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Cuando se apartó del teléfono, Larry le tendió el enlace de radio portátil del «botón del pánico».

—¿Quería esto, jefe?

—Sólo para burlarme de él, puesto que él se ha burlado de nosotros. Larry, que esto nos sirva de lección: no confíes nunca en ninguna maquinaria que sea más complicada que un cuchillo y un tenedor.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Larry, ¿hay algún medio de repasar ese trasto y ver si funciona correctamente? Sin sacar de la cama a la gente de tres cadenas de noticias, quiero decir.

—Claro que sí. Los técnicos que instalaron el transmisor-receptor en el taller lo dotaron de un interruptor para eso. Se acciona el interruptor, se oprime el botón, y se enciende una luz. Si se desea una comprobación completa, uno llama simplemente desde el aparato y les dice que desea una comprobación en toda regla hasta las cámaras y de vuelta al monitor.

—Supongamos que la prueba demuestra que la transmisión no llega. Si el problema está aquí, ¿puedes localizar lo que está mal?

—Bueno, quizá —repuso Larry, dubitativo—, si no se tratara más que de una conexión suelta. Pero Duque es el experto en electrónica… yo soy más bien del tipo intelectual.

—Ya lo sé, hijo… A mí tampoco se me dan bien las cuestiones prácticas. En fin, haz lo que puedas. Y hazme saber lo que consigues.

—¿Algo más, Jubal?

—Sí, si ves al tipo que inventó la rueda, envíamelo; quiero darle un pedazo de mi mente. ¡Entrometido!

Jubal pasó los siguientes minutos en contemplación umbilical. Consideró la posibilidad de que Duque hubiera saboteado el «botón del pánico», pero desechó la idea como una pérdida de tiempo, si no como algo completamente inútil. Se permitió a sí mismo preguntarse por unos instantes qué había ocurrido realmente en su jardín, y cómo se las había arreglado el muchacho para hacer lo que había hecho… desde tres metros por debajo del agua. Porque no le cabía la menor duda de que el Hombre de Marte estaba detrás de aquellos imposibles juegos de prestidigitación.

De acuerdo, lo que había presenciado el día anterior en su propio estudio era tan intelectualmente pasmoso como estos últimos acontecimientos…, pero el impacto emocional era algo completamente distinto. Un ratón era un milagro de la biología tan importante como un elefante; sin embargo, había una importante diferencia…, un elefante era mucho más grande.

Ver que una caja vacía, puro desecho, desaparecía en medio del aire, implicaba lógicamente la posibilidad de que un aerotransporte lleno de hombres pudiera desvanecerse del mismo modo; pero uno de los dos acontecimientos era una patada en los dientes…, el otro no.

Bueno, no iba a desperdiciar sus lágrimas con esos cosacos. Jubal admitía que los polis, como tales polis, no tenían nada de malo; había conocido a un cierto número de polis honestos en su vida…, e incluso a un alguacil sobornable que merecía algo más que ser apagado de un soplido como una vela. La Guardia Costera era un espléndido ejemplo de lo que los polis deberían ser y frecuentemente eran.

Pero para pertenecer a los Servicios Especiales un hombre debía tener latrocinio en el corazón y sadismo en el alma. Gestapo. Tropas de asalto al servicio de cualquier político que estuviese en el poder. Jubal añoraba los buenos y viejos días en los que un abogado podía citar la Declaración de Derechos sin temor a que alguna estratagema solapada de la Federación le derrotara.

No importaba… ¿Qué sucedería lógicamente a continuación? Desde luego, el grupo de Heinrich debía estar en contacto constante con su base; ergo, su pérdida sería observada, aunque sólo fuera por su silencio. Más miembros del Servicio Especial irían a echar una mirada…, probablemente ya estarían en camino si el segundo aerocoche había sido guillotinado en pleno informe de la acción.

—Miriam…

—Sí, jefe.

