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—Sí, Jubal. Lo haré.

—Jill, no lo suelte a menos que sea necesario. Quiero decir… para que ninguno de nosotros reciba un disparo. Si revientan las puertas, dejémosles…, espero que lo hagan. Jill, si es necesario, preferiría que el chico se encargara sólo de las pistolas y no de los hombres.

—Sí, Jubal.

—Asegúrese de que lo comprende. Esta liquidación indiscriminada de polis debe terminar.

—¡Teléfono, jefe!

—Ahora voy —Jubal se dirigió sin apresurarse de vuelta al teléfono—. Todo el mundo fuera del campo visual del aparato. Dorcas, puedes ir a echar una cabezada. Miriam, toma nota de otro título para más adelante: «Me casé con un humano» —se deslizó en la silla que Miriam había dejado libre y dijo—. ¿Sí?

Un hombre flácidamente apuesto le miró desde la pantalla.

—¿Doctor Harshaw?

—Sí.

—Por favor, espere. El secretario general hablará con usted —el tono implicaba que se preveía una genuflexión.

—Está bien.

La pantalla osciló, luego se reafirmó sobre la despeinada imagen de su excelencia el honorable Joseph Edgerton Douglas, secretario general de la Federación Mundial de Naciones Libres.

—¿Doctor Harshaw? Tengo entendido que necesita hablar usted conmigo. Adelante, suelte lo que sea.

—No, señor.

—¿Eh? Pero entendí…

—Permítame replantear la frase de una manera más correcta, señor secretario. Usted necesita hablar conmigo.

Douglas pareció sorprendido, luego sonrió.

—Parece estar demasiado seguro de sí mismo, ¿no cree? Bien, doctor, dispone usted exactamente de diez segundos para demostrar eso. Tengo otras cosas que hacer.

—Muy bien, señor. Soy el abogado del Hombre de Marte.

De pronto Douglas dejó de parecer despeinado.

—Repita eso.

—Soy el abogado de Valentine Michael Smith, conocido como el Hombre de Marte. Su abogado con plenos poderes. De hecho, puede ayudar mucho el considerarme de facto como el embajador de Marte…, es decir, de acuerdo con el espíritu de la Resolución Larkin.

Douglas le miró fijamente.

—¡Amigo, debe usted de estar loco!

—Eso es algo que he pensado bastante a menudo últimamente. Pese a todo, actúo en representación del Hombre de Marte. Y está dispuesto a negociar.

—El Hombre de Marte se encuentra en Ecuador.

—Por favor, señor secretario. Ésta es una conversación privada. Smith…, el auténtico Valentine Michael Smith, no el que apareció en las noticias televisadas, escapó de su confinamiento, un confinamiento ilegal, debo añadir, en el Centro Médico de Bethesda, el jueves pasado, en compañía de la enfermera Gillian Boardman. Conservó su libertad y ahora es libre…, y lo seguirá siendo. Si algún miembro de su amplio personal de ayudantes le ha contado alguna otra cosa, entonces alguien le ha estado mintiendo…, y éste es el motivo de que ahora yo esté hablando con usted. A fin de darle la oportunidad de enderezar las cosas.

Douglas adoptó una expresión reflexiva. Al parecer alguien le dijo algo desde un punto fuera de la pantalla, pero ninguna de esas palabras llegó hasta el teléfono. Al fin dijo:

—Aunque lo que usted dice fuera cierto, doctor, no se halla en posición de hablar en nombre del joven Smith. Se encuentra bajo la custodia del Estado.

Jubal negó con la cabeza.

—Imposible. La Resolución Larkin…

—Vamos, vamos, yo también soy abogado, y le aseguro…

—Y yo, como abogado también, debo atenerme a mi propio criterio…, y proteger a mi cliente.

—¿Es usted abogado? Creí que había dado a entender que actuaba como apoderado, antes que como consejero legal.

