—Entonces no hablemos más del asunto.
—Usted no me ha entendido a mí. Se trata de hecho de privilegio personal. Pero no de usted. De Smith.
—¿Eh?
—Usted goza del privilegio de seleccionar sus consejeros que deban estar presentes en esas conversaciones…, y puede convocar al propio Diablo en persona, y nosotros no pondremos ninguna objeción. Smith goza del privilegio de seleccionar sus consejeros y hacer que se hallen presentes. Si Caxton no asiste a la conferencia, nosotros no estaremos allí tampoco. De hecho, nos hallará usted al otro lado de la calle, en una conferencia totalmente distinta. Una en la que usted no será bienvenido. Ni siquiera aunque hablase con fluencia el hindi. Ahora, ¿me comprende usted a mí?
Hubo un largo silencio, durante el cual Harshaw pensó clínicamente que un hombre de la edad de Douglas no debería dejarse arrastrar por una ira tan evidente. Douglas no abandonó la pantalla pero consultó en silencio con alguien fuera de ella.
Finalmente habló…, al Hombre de Marte. Mike había permanecido frente a la pantalla todo el rato, tan silencioso y al menos tan paciente como el testigo. Douglas le dijo:
—Smith, ¿por qué insiste usted en esa ridícula condición?
Harshaw apoyó una mano en el brazo de Mike y dijo al instante:
—¡No responda, Mike! —Luego, a Douglas—. ¡Vamos, vamos, señor secretario! No puede preguntarle usted a mi cliente por qué me ha dado determinadas instrucciones. Y déjeme añadir que los estatutos han sido violados con excepcional agravio por el hecho de que mi cliente ha aprendido nuestro idioma demasiado recientemente y no puede esperarse que sostenga una conversación al mismo nivel que la de usted. Si usted se hubiera tomado la molestia de aprender marciano, le podría permitir que formulase de nuevo la pregunta… en su idioma. O tal vez no. Pero ciertamente no en estas condiciones.
Douglas suspiró.
—Muy bien. Podría resultar pertinente que yo le preguntara con qué estatutos ha estado jugueteando usted de esta forma tan rápida y elástica…, pero no dispongo de tiempo; tengo un Gobierno que dirigir. Cedo. ¡Pero no espere que estreche la mano a Caxton!
—Como usted guste, señor. Ahora volvamos al punto de partida. Estamos encallados. No he conseguido encontrar a Caxton. Su oficina dice que está fuera de la ciudad.
Douglas soltó la carcajada.
—Lo siento, pero ése no es mi problema. Usted insistió en un privilegio…, uno que personalmente considero ofensivo. Traiga a quien le plazca. Pero encárguese usted mismo de reclutarlos.
—Razonable, señor, muy razonable. Pero, ¿no estaría dispuesto usted a hacer un favor al Hombre de Marte?
—¿Eh? ¿Qué favor?
—Las conversaciones no empezarán hasta que se localice a Caxton; esto está claro y fuera de toda discusión. Pero no he conseguido localizarle…, y mi cliente se está inquietando. Yo no soy más que un ciudadano particular, pero usted tiene recursos.
—¿Qué quiere decir?
—Hace unos minutos hablé desdeñosamente de los grupos de Servicios Especiales, llevado por la comprensible ira del hombre al que acaban de echar abajo la puerta de forma violenta. Pero la verdad es que sé que pueden ser asombrosamente eficientes… y cuentan con la colaboración de las fuerzas de policía en todas partes, a nivel local, estatal y nacional, y de todos los departamentos y oficinas de la Federación. Señor secretario, si usted llamara al general de sus Servicios Especiales y le dijera que estaba ansioso por localizar a un hombre tan rápido como fuera humanamente posible…, bueno, señor, eso produciría una actividad más significativa en la próxima hora de la que yo pudiera desarrollar en un siglo.
—¿Por qué infiernos tendría que alertar yo a las fuerzas policiales de todas partes para que encuentren a un reportero chismoso, sensacionalista y buscador de escándalos?
—No se trata del infierno, mi querido señor; se trata de Marte. Le he pedido que lo considerara como un favor al Hombre de Marte.
