi sin aliento—. Pero, jefe, ¿qué demonios…?
—¡Ni una palabra, muchacha!
—Pero, jefe…
—He dicho que a callar. Miriam, dentro de una semana nos sentaremos tranquilamente y le pediremos a Anne que nos cuente lo que vimos realmente. Pero en este momento todo el mundo y sus primos empezarán a telefonear y los periodistas empezarán a bajar de los árboles…, y primero tengo que hacer unas cuantas llamadas. Necesito ayuda. ¿Eres del tipo de mujeres inútiles que se desmoronan cuando más falta hacen? Eso me recuerda… Toma nota de descontarle a Dorcas de la paga la parte de sueldo correspondiente al tiempo que ha perdido poniéndose histérica.
Miriam le miró boquiabierta.
—¡Jefe! ¡Atrévase a hacer eso, y cada uno de los que estamos aquí renunciará!
—Tonterías.
—Lo digo en serio. No la tome con Dorcas. Bueno, yo sería la histérica si ella no se me hubiera adelantado —y añadió—. Y creo que me estoy poniendo histérica ahora.
Harshaw sonrió.
—Inténtalo y te zurraré. Está bien, apunta a Dorcas para una prima por «servicios peligrosos». Poneos a todos para esa prima. Especialmente yo. Me la merezco.
—Está bien. Pero, ¿quién pagará su prima?
—Los contribuyentes, por supuesto. Hallaremos algún sistema de desgravar… ¡Maldita sea! —habían llegado a la puerta del estudio; el teléfono reclamaba ya su atención. Jubal se deslizó en el asiento y accionó el mando—. Harshaw al habla. ¿Quién diablos es usted?
—Ahórrate la rutina, doc —repuso alegremente un rostro—. Hace muchos años que no me asustas. ¿Cómo marcha todo?
Harshaw reconoció el rostro de Thomas Mackenzie, el director de producción de la New World Networks; se suavizó ligeramente.
—Bastante bien, Tom. Pero no puedo estar más agobiado, así que…
—¿Estás agobiado? Entonces prueba mi jornada de trabajo de cuarenta y ocho horas. Seré breve. ¿Sigues pensando que vas a tener algo para nosotros? No me importa lo caro del equipo que te he destinado; eso puedo mantenerlo. Pero el negocio es el negocio…, y estoy pagando a tres equipos completos sólo para que permanezcan atentos a tu señal. Quiero favorecerte en todo lo que me sea posible. Hemos utilizado montones de las cosas que nos has enviado en el pasado, y esperamos utilizar más en el futuro…, pero estoy comenzando a preguntarme qué voy a decirle a nuestro auditor.
Harshaw se lo quedó mirando fijamente.
—¿No consideras suficiente esa transmisión en directo que acabas de recibir para justificar los gastos?
—¿Qué transmisión en directo?
Unos minutos más tarde Harshaw decía adiós y cortaba la comunicación, tras convencerse de que la New World Networks no había visto nada de los últimos acontecimientos desarrollados en su casa. Eludió las preguntas de Mackenzie al respecto, porque estaba descorazonadoramente seguro de que una relación verbal de lo ocurrido convencería a Mackenzie de que el pobre viejo Harshaw se había hecho finalmente pedazos. Y Harshaw no podría reprochárselo.
En vez de eso acordaron que, si no ocurría nada de valor que pudieran captar en el plazo de las próximas veinticuatro horas, la New World cortaría la conexión y se llevaría cámaras y equipo.
Cuando la pantalla quedó libre, Harshaw ordenó a Miriam:
—Búscame a Larry. Dile que me traiga ese botón del pánico…, probablemente lo tiene Anne. —Luego hizo otra llamada, seguida por una tercera. Para cuando se presentó Larry, Harshaw se había convencido ya de que ninguna cadena de noticias estaba mirando cuando los hombres de los Servicios Especiales intentaron invadir su casa. No valía la pena comprobar si las dos docenas de mensajes «retenidos» que había grabado recientemente habían sido enviados; su entrega dependía de la misma señal que no había conseguido llegar a los canales de noticias.