—Quiero aquí enseguida a Mike, Jill y Anne. Luego encuentra a Larry, en el taller probablemente, meteos ambos en la casa y cerrad con llave todas las puertas y ventanas de la planta baja.

—¿Más complicaciones?

—Muévete, muchacha.

Si aquellos monos de los Servicios Especiales se presentaban —mejor dicho, cuando se presentasen—, probablemente no traerían duplicados de las órdenes de busca y captura. Si su jefe era tan estúpido como para irrumpir por la fuerza en una casa cerrada sin una orden, bueno, entonces podría soltar a Mike sobre ellos. Pero había que poner coto a aquella guerra ciega…, lo cual equivalía a decir que Jubal tenía que llegar hasta el secretario general.

¿Cómo? ¿Llamando de nuevo al Palacio Ejecutivo? Era muy posible que Heinrich hubiese dicho la verdad cuando afirmó que cualquier nuevo intento por su parte iría simplemente a parar a él…, o al jefe de los Servicios Especiales que estuviese calentando su silla ahora que Heinrich no la necesitaría de nuevo. ¿Y bien? Seguro que les sorprendería el tener a un hombre a cuya casa habían enviado un grupo de efectivos para arrestarlo llamándoles cara a cara por teléfono, con rostro blando…, eso quizá le permitiera llegar hasta la cumbre, hasta el comandante Comosellame, aquel sujeto con rostro de hurón bien alimentado, Twitchell. Y seguro que el oficial al mando de las hordas de los Servicios Especiales tendría acceso al jefe supremo.

No, no servía. Hay que pensar en las razones que hacen saltar a la rana. Sería malgastar aliento el decirle a un tipo que cree en las pistolas que tú posees algo mejor que las pistolas y que él no puede arrestarte y que será mejor que deje de intentarlo. Twitchell seguiría arrojando hombres y pistolas contra ellos hasta que se le agotasen las existencias de ambas cosas…, pero nunca admitiría que era incapaz de arrestar a un hombre cuya localización era conocida.

Bueno, cuando no puedes utilizar la puerta principal, te deslizas por la trasera: política elemental. Maldita sea, necesitaba a Ben Caxton…, Ben sabría quién tenía las llaves de la puerta de atrás, y seguro que Jubal conocería a alguien que le conocía.

Pero la ausencia de Ben era el motivo principal de aquella estúpida carrera de asnos. Puesto que no podía preguntarle a Ben, ¿a quién conocía que pudiera saberlo?

¡Maldito imbécil, acababa de hablar con esa persona! Jubal regresó al teléfono y trató de ponerse en contacto de nuevo con Tom Mackenzie. Tuvo que atravesar sólo tres capas de interferencias, cada una de las cuales le conocía y le franqueó rápidamente el paso. Mientras estaba haciendo esto, su personal, junto con el Hombre de Marte, entraron en el estudio; Jubal los ignoró, y se sentaron; Miriam hizo una pausa para escribir en un bloc de notas y mostrárselo: «Puertas y ventanas cerradas».

Jubal asintió con la cabeza y escribió debajo: «Larry: ¿el botón del pánico?». Luego se dirigió a la pantalla:

—Tom, lamento molestarte otra vez.

—Es un placer, Jubal.

—Tom, si quisieras hablar con el secretario general Douglas, ¿cómo te las ingeniarías?

—¿Eh? Telefonearía a su secretario de Prensa, Jim Sanforth. O posiblemente a Jock Dumont, según lo que quisiera. Pero no hablaría con el secretario general; Jim se encargaría de todo.

—Pero supongamos que desearas hablar personalmente con Douglas.

—Bueno, le diría a Jim que lo arreglase. Aunque supongo que sería mucho más rápido contarle a Jim mi problema; podrían pasar un día o dos antes de que consiguiera meterme…, e incluso entonces podría verme rebotado por algo más urgente. Mira, Jubal, la cadena es útil a la Administración…, y nosotros lo sabemos y ellos lo saben. Pero no presumimos de ello innecesariamente.