—Las dos cosas. Descubrirá usted que soy abogado en ejercicio, con poderes para ejercer mi práctica incluso ante el Tribunal Supremo. No suelo prodigarme mucho últimamente, pero lo soy.

Jubal oyó un golpe sordo procedente del piso bajo y miró hacia un lado. Larry susurró:

—La puerta de entrada, creo, jefe… ¿Voy a echar un vistazo?

Jubal negó con la cabeza y se dirigió a la pantalla.

—Señor secretario, mientras jugamos a las evasivas se nos está acabando el tiempo. En estos momentos sus hombres…, sus rufianes de los Servicios Especiales…, están irrumpiendo por la fuerza en mi casa. Es de lo más desagradable que uno se halle bajo asedio en su propia casa. Ahora, por primera y última vez, ¿quiere por favor terminar con ese desagradable incidente? ¿Para que podamos negociar de una forma pacífica y equitativa? ¿O prefiere que dirimamos este enojoso asunto ante el Tribunal Supremo, con toda la hediondez y el escándalo que ello comportará?

El secretario general pareció consultar de nuevo con alguien situado fuera de la pantalla. Se volvió hacia ésta, con expresión turbada.

—Doctor, si la policía de los Servicios Especiales está tratando de arrestarle, eso es nuevo para mí. No veo…

—Si escucha atentamente, podrá oírles patear mientras suben la escalera, señor. ¡Mike! ¡Anne! Venid aquí —Jubal retiró su silla hacia atrás para permitir que el ángulo de la cámara incluyera a los tres—. Señor secretario general Douglas…, ¡el Hombre de Marte! —por supuesto no presentó a Anne, pero ella y su blanca toga de probidad quedaban bien a la vista.

Douglas miró fijamente a Smith; éste le devolvió la mirada y pareció inquieto.

—Jubal…

—Un momento, Mike. ¿Y bien, señor secretario? Sus hombres han violentado mi domicilio…, les oigo golpear la puerta de mi estudio en estos momentos —Jubal volvió la cabeza—. Larry, abre la puerta. Déjales entrar —apoyó una mano en el hombro de Mike—. No se excite, muchacho, y no haga nada a menos que yo se lo diga.

—Sí, Jubal. Ese hombre. Le conozco.

—Y él le conoce a usted —hablando por encima del hombro, Jubal se dirigió hacia la puerta ahora abierta—. Entre, sargento. Por aquí.

El sargento de los Servicios Especiales que estaba en el umbral, con la pistola antidisturbios preparada en la mano, no entró. En vez de ello llamó hacia fuera:

—¡Mayor! ¡Están aquí!

—Permítame hablar con el oficial al mando de ese grupo, doctor —pidió Douglas. Habló de nuevo hacia fuera de la pantalla.

Jubal se sintió aliviado cuando vio que el mayor al que había llamado el sargento aparecía con su arma aún enfundada en su costado; el hombro de Mike no había dejado de temblar bajo su mano desde el instante mismo en que la pistola del sargento se hizo visible…, y, aunque Jubal no albergaba ningún amor fraternal hacia aquellos polis, tampoco quería que Smith desplegase sus poderes… y originara preguntas embarazosas.

El mayor miró a su alrededor.

—¿Es usted Jubal Harshaw?

—Sí. Venga aquí. Su jefe quiere verle.

—Olvídelo. Usted venga aquí. También estoy buscando a…

—¡Venga aquí! El secretario general en persona desea intercambiar unas palabras con usted…, por este teléfono.

El mayor de los Servicios Especiales pareció sorprendido, luego entró en el estudio, rodeó el escritorio de Jubal, vio la pantalla…, la miró, se puso bruscamente en posición de firmes y saludó. Douglas asintió con la cabeza.

—Nombre, graduación y servicio.

—Mayor D. C. Bloch, Escuadrón Cheerio de los Servicios Especiales, enclave Maryland.

—Ahora dígame qué está haciendo ahí, y por qué.

—Señor, es más bien complicado. Yo…