—Bueno…, es una petición absurda, pero le seguiré la corriente —Douglas miró directamente a Mike—. Sólo como un favor para Smith. Pero espero una colaboración similar cuando se presente el caso.
—Tiene usted mi palabra de que eso facilitará enormemente las cosas.
—Eso espero. No puedo prometer nada. Usted dice que no se le encuentra por ninguna parte. Si es así, puede haberlo atropellado un camión; tal vez esté muerto…, y, en ese caso, yo personalmente no lo lamentaría.
Harshaw adoptó una expresión muy grave.
—Confiemos en que no sea así, en bien de todos.
—¿Qué quiere decir?
—He intentado subrayar esa posibilidad a mi cliente, pero ha sido como gritarle al viento. Simplemente se niega a aceptar la idea —Harshaw suspiró—. Un lío, señor. Si no conseguimos encontrar a ese Caxton, eso es lo único que tendremos entre las manos: un verdadero lío.
—Bueno…, lo intentaré. Pero no espere milagros, doctor.
—No yo, señor. Mi cliente. Tiene un punto de vista muy marciano: espera milagros. Recemos para que se produzca uno.
—Tendrá noticias mías. Es todo lo que puedo decir.
Harshaw hizo una inclinación de cabeza, sin levantarse.
—Siempre a sus órdenes, señor.
Cuando la imagen del secretario general se borró de la pantalla, Jubal suspiró y se puso en pie, y se encontró de pronto con los brazos de Gillian rodeando su cuello.
—¡Oh, Jubal, es usted maravilloso!
—Aún no hemos salido del bosque, chiquilla.
—Lo sé. Pero si algo puede salvar a Ben, usted acaba de hacerlo —y le besó.
—¡Hey, nada de eso! Yo ya era un zorro viejo antes de que usted naciera. Así que será mejor que muestre un cierto respeto hacia mis años —le devolvió el beso, cuidadosa y concienzudamente—. Eso es sólo para quitarme el mal sabor de boca que me ha dejado Douglas; entre lanzarle patadas y besarle estaba empezando a sentir náuseas. Ahora será mejor que vaya a besuquear a Mike. Se lo merece…, por haber guardado silencio mientras escuchaba mis condenadas mentiras.
—¡Oh, lo haré! —Jill soltó a Harshaw y rodeó con sus brazos al Hombre de Marte—. ¡Qué maravillosas mentiras, Jubal! —besó a Mike.
Jubal observó con profundo interés mientras Mike iniciaba por su cuenta la segunda parte del beso, ejecutándola solemnemente, pero no como un novato…, torpemente, decidió Harshaw, pero sin entrechocar de narices ni retrocesos. Le concedió un notable menos, con un sobresaliente por el esfuerzo.
—Hijo —murmuró—, sigue usted sorprendiéndome. Esperaba que esto hiciera que se enrollara en uno de sus desmayos.
—Eso hice —respondió Mike muy serio, sin soltar a Jill—, la primera vez.
—¡Vaya! Mis felicitaciones, Jill. ¿Fue corriente alterna o corriente continua?
—Jubal, es usted un fastidio, pero le quiero de todos modos y me niego a enojarme con usted. Mike se alteró un poco en una ocasión…, pero ya no le ocurre lo mismo, como puede comprobar.
—Sí —admitió Mike—, es algo estupendo. Para los hermanos de agua significa un acercamiento. Se lo demostraré.
Soltó a Jill. Jubal se apresuró a alzar las manos, con las palmas por delante.
—No.
—¿No?
—No le sepa mal. Pero se sentiría decepcionado, hijo. Es un acercamiento para los hermanos de agua sólo si son chicas jóvenes y hermosas…, como Jill.
—Hermano Jubal, ¿habla usted correctamente?
—Hablo correctamente. Bese a las muchachas todo cuanto quiera…, siempre es mucho mejor que darle a las cartas.
—¿Perdón?
—Es una forma estupenda de acercarse…, pero sólo con las chicas. Hum… —Jubal miró a su alrededor—. Me pregunto si ese fenómeno de la primera vez podría repetirse. Dorcas, necesito tu ayuda en un experimento científico.